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ORIENT EXPRESS

Héroes, víctimas e incompetentes

domingo 05 de abril de 2020, 19:33h

La historia del siglo XX registra crímenes terribles y momentos de dignidad y esperanza en medio de la desesperación. En él, la miseria y la grandeza del ser humano se encuentran cara a cara. Sobre las ruinas de dos guerras mundiales podrían trazarse una geografía del heroísmo y el sufrimiento de la humanidad entera. El héroe escoge su destino y decide cómo le hace frente. A la víctima se le impone un final que no eligió. Ambos han de ser recordados, pero son diferentes.

Desde comienzos del siglo XX, Rusia y los territorios del antiguo imperio de los zares vieron el heroísmo de quienes hicieron frente a los bolcheviques y su ideología que pretendía la liberación de la humanidad a base de matanzas y prisiones. Aprovechándose de la impopularidad de la autocracia y de la I Guerra Mundial, asestaron un golpe revolucionario para imponer en el imperio un orden político y social totalitario. Durante más de setenta años, siempre hubo quienes les opusieron resistencia en el campo de batalla, en el exilio y en la clandestinidad dentro del territorio que dominaban. La dignidad de Anna Ajmátova, que puede dar cuenta del horror a la puerta de la cárcel de Leningrado durante el terror de Yezhov, resume la opción por la libertad frente a la esclavitud sea cual sea el precio que haya de pagarse.

El heroísmo es reconocible en los resistentes de la primera hora en la Alemania nazi y los territorios que ella se fue anexionando: Austria, los Sudetes, el Memel… Fueron muchos quienes militaron en los movimientos de oposición y resistencia a los nazis cuando las democracias liberales europeas apostaban por el apaciguamiento y confiaban en que Hitler no llegaría a donde terminó llegando. Algunos lograron sobrevivir como Clemens August Gran von Galen, cuyo asesinato llegaron a considerar los nazis a causa de su oposición al programa de eutanasia. Otros como los miembros alemanes de la Orquesta Roja, el Círculo de Kreisau o la Rosa Blanca pagaron con su vida la decisión heroica de enfrentarse a los nazis.

Recuerdo, por ejemplo, el heroísmo de los polacos en septiembre de 1939. Mientras resistió, el alcalde de Varsovia ordenó que la Radio Nacional Polaca radiase la Polonesa Op. 53 “Heroica” de Chopin. La capital de la Polonia restaurada optaba por la resistencia frente a la rendición. Cuando, el 28 de septiembre de aquel año, sonó en las ondas la Marcha Fúnebre del compositor polaco, todos pudieron comprender que la ciudad había caído. El Estado, invadido por los alemanes y los soviéticos, había dejado de existir, pero Polonia seguía viva y sus invasores no conocieron un instante de paz. La resistencia polaca, el célebre Estado Clandestino que describió Jan Karski, brindó al mundo innumerables ejemplos de dignidad y coraje. Varsovia, por su parte, nunca bajó los brazos. La sublevación del gueto en 1943 y el alzamiento general de la ciudad en 1944 nos siguen conmoviendo. El heroísmo es eso.

Héroes fueron las dos mil personas que el 30 de diciembre de 1940 asistieron en Lanister, en el Morbihan, al funeral por los aviadores ingleses portando ramos de flores con los colores de la Union Jack y desafiando de forma ostensible a las autoridades de ocupación alemanas. Héroes fueron los legionarios de Bir Hakeim, que resistieron en 1942 durante dos semanas una formidable ofensiva germano-italiana al mando de Rommel y permitieron así a los británicos ganar un tiempo precioso para la derrota del Eje en El Alamein.

Héroes fueron los pilotos británicos -y los polacos, por cierto- que defendieron Londres durante el Blitz: ocho meses, una semana y dos días de bombardeos entre 1940 y 1941. En aquellos días, de Inglaterra salían todas las noches aviones con armas, fondos y agentes para los movimientos de resistencia en toda Europa. Hasta 1941, el Reino Unido lideraría una lucha contra Hitler y sus aliados que muchos daban por perdida. Los británicos no ganaron solos la guerra, pero lograron no perderla.

Con la invasión de la URSS en 1941, Moscú ordenó a los partidos comunistas pasar a la lucha contra los nazis. Arthur Koestler contó la tragedia de los militantes entregados a los nazis por apartarse de las instrucciones de Moscú. Gilles Perrault narró el drama de la Orquesta Roja, la mayor red de espionaje comunista en la Europa ocupada. Leningrado, Stalingrado, Minsk, Odesa, Sebastopol y tantas ciudades de la URSS se ganaron el título de “heroicas” por la resistencia frente a los invasores.

Hay otros muchos ejemplos de heroísmo que podríamos citar. La defensa de Nankín en 1937, la resistencia griega de 1940-1941 y el alzamiento de marzo de 1941 en Yugoslavia y la lucha posterior son algunos casos memorables. En todos ellos, sus protagonistas decidieron morir con las armas en la mano antes que capitular, renunciar a la condición humana o entregarse a una muerte segura sin combatir. En esa decisión, hay algo que ennoblece y rescata a la persona. En el momento en el que uno decide sacrificar su vida por algo más elevado, empieza a resonar el heroísmo. Cuando uno resuelve tomar las riendas de su propio destino y decidir cómo afrontarlo, empieza a tomar la opción heroica. Al héroe no se le arrebata la vida, él la entrega por algo que lo merece. Incluso, como escribió Viktor Frankl, tal vez no pueda decidir su suerte, pero sí puede decidir cómo se enfrenta a ella. También hay algo de heroico en esto.

Es cierto que esto no es una guerra, pero, salvando las distancias, en España, sin duda hay héroes en estos días. Están entre el personal sanitario que viene trabajando en circunstancias penosas, sin medidas de protección adecuadas ni suficientes, en instalaciones colapsadas. Están entre los policías y guardias civiles que se han terminado contagiando. Están entre el personal de las residencias, el de los supermercados, el de los servicios esenciales que se han expuesto al contagio. Todo homenaje y reconocimiento a estos profesionales es justo y merecido.

Pero en España también hay víctimas, que no han elegido nada o casi nada.

Aquí padecemos hoy las consecuencias espantosas de la irresponsabilidad, la incompetencia y la mediocridad política. Aquí no ha habido un ejército enemigo que ha invadido nuestro país, sino una fuerza de la naturaleza -un virus- cuya gravedad se minusvaloró y se ocultó con fines políticos. Se dejaron de adoptar las medidas de prevención necesarias. Se dieron mensajes no sólo erróneos, sino deliberadamente falsos. ¿A cuántas personas se expuso al contagio en el fin de semana del 8 de marzo? ¿A cuántos se les dijo que no eran necesarias las mascarillas ni los guantes? ¿A cuántos se les hizo creer, invocando la autoridad de “los expertos”, que el coronavirus no sería más grave que una gripe?

Ahora hay miles de víctimas, que no pudieron elegir nada y a quienes se expuso al contagio en medios de transporte, en actos públicos, en residencias de mayores y en centros de trabajo. Hicieron caso de los mensajes tranquilizadores del Gobierno. Acudieron a actos públicos a riesgo de contagiarse y contagiar a otros. Salieron mientras se les dijo que podían hacerlo y se encerraron cuando se les ordenó. Han dejado de trabajar porque se les ha obligado a ello y ahora soportan las consecuencias económicas de unas decisiones que otros han tomado por ellos tarde y mal. La crisis económica que sobreviene no la ha causado una guerra, sino la incapacidad de poner el bien común por encima de los intereses políticos. Durante los meses de enero y febrero y los primeros días de marzo, mientras se deberían haber adoptado las medidas necesarias para disponer de unidades de cuidados intensivos, respiradores, etc., las energías políticas en España estaban dedicadas a otras cosas.

También ahora tratan de distraernos con euforia y consignas. Corremos el riesgo de que los homenajes legítimos sean secuestrados por la agitación interesada. Incluso el aplauso por los profesionales sanitarios, un acto justo y emotivo surgido en Italia, se politizó en España cuando trataron de excluir del reconocimiento a la sanidad privada y circunscribirlo sólo a la pública. La retórica triunfalista de la “unidad” y la “victoria” -ciertas etiquetas en redes sociales, ciertos eslóganes, las advertencias de que “no es el momento de criticar”- pretenden acallar preguntas legítimas y necesarias: por qué más de doce mil personas han muerto y cuantas muertes podrían haberse evitado, por qué faltó de todo y siguen faltando muchas cosas, por qué decenas de miles han perdido sus trabajos, por qué el país se ha hundido económica y socialmente y por qué no se hizo todo lo necesario a tiempo para mitigar las terribles consecuencias de una crisis sanitaria agravada, en España, por los errores y la incapacidad política.

No dejen de hacerse esas preguntas.

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