Esta semana el Congreso de los Diputados expresó al pueblo armenio, mediante una declaración institucional, su solidaridad y afecto ante la agresión llevada a cabo por Azerbaiyán. Los términos de la condena a Azerbaiyán son inequívocos: “el Congreso de los Diputados reafirma su rechazo a las acciones militares que suponen una grave violación del derecho internacional, considerándolas agresiones injustificadas que socavan la seguridad y la estabilidad regional; promueve en el ámbito de las relaciones internacionales el compromiso del cumplimiento del alto el fuego firmado por las partes, y muestra a Armenia y a su pueblo nuestra solidaridad y afecto. Deploramos la pérdida de vidas de ambas partes, trasladamos nuestro profundo pesar por las víctimas y por el sufrimiento innecesario a la población. Hacemos extensivo este sentimiento a la comunidad armenia que reside en España”.
Sin duda, es un paso en la dirección correcta y un motivo para la esperanza de evitar la confusión moral entre agresores y agredidos. En efecto, la propaganda azerbaiyana pretende presentar como un “conflicto” con dos partes lo que ha sido, sin más, una agresión militar que ha incluido bombardeos contra objetivos civiles, destrucción de infraestructuras y ocupación de territorio de la República de Armenia. Bienvenida sea, pues, la declaración.
Sin embargo, las palabras no bastan. La reacción de la Unión Europea ha sido tibia. Si la comparamos con la que han tenido en otros casos recientes, directamente existe un agravio comparativo. Es cierto que Azerbaiyán aprovecha la debilidad de la Unión en materia energética, pero esa tibieza socava la autoridad moral que Bruselas pretende tener cuando se habla de derechos humanos.
Mientras tanto, el adoctrinamiento en el odio contra Armenia y los armenios es uno de los ejes de la propaganda azerbaiyana, que se sirve de esta retórica belicista para distraer la atención de los graves problemas del régimen de Aliyev (por ejemplo, la corrupción). A las terribles imágenes del asesinato de prisioneros armenios por parte de tropas azerbaiyanas, que el mundo pudo ver la semana pasada, se ha sumado esta semana la denuncia del videojuego azerbaiyano que consiste en invadir Armenia y permite, incluso, matar a prisioneros. En este caso, el juego reproduce lo que ya ha sucedido. El Comité Nacional Armenio de América ha difundido las imágenes del videojuego. La Unión Europea sigue cerrando los ojos ante la realidad de lo que está sucediendo: es Azerbaiyán quien está alimentando el belicismo y el odio contra su vecino. La tibieza de las reacciones internacionales -entre ellas, la de la Unión Europea- da alas a esta deriva del régimen de Aliyev.
Hay voces que ven motivos para el optimismo en las conversaciones que han mantenido esta semana Nikol Pashinyan, Recep Tayyip Erdoğan e Ilham Aliyev durante la cumbre europea en Praga. Sin embargo, la alianza turco-azerbaiyana sólo sirve para presionar a Armenia. El presidente turco resumió el mensaje: "No tenemos ninguna condición previa, sólo dijimos: 'Asegúrense de que las relaciones entre ustedes y Azerbaiyán lleguen a un cierto nivel de madurez y lleguen a un acuerdo de paz, tan pronto como lo hagan, no habrá ningún inconveniente con nosotros. Si hay que abrir las puertas, las abriremos y allanaremos el camino para todo tipo de transporte aéreo, terrestre y ferroviario". Se refuerza, así, el marco de un conflicto bilateral soslayando que, desde 2020, hay un país agresor, Azerbaiyán, y unos agredidos: los armenios de Karabaj y de la República de Armenia. Cada vez que la Unión Europea acepta este enfoque refuerza la posición azerbaiyana y debilita la armenia. Del proceso de Minsk auspiciado por la OSCE, parece no quedar nada.