Traducción de Luis Murillo Fort. Random House. Barcelona, 2024. 208 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. El escritor angloindio en un texto extraordinario recuerda el brutal atentado que casi le cuesta la vida.
Por Carmen R. Santos
Quizá las ironías de la vida, en este caso trágica, hicieron que el brutal atentado sufrido por Salman Rushdie el 12 de agosto de 2022, se produjera precisamente cuando iba a pronunciar una conferencia sobre la importancia de mantener a los escritores a salvo de todo riesgo. La charla formaba parte de la semana de actos en la Chautauqua Institucion, y abordaba ese asunto.
En Cuchillo, confiesa que dos noches antes de tomar el avión a Chautauqua, ubicado en el condado neoyorquino de Nueva York, soñó que alguien le atacaba con una lanza, un gladiador en un anfiteatro romano, un sueño que no era la primera vez que tenía. Pensando que podría tener un sentido de premonición, aunque asegura no creer demasiado en los augurios, le dijo a su mujer, Eliza, que no quería ir. Pero eso era muy complicado.
Por desgracia, Rusdhie voló a Chautauqua, pero ya situado en el escenario, también un anfiteatro, antes de comenzar su intervención observó que un hombre todo vestido de negro, con pasamontañas, corría hacia él por el pasillo de la derecha de la zona de butacas. Lo vio con el rabillo del ojo derecho, “la última cosa que iba a ver con ese ojo”. En efecto, además de múltiples y gravísimas heridas causadas por el cuchillo que blandía con furia el atacante, Rusdhie ha perdido el ojo derecho. Y estuvo a punto de perder la vida.
Una gran parte de Cuchillo es el relato donde Rusdhie cuenta la agresión, perpetrada por un individuo que quería ejecutar la sentencia de muerte, la fatua, dictada hacia tres décadas por el ayatolá de Irán Ruhollah Jomeini, a raíz de la publicación de su novela Los versos satánicos, juzgada por el fundamentalismo musulmán como blasfema. El nombre del asesino es siniestro, y de nuevo trágicamente irónico: Hadi Matar. Igual que lo es que Hadi Matar, un veinteañero norteamericano de origen libanés, adicto al mundo virtual y los vídeojuegos, declaró que apenas había leído dos páginas de la novela del escritor angloindio. A su agresor, Rusdhie lo denomina “el A” y con él mantiene un diálogo imaginario, en el que, entre otras afirmaciones, el joven radicalizado le dice: “Aprendí muchas cosas. Y al final me pregunté a mí mismo: ¿qué estoy dispuesto a hacer a hacer, yo, como individuo, contra el enemigo? Fue entonces cuando empecé a pensar en gente como usted”.
Rushdie nos cuenta el instante del cobarde atentado y se hace preguntas. Sobre todo le atormenta el hecho de que no intentase huir, de que no luchase: “Me quedé quieto como una piñata y dejé que él me destrozara”. Interroga también a familiares y amigos, que le dicen que no habría podido hacer frente a un joven armado, y concluye: “No sé muy bien qué pensar ni qué contestar. Hay días que siento engorro, por no decir vergüenza, ante mi nula reacción, mi nulo intento de defenderme. Otros días me digo a mi mismo: «No seas estúpido, ¿qué te imaginas que podías haber hecho?»”. Y reflexiona sobre cómo quienes “son objeto de violencia experimentan una crisis de comprensión de lo real”. También nos sumerge en el calvario de la recuperación, que ha conseguido, aunque le han quedado secuelas, además de la gran pérdida del ojo.
Pero Cuchillo, cuya escritura conlleva una suerte de terapia y una celebración, finalmente, de la vida, es mucho más. Rushdie nos habla de su mujer, la también escritora Rachel Eliza Griffiths, de cómo se conocieron, de su relación –el libro se cierra con una emotiva escena en la que Salman y Eliza van al lugar del atentado-, de su producción –sobre todo de Joseph Anton, título que toma de sus muy queridos Joseph Conrad y Anton Chéjov, y donde trata de la clandestinidad en la que tuvo que vivir a causa de la fatua-, de amigos como Martin Amis y Paul Auster, repasa libros y filmes donde un cuchillo desempeña un papel protagónico, del ataque a la revista satírica francesa Charlie Hebdo...
Salman Rushdie nos ofrece un texto extraordinario, en el que, sin perder en algún momento el sentido del humor pese a la tragedia, relata una terrible experiencia que encierra una doble cara: “Así, pues, aquella mañana en Chautauqua experimenté, casi simultáneamente, lo peor y lo mejor de la naturaleza humana. Esto es lo que somos como especie: llevamos dentro tanto la posibilidad de asesinar a un desconocido casi sin motivo –esa capacidad del Yago de Shakespeare que Coleridge denomina ‘maldad inmotivada’ - como el antídoto para esa enfermedad: valor, abnegación, inclinación a prestar ayuda a un viejo tirado en el suelo”.