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DIARIOS

John Cheever: Diarios

domingo 08 de julio de 2018, 18:48h
John Cheever: Diarios

Traducción de Daniel Zadunaisky. Literatura Random House. Barcelona, 2018. 496 páginas. 21, 90 €. A corazón abierto están escritos los diarios del autor de relatos memorables como “El nadador”. Cheever no silencia asuntos espinosos como su alcoholismo y bisexualidad, y nos permite adentrarnos en su compleja personalidad mediante una prosa tan rica como la de su narrativa. Por Ángela Pérez

En no pocos de los cuentos del gran escritor norteamericano John Cheever (Quincy, Massachssets, 1912-Ossining, Nueva York, 1982) aparecen episodios de su propia vida, aunque, naturalmente, pasados por el tamiz de la ficción. Así lo hizo ya desde el primero publicado, “Expelled”, en el que recoge su expulsión de la Academia Trayer a comienzos de los años treinta del pasado siglo. O, por ejemplo, lo mismo sucede con “El nadador”, quizá su relato más célebre, llevado al cine por Frank Perry en 1968 en un filme no menos famoso, protagonizado por Burt Lancaster. Y también en su primera novela Crónica de los Wapshot, donde se inspira en la historia de sus padres.

Malcolm Cowley le compró rápidamente “Expelled” para la prestigiosa revista New Republic, lo que después se repetiría a lo largo de toda la trayectoria de Cheever, cuyos relatos iban viendo la luz, antes de ser recopilados en libros, en numerosas publicaciones como Collier’s Story, Atlantic y, sobre todo, The New Yorker. Algo que, por cierto, permitió una extraordinaria cosecha de cuentistas norteamericanos -recordemos, entre otros a Francis S. Fitzgerald o a Hemingway-, al contar con revistas y periódicos que acogían sus relatos y se los retribuían generosamente.

Pero, sin duda, para un conocimiento más directo de la compleja personalidad de John Cheever lo mejor es la lectura de sus Diarios. Ahora, la editorial Literatura Random House, que este mismo año ha puesto también a nuestro alcance sus Cuentos y sus Cartas recupera la edición preparada por el carismático editor Robert Gottlieb, con introducción de su hijo, Benjamin H. Cheever, a la que se añaden notas y una cronología a cargo de Rodrigo Fresán, escritor y periodista argentino afincado en España y especialista en las letras norteamericanas. El resultado es un magnífico volumen de lectura imprescindible no solo, por supuesto, para los seguidores de Cheever, sino también para los lectores de diarios y, aun más, para quienes deseen disfrutar de buena literatura, pues la magnífica prosa cheeverniana está aquí muy presente.

En la introducción, Benjamin H. Cheever explica la génesis de todo el amplio material inédito que forma el libro. Cuando falleció su padre, el 18 de junio de 1982, dejó casi una treintena de cuadernos de hojas sueltas. Y se pregunta si su padre habría querido verlo publicado. La respuesta es afirmativa, pues confiesa que el propio escritor le manifestó este deseo cuando, tras separarse de su primera esposa, pasó una temporada en casa de sus padres en diciembre de 1979. Afortunadamente, Benjamin H. Cheever cumplió el anhelo de su progenitor, pese a que podemos aventurar que no resultaría fácil. Estos Diarios están escritos a corazón abierto, con una enorme sinceridad. Muy posiblemente no dejarían de suponerle un cierto cauterio, pero pagado al precio del dolor.

Los Diarios se dividen en tres partes: finales de los años cuarenta y años cincuenta, y décadas de los sesenta y setenta, llegando a principios de los años ochenta. No obstante, en general no está fechada cada entrada, pues se han compuesto de manera indisciplinada, intermitente. En ellos, John Cheever no ahorra poner al descubierto sus sombras, sus contradicciones, sus inseguridades, sus angustias, tanto en el terreno personal como literario. Así, ya en su comienzo leemos: “En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo”.

Cheever es consciente de su talento, pero siempre parece sentir que no acaba de estar a la altura de sí mismo. Por ejemplo, dice: “A medida que me acerco a los cuarenta sin haber conseguido ninguno de los objetivos que me había propuesto, sin haber alcanzado la profunda creatividad -por la que me he esforzado durante años-, siento que adopto una posición menor, oscura, mediocre, que no es mi destino pero sí culpa mía, como si en algún momento me hubiera faltado el ingenio y el valor para ajustarme de modo competente a las formas que tenía a mano”. Y cuando se afana en escribir su primera novela, tiene miedo de no poder superar la condición de autor exclusivamente de relatos para revistas. Por otro lado, de indiscutible interés son las opiniones que vierte sobre algunos de sus colegas, como, entre otros, Tennessee Williams, Nabokov, John Updike, o Saul Bellow.

En el ámbito personal, vemos a un Cheever en muchas ocasiones atrapado en la depresión y bordeando la autodestrucción, sin ahorrarse autorreproches: “La despreciable mezquindad, la mediocridad de mi trabajo, el desorden de mis días, son los motivos de que me cueste tanto levantarme por la mañana […] Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el tren de las 8.20 y llegas tarde para solicitar un aumento del crédito. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado”.

Sus etapas de problemas económicos, sus complicadas relaciones con su mujer, sus culpabilizados alcoholismo -que aqueja también a su hermano mayor-, y bisexualidad no se esconden en un tobogán de estados de ánimo cambiantes y complejos. Un autorretrato, pues, con no poco de brutal, y a la vez conmovedor. Y que encierra, pese a todo, esperanza y constata la fuerza de la creación. No en vano, en la semblanza pronunciada por John Updike en el funeral de Cheever, el autor de Corre, Conejo, con quien tuvo sus más y sus menos, señaló: “Había algo en él que hacía que la vida pareciera un tesoro”.

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