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ORIENT EXPRESS

El único camino pasa por Minsk

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
martes 28 de julio de 2020, 20:25h
El pasado 12 de julio tropas de Azerbaiyán atacaron por sorpresa la provincia de Tavush en el territorio de la República de Armenia fronterizo con Azerbaiyán. En los combates murieron doce militares y un civil azerbaiyanos y cuatro armenios. El ejército de Azerbaiyán bombardeó con morteros los pueblos de Aygepar y Movses, pero al final el ejército armenio se impuso y las tropas azerbaiyanas sufrieron cuantiosas bajas y pérdidas materiales. Ante la derrota, la reacción de Bakú ha sido amenazar las infraestructuras armenias, entre las cuales está la central nuclear de Metsamor.

Aunque es cierto que ambos países mantienen un enfrentamiento en el marco del conflicto de Nagorno-Karabaj -en armenio, Artsaj- que se reavivó con las escaramuzas de 2016, este enfrentamiento de hace unos días se ha producido a unos 280 kilómetros al norte del enclave armenio. No han sido combates entre efectivos de Nagorno-Karabaj y de Azerbaiyán, sino entre dos Estados miembros de Naciones Unidas y que gozan de reconocimiento internacional pleno. Ambos forman parte de los mecanismos de resolución del conflicto de Nagorno-Karabaj y comparten alianzas estratégicas y relaciones especiales con potencias internacionales como Estados Unidos y Rusia. Sin duda, el conflicto de Nagorno-Karabaj, cuya autodeterminación de planteó en 1988, tres años antes de la disolución de la Unión Soviética, está en el trasfondo del choque entre los dos países, pero los enfrentamientos de este mes de julio son algo distinto.

Azerbaiyán está embarcado en una carrera armamentística con la que pretende hacer valer sus posiciones tanto en relación con el conflicto de Nagorno-Karabaj como hacia la República de Armenia. Sin embargo, los actos de violencia -los ataques de francotiradores, por ejemplo- se habían limitado al territorio de Artsaj. Ahora se ha extendido a zonas fronterizas entre los dos países muy alejadas de esa zona. Las claves para comprender que está sucediendo hay que buscarlas en la política interna azerbaiyana.

En primer lugar, hay un creciente descontento popular decido a la corrupción política y la mala gestión pública. El gobierno ha utilizado el pretexto del estado de guerra declarado en 1988 a raíz del conflicto de Nagorno-Karabaj para imponer medidas de excepción. La familia Aliyev lleva gobernando el país desde que, en 1969, el oficial de los servicios de inteligencia soviéticos Gaydar Aliyev fuese nombrado Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Azerbaiyán. El periodo postsoviético fue muy inestable. Las elecciones de 1991 y 1992 condujeron a una alternancia de presidentes con mandatos breves. En las elecciones presidenciales de 1993, las terceras desde la disolución de la URSS, Aliyev salió elegido con el 98,8% de los votos y se mantuvo en el poder hasta 2003, año en que renunció a concurrir a las elecciones debido a problemas de salud. Desde entonces el gobierno lo ostenta su hijo Ilham Aliyev, que va por el cuarto mandato.

Azerbaiyán es rico -entre 2006 y 2009 el alza de precios del petróleo hizo que el PIB del país creciese hasta el 34% en 2007- pero la corrupción está extendida a todos los niveles. Los familiares del presidente ocupan buena parte de las posiciones de poder. El nacionalismo, el irredentismo y el odio a Armenia han sido algunas de las líneas políticas que se han empleado para movilizar a la población y la opinión pública contra un enemigo exterior. Hace dos semanas unos 30.000 manifestantes se congregaron frente al parlamento en Bakú para llamar a la guerra contra Armenia. Décadas de retórica nacionalista terminan dando estos resultados. El gran aliado de Azerbaiyán, la República de Turquía, no ha moderado esta deriva. La ha acelerado.

Sin embargo, ni el conflicto de Nagorno-Karabaj ni la situación entre Armenia y Azerbaiyán pueden resolverse militarmente. Azerbaiyán tiene ingentes recursos para invertir en sus fuerzas armadas y en compras de material militar a otros países, pero las guerras en nuestro tiempo no se ganan sólo con obuses y morteros. Es necesario tener legitimidad, tecnología, poder económico más allá de la explotación de los recursos naturales, reconocimiento en los organismos internacionales… No basta ser fuerte militarmente. Hay que tener razón.

El grupo de Minsk de la OSCE no está sumido en la parálisis a pesar de Azerbaiyán, sino a causa del bloqueo que Bakú impone a todas las opciones que se presentan. Los copresidentes del grupo que representan a la Federación de Rusia, los Estados Unidos y Francia han invitado una vez más a resolver el conflicto de forma negociada.

Y ese es el único camino realista.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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