Traducción de Damià Alou. Anagrama. Barcelona, 2024. 400 páginas. 21,90 €. El extraordinario novelista norteamericano regresa con un nuevo título de la serie -pueden leerse de forma independiente-, protagonizada por Frank Bascombe. Un libro repleto de belleza, humor y sabiduría
Por Matías Jaque Hidalgo
La sólida reputación de Richard Ford estaba asegurada entre los grandes narradores norteamericanos ‒con las cuatro novelas de la saga de Frank Bascombe, algunos libros de cuentos magistrales y un puñado de novelas que, como Canadá, constituyen serios candidatos al canon literario que heredarán nuestros nietos‒ cuando decidió, en 2023, ofrecernos una quinta entrega protagonizada por el viejo Frank. Según comenta acertadamente Leila Guerrero, no hace falta ser un “lector bueno” (fiel y bienintencionado, en contraste con un “buen lector”, exigente, pero sin ningún atributo ético especial) para recibir con admiración Sé mía, probablemente la última aventura de este agente inmobiliario de Haddam, Nueva Jersey.
Desde su primera aparición en El periodista deportivo, en 1986, la vida ha dado a Frank suficientes golpes y bandazos: la pérdida de un hijo, dos divorcios, un cáncer, los sinsabores de una vocación literaria perdida en el pasado. El personaje ha llegado, por decirlo así, a unos términos razonables con la existencia, para lo cual parecen ayudar unas ocasionales lecturas de Heidegger, que Frank se zampa de cuando en cuando, como otros acudirían, en circunstancias análogas, a un Lorazepam. Ya pasados los setenta, lo encontramos a cargo de su hijo Paul, de 47 años, que padece ELA. Los médicos de la exclusiva clínica Mayo solo pueden ofrecerle un arsenal de cuidados y pruebas que ‒lo saben todos, Paul el primero‒ no mejorarán su diagnóstico. En este escenario, Frank decide emprender, en pleno invierno y sin el apoyo entusiasta de nadie, un viaje con su hijo al mítico monte Rushmore. Ese monumento que, con sus ingentes rostros inmóviles, rápidamente genera cierta incomodidad, toda vez que solo puede ser contemplado y, nos dirá Frank, “solo mirar tiene sus límites emocionales”.
Como otras entregas de la saga ‒enmarcadas en el Día de la Independencia o el Día de Acción de Gracias‒ Sé mía dispone los hechos en torno a una festividad típicamente norteamericana: el Día de San Valentín. La presencia gravitante de ese amor institucionalizado y comercializable creará una tensión sarcástica y algo perversa con la aventura ‒movida por el amor, qué duda cabe‒ que emprenden padre e hijo. Esa disonancia entre los ritmos de la historia personal y el decorado social y nacional es, con todo, característica de la narrativa de Ford. Conforme se aproximan al monte Rushmore, y entre deliciosos diálogos cargados de ironía, rencor y ternura, desfilarán por aquí y por allí monovolúmenes con pegatinas de “Trump” o “Biden” (y alguno con ambas a la vez). Así, mientras el espacio público exhorta a los ciudadanos a rendir culto, simultáneamente, al amor y a la polarización política, Frank intentará recuperar el tiempo perdido con el hijo que el ELA, indiferente a los asuntos humanos y sus efemérides, se llevará de forma implacable.
Hacia el final de la novela, Ford se permite arrojar algunas claves sobre su concepción del oficio narrativo, una concepción que se incardina naturalmente en la tradición anglosajona contemporánea. Para el narrador, los jóvenes escritores “son brillantes, muy astutos a la hora de saber con precisión qué causa qué en la vida”; en cambio, al hablar de su experiencia, nos dice: “Lo único que tenía que hacer era interesarme por lo que yo podía hacer que ocurriera después ‒después de la lujuria, después de la inquietud, después de la desesperación‒ sin preocuparme lo más mínimo por la causalidad. […] Y la verdad es que lo sigo creyendo”.
Una declaración de este estilo, en la medida en que se hubieran preocupado de formularla, podrían haberla firmado Cheever, Carver, Salter o muchos otros grandes retratistas de la vida suburbana de la clase media norteamericana, para quienes la esencia de la literatura no parece radicar en la comprensión que arroja sobre las causas de las cosas, sino acaso en dejar que la atenta mirada de cómo, de hecho, suceden, nos muestre (à la Wittgenstein) el sentido de todo esto. “Que alguien muera no es un síntoma de nada”, dirá en algún momento, sino “un misterio casi absoluto”, que “simplemente, ocurre”. Una conclusión que recuerda a ese insistente so it goes que recorre la obra de Kurt Vonnegut, otro descreído, si bien algo más histriónico y bufonesco, de la omnipotencia del individuo para obrar y comprender.
A pesar de que esta poética, y la filosofía moral que le subyace, apunten a un cierto quietismo o fatalismo, Ford no es un pesimista. También como Vonnegut, conserva un residuo de esperanza en el modo en que decidimos contemplar lo que nos sobreviene, en la gestión de nuestros énfasis afectivos ante lo dado (recordemos: “Solo mirar tiene sus límites emocionales”). No en vano la narración está enmarcada por dos apartados titulados, ni más ni menos, “Felicidad”. No es obvio que debamos preocuparnos, en serio, por la felicidad, en especial considerando todo lo que atenta contra sus condiciones mínimas de posibilidad. Pero no apostar por ella es, como agudamente sentencia Ford, “darle a la vida menos de lo que se merece”.
Sé mía es un libro que demuestra las exquisitas virtudes de un estilo maduro, en el que falta toda pretensión, colmado, en cambio, de belleza, humor y sabiduría. Se ha hecho un rápido lugar común decir que esta es “la última entrega de Frank Bascombe”. Si se trata, en efecto, de una despedida, solo podemos añadir que Ford le ha dado a la vida, aun una ficticia, todo lo que buenamente se merece, y a nosotros, por cierto, la ocasión de ser un poco más felices.