Sucedió el 5 de marzo de 1946. Hace 76 años. A Churchill lo habían invitado a hablar en Westminster College, en Fulton (Missouri). Habían pasado unos diez meses desde la rendición de Alemania en Europa y algo más de seis desde que el Japón había hecho lo propio en Asia. Las conferencias de Yalta y Potsdam se habían tomado como un anuncio de un nuevo orden mundial basado en la libertad y la democracia. La ONU ya daba sus primeros pasos. Sin embargo, algo oscurecía el horizonte. Aquel año las cosas ya se estaban torciendo. El espejismo de una URSS democrática se desvanecía.
En enero de 1946, los británicos y los soviéticos debían retirarse de Irán, ocupado por ambos ejércitos desde 1941. Stalin demoró el regreso de sus tropas y fue necesaria la denuncia de Teherán ante el Consejo de Seguridad de las recién nacidas Naciones Unidas para que Moscú abandonase el territorio. Tampoco Turquía estaba a salvo de las presiones soviéticas para garantizarse la travesía libre del Bósforo y los Dardanelos por parte de su flota de guerra. El presidente Truman terminó enviando la VI Flota para apoyar a Ankara frente al Kremlin. En Grecia, los comunistas soviéticos y yugoslavos apoyaban a la guerrilla griega contra las fuerzas monárquicas y gubernamentales. Incluso en el plano nuclear, Moscú recelaba de los intentos de que la ONU controlase la energía atómica.
Churchill nunca se había fiado por completo de Stalin; bueno, en realidad tampoco se fiaba, en general, de los soviéticos. Reconocía, sin duda, la grandeza de la “noble nación rusa”, como la calificó en su discurso de abril de 1919, pero venía denunciando desde el primer momento las atrocidades cometidas por los bolcheviques: “el sufrimiento del pueblo ruso sometido a los bolcheviques supera con creces todo lo que han sufrido, incluso con el zar”. Aquel mes de marzo de 1946, casi 30 años después de la revolución bolchevique, Churchill tomaba, una vez más, la palabra para denunciar la tiranía comunista. Sus palabras describen hoy el espacio europeo que ha llamado o llama a las puertas de la OTAN y de la UE: “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, ha caído un telón de acero que atraviesa el continente. Detrás de esa línea, se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de la Europa central y del este. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Belgrado, Budapest y Sofía, todas esas ciudades famosas y las poblaciones que las rodean quedan dentro de lo que debo llamar la esfera soviética y todas están sometidas, de una forma u otra, no sólo a la influencia soviética, sino también a un grado muy elevado y, en muchos casos, creciente de control por parte de Moscú”. Con la excepción de Belgrado -que sufrió los terribles bombardeos de la OTAN en 1999- el resto de capitales europeas acogen hoy manifestaciones y protestas contra la guerra en Ucrania.
En su discurso, Churchill tuvo una reflexión premonitoria: “Por lo que he visto de nuestros amigos y aliados rusos durante la guerra, estoy convencido de que no hay nada que admiren tanto como la fuerza y de que no hay nada por lo que sientan menos respeto que por la debilidad, sobre todo la militar”. Desde el final de la Guerra fría, los países de Europa Occidental vivían en la ensoñación de la desaparición de la guerra. La confianza en el poder militar de los Estados Unidos y el desplazamiento de los conflictos fuera del Occidente de Europa -los Balcanes, Oriente Próximo, África- alimentó un pacifismo irresponsable y, en cierto modo, suicida. Durante la Guerra Fría, las organizaciones pacifistas fueron esenciales en la estrategia soviética para debilitar a Occidente; por ejemplo, el Consejo Mundial por la Paz. El “pacifismo” se infiltró en las universidades, los medios de comunicación, el espectáculo y la cultura. Tal vez el mejor símbolo sea “Imagine”, la canción fetiche de la izquierda europea y norteamericana, que describe un mundo incapaz sin países ni nada por lo que matar ni morir, es decir, un mundo incapaz de enfrentarse a una tiranía.
Los soviéticos consideraron este discurso de Churchill el momento inicial de la Guerra Fría. En adelante, el bloque soviético y el bloque occidental se enfrentarían en todo el mundo. A las operaciones de guerra psicológica y económica de los Estados Unidos, respondió la URSS con la doctrina de las “medidas activas”, acciones de desinformación tendentes a disolver los vínculos familiares y nacionales y a enfrentar a los ciudadanos a partir de su clase social. El discurso del tipo “sus guerras, nuestros muertos”, por ejemplo, bebe de esas fuentes. La verdad es que las “medidas activas” crearon escuela y otros muchos las han empleado incluso después de la destrucción de la URSS. Como los viejos arsenales, las consignas propagandísticas se han reconvertido y se han reemplazado categorías como la clase por otras como el género, el sexo y la raza. No debería sorprendernos, pues, que Ione Belarra, secretaria general de Podemos, esté impulsando un movimiento “por la paz” junto al izquierdista Jean-Luc Melenchon y al laborista Jeremy Corbin, veraneante en la República Democrática Alemana allá por 1976. En la misma línea van, por cierto, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Oriol Junqueras y Arnaldo Otegui.
76 años después de su discurso, el pensamiento de Churchill sigue sirviendo de orientación para un discurso de defensa de la libertad a partir de fundamentos conservadores. Naturalmente, nuestro hombre hablaba desde una perspectiva británica, es decir, propia de la anglosfera. Esto exige que debamos hacer ciertas adaptaciones para la realidad de España e Hispanoamérica. Sin embargo, algunas de sus reflexiones -por ejemplo, la advertencia del respeto a la fuerza- deberían llevarnos a reorientar nuestra política de defensa a la realidad de un mundo en el que las guerras no han desaparecido por mucho que se cante “Imagine”.