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ORIENT EXPRESS

Celebración de Francia

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 10 de julio de 2016, 19:17h

Desde 1880, el 14 de julio es, por ley, la fiesta nacional de Francia. Algunos creen que es por la toma de La Bastilla el mismo día de 1789 pero, en realidad, se debe, más bien, a la Fiesta de la Federación, que se celebró en 1790 en el Campo de Marte para celebrar la reconciliación entre los franceses. Sin embargo, Francia es mucho más que los acontecimientos de su revolución, que es el periodo de la historia del país vecino que más se estudia. Hay mucho que conmemorar en esta fiesta que cae en el próximo jueves.

Tomemos un ejemplo.

El 10 de julio de 1653 falleció en Abbeville, en la región de Picardía, el gran bibliotecario y humanista francés Gabriel Naudé, que había nacido con el siglo en 1600. Pocos como él encarnan el espíritu de la gran cultura del XVII en toda Europa. Estuvo al cuidado de las bibliotecas de Francesco Barberini, cardenal y mecenas que levantó el palacio romano que lleva su nombre, y de los cardenales Richelieu y Mazarino, artífices de la grandeza de Francia en el siglo del Rey Sol. A Naudé le debemos una obra prodigiosa que aún hoy admira a los bibliófilos y coleccionistas: “Recomendaciones para formar una biblioteca”, que en España tradujo Evaristo Álvarez Muñoz y publicó en una edición preciosa RKR Ediciones en 2008.

Naudé recorrió Europa comprando libros para Mazarino. Se hizo con bibliotecas completas. No reparaba en gastos. Entre Mazarino y él, crearon la mayor biblioteca que Europa había conocido. Tal fue su tamaño descomunal, que el Hôtel de Clèves se quedó pequeño y el cardenal tuvo que reformar el Hôtel Tuboeuf para acoger esta colección que asombraba al mundo. Se arruinaron a fuerza de acumular libros y conocimiento. Cuando Mazarino cayó en desgracia, ambos tuvieron que escapar de París por miedo a la Fronda. La biblioteca quedó cerrada y el presidente del Parlamento la protegió del saqueo, pero en 1652 hubo que subastarla para afrontar los gastos. El 7 de enero de aquel año empezaron a rematarla libro a libro comenzando por las Biblias. El rey ordenó salvarla el 1 de febrero de 1652, pero ya era tarde. El paraíso de cualquier lector estaba disperso y descabalado. Naudé dejó Francia al poco tiempo y entró al servicio de la reina Cristina de Suecia, una de las mujeres más brillantes de su tiempo, que se carteaba nada menos que con Descartes. Marc Fumaroli ha descrito el mundo fascinante y luminoso del siglo XVIII en un libro memorable publicado por Acantilado en 2015: “Cuando Europa hablaba francés”.

He aquí lo que Francia significa. De estos humanistas fabulosos -admiremos a Montaigne, que nos observa desde su castillo o a Bossuet, cuyos sermones y oraciones fúnebres siguen siendo hoy modelo de oratoria- de esta tradición, digo, nacieron las luces de Versalles y el espíritu de la Enciclopedia. Escuchen un instante las fanfarrias que anuncian la entrada del Sol en la fiesta barroca. Vean a Lully dirigir bastón en mano a la orquesta que celebra al Rey. Recójanse para que suene en todo su esplendor el Te Deum de Charpentier. Compartan los versos de Ronsard -llamado “el príncipe de los poetas y el poeta de los príncipes”- con quienes amen. Yo los descubrí gracias a la antología de Georges Pompidou, presidente de la República Francesa entre 1969 y 1974. Sí, Francia es ese país donde este amigo de Sédar Senghor y de Aimé Césaire llega a presidir la República o donde André Malraux es ministro de cultura (1958-1969).

Cuando el 14 de febrero del año 842 Carlos el Calvo y Luís el Germánico pronunciaron los juramentos de Estrasburgo en presencia de sus ejércitos, comenzó la espléndida historia de la lengua francesa. En ella se compusieron cantares de gesta y relatos artúricos, cuentos fantásticos e himnos de batalla. La hablaron los caballeros cruzados que escucharon la llamada del Papa Urbano II y los monjes y canteros que dieron a Europa el románico y el gótico. Gracias a ella, el inglés se enriqueció con un registro cultísimo después de la conquista normanda en 1066. El “Roman de la rose”, de Guillaume de Lorris y Jean de Meung, en parte lo tradujo al inglés Chaucer. Aún hoy la divisa de la Orden de la Jarretera, la más antigua orden de caballería del Reino Unido, está en francés: «Honi soit qui mal y pense», “que se avergüence quien piense mal de esto”. La lengua de Shakespeare no sería lo que es sin la de Chrétien de Troyes y Juana de Arco, la doncella de Orléans.

Mi madre me enseñó a admirar y respetar a Francia dejando que por ella hablasen sus poetas y sus exploradores, sus santos y sus músicos, su arquitectura, su pintura y su historia. John Ruskin escribió en sus “Mañanas en Florencia” que “las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos: el libro de sus acciones, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno de estos tres libros puede entenderse a menos que se lean los otros dos, pero de los tres el único verdaderamente fidedigno es el último”. El Louvre o la catedral de Nuestra Señora de Reims testimonian no solo lo que es Francia u Occidente, sino de qué es capaz el ser humano cuando se propone crear belleza. Imaginen cómo debía de ser Europa cuando, pasado el milenio, el monje y cronista francés Raoul Glaber, cuya obra anotó nada menos que François Guizot, escribía: “parecía que la propia tierra, como sacudiéndose y liberándose de la vejez, se revistiera toda entera de un blanco manto de iglesias. En aquel tiempo los fieles sustituyeron con edificios mejores casi todas las iglesias de las sedes episcopales, todos los monasterios dedicados a los diversos santos y también los más pequeños oratorios de campo".

Leonardo Bruni, uno de los mayores humanistas del renacimiento italiano, escribió que “todo oprimido, todo perseguido, todo exiliado, todo combatiente por una causa justa es idealmente florentino”. Esto mismo podría decirse de Francia. Por eso, no puedo dejar de sentir que el 14 de julio es también un poco mi fiesta.

Feliz 14 de julio.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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