Durante el mes de agosto y principios de septiembre, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas críticas más leídas de libros destacados. ¡Felices lecturas! Tusquets. Barcelona, 2023. 320 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. El autor de “Patria” regresa en su última novela al terrorismo etarra, pero abordado desde un punto de vista bien diferente al de su multipremiada novela. Por Carmen R. Santos
Una de las más exitosas piezas de la escena española de hoy es Burundanga, de Jordi Galcerán. Estrenada en 2011, en la actualidad continúa en cartel y sigue concitando un gran interés por parte de los espectadores. El asunto abordado en la obra del dramaturgo catalán es ETA y sus miembros. Pero el enfoque elegido no es el que podría esperarse sino uno bien diferente. Galcerán adopta un punto de vista de pura comedia, repleta de situaciones hilarantes que despiertan la carcajada del público y convierte a siniestros personajes como son los terroristas en poco menos que payasos. El autor de la igualmente exitosa El método Grönholm emplea una mirada sarcástica frente al terrorismo etarra que fue una de las mayores tragedias que asoló nuestro país.
Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), en Hijos de la fábula trata de ETA, un tema que siempre le ha ocupado y preocupado. Así, en Los peces de la amargura, magnífica colección de diez relatos, y en las novelas Años lentos y Patria. Esta última, multipremiada y llevada a la televisión, se convirtió en un fenómeno que traspaso lo literario. Ahora, tras el cambio de registro que supuso Los vencejos y la publicación de buena parte de sus artículos periodísticos en Utilidad de las desgracias y otros textos, vuelve al terrorismo etarra, pero de manera muy alejada a como lo hizo en sus anteriores obras. Como hiciera Galcerán, Aramburu nos presenta una novela donde prevalece el humor más delirante.
Los protagonistas de Hijos de la fábula son los jóvenes Asier y Joseba. En 2011 abandonan el País Vasco para asentarse en el sur de Francia -otrora “santuario etarra”- con la ilusión de ser aguerridos gudaris de ETA y realizar con eficacia todos los atentados -ekintzas (acciones) en su lenguaje- que les encomienden. Esperan que la dirección etarra les dé instrucciones, mientras viven en una granja de pollos en Albi, regentada por una singular pareja francesa, Fabien y Guillemette, que tienen continuas broncas y un perro llamado Mao. Sin hablar francés, se entienden malamente con ellos, la comida es escasa y se aburren.
Un día les llega la noticia de que la banda ha anunciado el cese de la actividad armada. Se les viene el mundo y no se lo creen. Piensan que es una estratagema y que “la organización no deja a sus militantes tirados”. No obstante, deciden continuar la lucha por su cuenta. Asier añora a su mujer, Karmele, que estaba embarazada cuando él partió, pero Joseba le convence de que su misión es “salvar Euskal Herria” para lo que fundan un “comando” formado solo por ellos dos, y presidido por la más estricta disciplina, en el que uno manda, y el otro obedece sin rechistar. El nombre elegido para su talde (comando) será Geurea da Garaipena (la victoria es nuestra), tomado de una canción del grupo de rock vasco Negu Gorriak. Pero nada se desarrollará como anhelan, aunque conocerán a algunos personajes, como María Cristina, hija rebelde de un militar, que Aramburu traza con acierto.
“—Olemos a mierda de gallina.
—Sobre todo tú. Asier y Joseba compartían habitación en una granja avícola a las afueras de Albi. Hacía seis meses de su ingreso en ETA. Ingreso o medio ingreso. No estaban seguros. Habían pasado a Francia en primavera. Les dieron alojamiento provisional en una casa de campo entre Larressore e Itxassou. De allí, escondidos en el interior de una furgoneta, los trasladaron a finales de agosto a la granja de Albi. Un día de tantos: que no podían quedarse en Iparralde. ¿Pues? La organización estaba cada vez más acorralada. Muchos habían ido a refugiarse al Reino Unido. Otros, a Italia, a Bélgica, a Alemania.
—¿ETA también practica la dispersión? —Baja la voz. Te van a oír. Ante todo, disciplina.
Se hablaba de cámaras y micrófonos camuflados. De topos. De traidores y soplones. Ellos dos, ni idea. 12 Acababan de llegar. Eran por entonces dos novatos desconocidos por la policía. El uno, de veintiún años; el otro, de veinte. Venían de pueblos vecinos de la provincia de Guipúzcoa. No hablaban francés. No tenían experiencia en el manejo de armas, pero sí mucha ilusión”. Así arranca Hijos de la fábula, la nueva novela de Fernando Aramburu donde la catarsis de la risa, con su fondo amargo, funciona a la perfección.