Opinión

80 años del final de la guerra

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 05 de enero de 2025

Este año que comienza se cumplen los 80 años de la derrota del III Reich y de sus aliados. Es una ocasión propicia para reflexionar sobre aquella lucha, aquella victoria y su legado.

La caída de Berlín, el suicidio de Adolf Hitler (1889-1945) y la rendición del Japón son tres hitos que marcan el final de una guerra que comenzó en 1937 en Asia y en 1939 en Europa. Sus raíces se remontan a la Gran Guerra (1914-1918) y quizás lo más acertado sea verlas, al menos en lo que se refiere al Viejo Continente, como un único conflicto civil que desgarró a los pueblos de Europa. Después el mundo no volvería a ser el mismo. El llamado «nuevo orden mundial» supondría la división del planeta en dos grandes bloques -el occidental y el soviético- y el surgimiento del llamado Tercer Mundo. 1945 fue, en ese sentido, un punto de inflexión en la historia mundial.

En efecto, entre 1945 y 1948, por ejemplo, la India se independizaría, nacería Pakistán, se fundarían el Estado de Israel y la OTAN y se proclamaría la República Popular China. El bloque de Berlín (1948-1949) marcaría la primera gran crisis de la Guerra Fría. En 1946, Churchill describiría con brillantez literaria la división de Europa: «Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído un telón de acero que atraviesa el continente. Detrás de esa línea, se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de la Europa central y del este. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Belgrado, Budapest y Sofía, todas esas ciudades famosas y las poblaciones que las rodean quedan dentro de lo que debo llamar la esfera soviética y todas están sometidas, de una forma u otra, no sólo a la influencia soviética, sino también a un grado muy elevado y, en muchos casos, creciente de control por parte de Moscú». Los pueblos de Europa Central y Oriental no dejarían de aspirar a una libertad que les era arrebatada.

En marco del año siguiente, el presidente Truman (1884-1974) expondría la doctrina que inspiraría la política exterior estadounidense durante casi dos décadas: «casi todas las naciones deben elegir entre modos alternativos de vida […] Uno de dichos modos de vida se basa en la voluntad de la mayoría y se distingue por la existencia de instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones limpias, garantías de libertad individual, libertad de expresión y religión, y el derecho a vivir libres de coacción política. El otro se basa en la voluntad de una minoría impuesta por la fuerza a la mayoría. Descansa en el terror y la opresión, en una prensa y radio controladas, en elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales. Creo que la política de Estados Unidos debe ayudar a los pueblos que luchan contra las minorías armadas o contra las presiones exteriores que intentan sojuzgarlos. Creo que debemos ayudar a los pueblos libres a cumplir su propio destino de la forma que ellos mismos decidan […] Debemos proceder resuelta e inmediatamente».

La respuesta soviética no tardaría en llegar. En septiembre de 1947, en la localidad de Szklarska Poręba, delante de delegados de los partidos comunistas de la URSS, Yugoslavia, Bulgaria, Rumanía, Hungría, Checoslovaquia, Italia y Francia además de Polonia, que hacía de anfitriona, Andréi Zhdánov (1896-1948) expondría la doctrina que llevaría su nombre. el mundo estaba dividido en dos campos -el imperialista y antidemocrático y el democrático y antiimperialista: «El principal objetivo del campo imperialista es el fortalecimiento del imperialismo; la preparación de una nueva guerra imperialista; la lucha contra el socialismo y la democracia, y el apoyo a los regímenes y movimientos reaccionarios filofascistas del mundo. Para la realización de sus objetivos, el campo imperialista está dispuesto a apoyarse en las fuerzas reaccionarias y antidemocráticas del mundo y a respaldar a sus antiguos enemigos de guerra contra sus propios aliados. Las fuerzas antiimperialistas y antifascistas constituyen el otro campo. La URSS y los nuevos países democráticos son los pilares de este campo. También están incluidos los países que han roto con el imperialismo y han adoptado la vía del desarrollo democrático, como Rumania, Hungría y Finlandia. Indonesia y Vietnam están asociados al campo antiimperialista. India, Egipto y Siria simpatizan con él. El campo antiimperialista es respaldado por el movimiento obrero y democrático y por los partidos comunistas hermanos de todos los países, por los luchadores de los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes, y por todas las fuerzas democráticas y progresistas en cada país».

La caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991) marcaron la destrucción del bloque soviético, que no fue del todo pacífica (Rumanía) ni exenta de traumas (extinción de la RDA). En aquellos años 90 parecía que las democracias liberales y el libre mercado habían vencido, finalmente, al bloque comunista. En el verano de 1989, Francis Fukuyama había publicado en The National Interest un artículo llamado a hacer historia titulado «¿El fin de la Historia?». Todo parecía indicar que no había antítesis, en terminos hegelianos, que oponer a la victoria del bloque occidental. Al poco tiempo, en 1993, Samuel Huntington arrojaría un jarro de agua fría sobre el optimismo de aquellos años con otro artículo, esta vez en Foreign Affairs, cuyo título albergaba oscuros presagios: ¿El choque de civilizaciones?». Mientras Occidente reflexionaba sobre su victoria, nacía Al-Qaeda y se iba gestando la Yihad Global. La lucha contra el terrorismo, el ascenso de Rusia y la pujanza de China marcarían el tránsito del siglo XX al siglo XXI.

De algún modo, seguimos a la sombra de aquel orden de la posguerra, cuya división en bloques parece reproducirse tanto en el orden político como en el económico y militar. La guerra en Ucrania es quizás el mejor reflejo de cómo la vieja división surgida de la II Guerra Mundial no ha terminado de pasar.

Así, 1945 no es sólo el pasado. Ese año forma parte, de algún modo, del presente.