Opinión

Evitar que la historia se repita

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 23 de abril de 2023

Este lunes, 24 de abril, se conmemora el Genocidio Armenio. Hace 108 años comenzó la fase final de la destrucción de los armenios del Imperio Otomano, que venían sufriendo matanzas desde las Masacres Hamidianas de 1894-1896. He escrito en anteriores ocasiones sobre el Genocidio. En estos días, en la República de Armenia y en otros países, por todo el mundo, Estados e instituciones recordarán el Aghet, que significa “catástrofe”. De nuevo, se verán las imágenes de los decapitados y los ahorcados. Otra vez se volverá la vista a los desiertos de Siria a los que mujeres, niños y ancianos fueron deportados para que muriesen de sed y de hambre. Se recordará a las partidas de irregulares que cumplieron las órdenes de ejecutar las matanzas. Se repetirán los nombres de los que dirigieron ese proceso de exterminio -Talaat Pasha, Kemal Pasha, Enver Pasha- que, a su vez, cumplía con un proyecto político inspirado en el panturquismo y el panturanismo como ideologías nacionalistas. Es un deber de memoria necesario y justo. No me cansaré de pedir que España reconozca este genocidio ni de lamentar que, como país, lleguemos tarde a esta cita con la historia y la justicia. También los diplomáticos españoles, por cierto, fueron testigos de la destrucción de esos armenios cuyo patrimonio se les arrebató, cuyos hogares ardieron o quedaron confiscados, cuya cultura fue erradicada y cuyas vidas, en fin, les fueron arrebatadas mediante las balas, el ahogamiento, el fuego, las enfermedades y la falta de agua y alimento.

Pero este año no quiero escribir sobre armenios muertos sino sobre armenios vivos.

Mientras redacto esta columna, los 120 000 habitantes del territorio de Artsaj, que en España se suele llamar Nagorno-Karabaj, siguen sufriendo una acción de guerra híbrida a manos de operativos azerbaiyanos. Desde hace 132 días -cuando ustedes lean estas líneas serán aún más- estos armenios viven bajo asedio. La única carretera que conecta el territorio está cortada y agentes azerbaiyanos controlan lo que entra y lo que sale. En la capital, Stepanakert, hay carestía de alimentos y medicinas, hay cortes eléctricos y desconexiones de internet. Falta insulina. Estos armenios, cuyas iglesias no son muy distintas de las que los otomanos incendiaron entre 1915 y 1922, han celebrado la Pascua hostigados por disparos esporádicos en una situación de violencia que sólo es “de baja intensidad” para quien la perpetra.

Mientras usted lee esto, los medios de comunicación azerbaiyanos dividen el tiempo entre la propaganda nacionalista y el odio a los armenios, valga la redundancia. Todos tememos lo que espera a esos armenios si finalmente Azerbaiyán controla por completo el territorio. No se trata sólo de la inseguridad y la constante amenaza contra la vida y los bienes, sino de la desaparición de la cultura, la reescritura de la historia, el borrado de la memoria. Estos son los niveles más profundos de la práctica genocida: acabar no sólo con las vidas, sino con el recuerdo, con la lengua, con el legado cultural de un pueblo. El bombardeo de la catedral de Shushi en 2020 fue un símbolo de lo que ha sobrevenido a la parte de Artsaj bajo control azerbaiyano. Los vídeos de torturas y asesinatos de prisioneros armenios no necesitan más comentarios.

El Genocidio Armenio se perpetró en un marco jurídico que propició el expolio y las deportaciones de los armenios so pretexto de protegerlos. La propaganda trató de legitimar las decisiones de los Pashas: los armenios son traidores, los armenios se rebelan, los armenios son una amenaza para el imperio. En una tiranía, las leyes sólo son instrumentos al servicio del tirano. No hay garantía alguna para las vidas ni para los bienes por muchas promesas que se hagan ni por muchas seguridades que se ofrezcan. Desde antes de las Masacres Hamidianas, ya se hablaba de la protección de los armenios y de las demás minorías cristianas del imperio otomano. El Imperio Ruso se había erigido en su protector. Sin embargo, ni durante las Masacres Hamidianas, ni durante las matanzas de Adana y otras localidades en 1909 ni, naturalmente, durante los años comprendidos entre 1915 y 1922, se adoptaron medidas para proteger a los armenios. Al contrario, se emplearon todos los recursos del imperio para acabar con ellos. Esto debería enseñarnos que hay ciertas promesas que no merecen crédito. La comunidad internacional -y, especialmente, las democracias occidentales- deberían tener la suficiente claridad moral para recordarlo.

El pueblo armenio fue el primero en convertirse al cristianismo. Las primeras palabras que Mesrop Mashtots escribió en el alfabeto armenio -cuyos trazos recuerdan a la propia cruz de Cristo- fueron una cita del libro de los Proverbios: “Para aprender sabiduría e instrucción, para comprender dichos profundos”. En la tradición bíblica, la memoria es como una brújula que nos orienta y como un trampolín que nos proyecta hacia el futuro. Recordamos para saber quiénes somos. Este día, 24 de abril, en que los armenios y, con ellos, personas de buena voluntad en todo el mundo, conmemoran el genocidio, es un día adecuado para pensar también en los armenios cuyas vidas aún pueden salvarse.

Estamos a tiempo de evitar que la historia se repita.