Se llamaba Ari Won King, había nacido en Tahití, en la Polinesia Francesa, y vino a Europa a luchar contra el nazismo como voluntario. Falleció hace unos días en Breuil-sur-Auge, un pequeño pueblo en Normandía, y su vida resume la grandeza y la esperanza de nuestra civilización.
En junio de 1940, el III Reich parecía invencible. Las divisiones alemanas habían ocupado Dinamarca, Noruega, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos en pocos días. Francia se había desmoronado en semanas después de la fallida estrategia de confiar en la Línea Maginot como defensa estática. El heroísmo de los soldados franceses tratando de demorar el avance alemán hacia Dunquerque permitió la evacuación de la mayor parte del cuerpo expedicionario británico, pero la guerra no se podía ganar con retiradas. Los intentos de trasladar el gobierno francés a las colonias africanas y seguir la lucha desde allí se toparon con la cruda realidad de la derrota militar y política. El 22 de junio la República Francesa firmaba el armisticio con el Reich. El país quedaría dividido en dos zonas con la mayor parte ocupada por Alemania. Sólo el general De Gaulle, desde Londres, mantenía viva la llama de la resistencia. En su famoso Llamamiento del 18 de Junio apeló a seguir combatiendo: “Esta guerra no se limita al desgraciado territorio de nuestro país. Esta guerra no queda decidida por la Batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial. Todos los errores, todas las demoras, todos los sufrimientos no impiden que haya, en el universo, todos los medios necesarios para aplastar un día a nuestros enemigos. Aplastados hoy por la fuerza mecánica, podemos vencer en el futuro con una fuerza mecánica superior. El destino del mundo está aquí. Yo, el General De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y a los soldados franceses que se encuentren en territorio británico, o que ahí vinieran a encontrarse, con sus armas o sin ellas; invito a los ingenieros y obreros especialistas de la industria de armamento que se encuentren en territorio británico, a ponerse en contacto conmigo”.
A 17 000 kilómetros de distancia, en la Polinesia, hombres que jamás hubieran soñado con conocer Europa se unieron al esfuerzo para luchar por ella. Trescientos tahitianos y caledonios se enrolan voluntarios en las filas de lo que ya se denomina la Francia Libre. El teniente coronel Félix Broche organiza el llamado Batallón del Pacífico, encuadrado a su vez en la 1ª División Francesa Libre al mando del general Pierre Koenig. El tahitiano Ari Won King está entre ellos y ha sido su último superviviente. Entrenados en Australia, enviados a Damasco en un viaje por mar de más de un mes, pasan a Libia y se enfrentan al Afrika Korps en la famosa batalla de Bir Hakeim. Un puñado de hombres de la Francia Libre detiene a los alemanes e italianos el tiempo suficiente para que lleguen tropas de refuerzo a El Alamein, en Egipto. Ahí, en ese pequeño oasis de Libia, entre mayo y junio de 1942, se decide el destino de Francia. Durante dos semanas, 3 703 soldados de la Francia Libre, entre ellos esos tahitianos y caledonios, contendrán el avance de 45 000 alemanes e italianos armados hasta los dientes y motorizados. El invencible Rommel se queda parado dos semanas ante un fortín otomano que defienden franceses continentales, hombres llegados de los distintos territorios del imperio y extranjeros enrolados en la legión.
De Libia, el Batallón del Pacífico irá a Italia, combatirá en Garignano en 1944, y de ahí marchará sobre Francia hasta Lyon. Estos caledonios y tahitianos, llegados desde el otro extremo del mundo, pelearán por la libertad de los franceses hasta la ciudad donde Klaus Barbie había interrogado a Jean Moulin. La resistencia del interior, que iniciaron los patriotas franceses en 1940, antes pues de que se uniesen los comunistas (que sólo lo hicieron en 1941 después de la invasión de la URSS), se encontró con esos soldados llegados de Asia y África para luchar bajo una bandera que se negaba a aceptar la derrota.
Así, en las horas más oscuras de Europa, estos polinesios -y como ellos muchos marroquíes, argelinos, senegaleses, etc. - pelearon por unos valores y una civilización que se debatía entre la vida y la muerte. Cuando los polinesios regresaron a sus hogares en 1946 -año en que, por cierto, se les concedió la nacionalidad francesa a los habitantes de la Polinesia- tuvieron el recibimiento de héroes que merecían. En Papeete, capital del territorio de ultramar, los comercios cerraron durante dos días en señal de fiesta.
Frente a la traición a Europa que el nazismo representa, aquellas tropas venidas de tan lejos representan hoy una esperanza misteriosa: con todas sus imperfecciones, tal vez nuestra civilización no haya dicho su última palabra. Ari Won King luchó por Francia y ella lo acogió como a su hijo. Nombrado caballero de la Legión de Honor en 2020, condecoración que recibió de manos del hijo del teniente coronel Broche, falleció en la tierra por la que se había jugado la vida.
Hoy Europa se debate entre el islamismo y el globalismo, dos ideologías perversas que, so pretexto de la tolerancia, pretenden acabar con nuestra civilización. Se pretende imponer a los europeos una culpa colectiva de racismo, supremacismo y xenofobia. Se intenta diluir las identidades nacionales en una pretendida ciudadanía del mundo que, en realidad, es la desaparición de naciones como ésta bajo cuya bandera combatió Ari Won King y en cuya tierra yace ahora. Se pretende que esa Francia, por la que tantos lucharon y que a tantos acogió, es en realidad un país fundado en la discriminación y la injusticia.
Debemos mantener la claridad moral frente a estas nuevas tiranías, que pretenden que Europa -esa Europa por la que tantos lucharon- se diluya o se convierta en algo que nunca fue. Todos los totalitarismos del siglo XX quisieron construir una civilización nueva y todos dejaron un espantoso legado de muerte y destrucción. Frente a eso, se alzaron hombres como el que ahora recordamos, que combatió para salvar lo que ahora vuelve a estar en peligro.
Esta columna rinde hoy homenaje a Ari Won King.