Entre el viernes y el sábado pasado, en París, ha habido cuatro incidentes antisemitas: dos sinagogas y un restaurante en el Marais así como el memorial del Holocausto han sufrido daños de diversa entidad cuando los han rociado con pintura verde. Esta violencia sobre los símbolos -pintadas, profanaciones, destrozos- tratan de normalizar la violencia sobre los judíos, es decir, de crear un marco en el que es «normal» atacar a alguien por su fe o por su cultura. Europa sabe mucho de esto: la imposición de ciertas prendas, las quemas del Talmud, la reclusión en barrios o en recintos amurallados, la profanación de cementerios... Raul Hilberg recordaba, con razón, que en lo esencial las medidas administrativas que los nazis adoptaron contra los judíos ahondaban en prácticas que ya se habían realizado en el pasado. El camino a los campos de exterminio comenzó en despachos, en redacciones de periódicos y en cafés en los que el antisemitismo fue ganando carta de naturaleza y aura de prestigio.
Europa se está suicidando y el auge del antisemitismo sirve como aviso.
El CRIF -el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia- cifra en 1570 los incidentes antisemitas en 2024. Por supuesto, ahora se disfraza de antisionismo como antes se revistió de defensa de la raza, la sangre y la tierra. El sufrimiento del pueblo palestino, a quien Hamás mantiene como rehén y emplea como escudo, sirve como coartada para alimentar y difundir el antisemitismo de toda la vida. Los viejos mitos del judío enemigo de la humanidad, el judío infanticida y el judío traidor se han trasladado al Estado judío democrático y a sus ciudadanos. Es el paso del viejo al nuevo antisemitismo que describió Pierre-André Taguieff.
El informe publicado hace pocos días por la República Francesa acerca de la actividad de los Hermanos Musulmanes en Francia advierte del uso que se está haciendo del conflicto en Oriente Medio como catalizador para acelerar el avance del antisemitismo. La organización islamista recurre a técnicas argumentales como la conspiración, la reductio ad Israel -mezclando así judíos e israelíes- la idea de una identidad musulmana irreductible, que incluiría un antijudaísmo islámico, y la existencia de una enemistad natural entre judíos y musulmanes. Las operaciones militares contra Hamás posteriores a los atentados terroristas del 7 de octubre de 2023 han exacerbado el discurso antisemita en numerosas mezquitas de Francia. Un antiguo ministro palestino, prosigue el informe, proclamó la consigna«Yo soy Hamás».
Nuestro continente está atravesando horas muy oscuras.
La confusión moral en torno al terrorismo y la responsabilidad de Hamás por los atentados terroristas y por la utilización de su propio pueblo, el pueblo palestino, como escudo humano, revela la gravedad del tiempo que atraviesa Europa. Nuestro continente se ha convertido en el escenario de manifestaciones en que se corean consignas antisemitas jaleadas por políticos que han traicionado los ideales progresistas que decían defender. No se ha hablado lo suficiente del antisemitismo de izquierdas.
Europa está retrocediendo por una combinación de políticas irresponsables y de complejos de culpa equivocados y destructivos. Con tal de evitar la etiqueta de«racistas» o«islamófobos», hay políticos dispuestos a transigir con todo. Poco a poco se está dando una ocupación simbólica del espacio público, que está desfigurando la apariencia de ciudades como Bruselas, París y Barcelona. Se habla de las no go zones en Marsella o en Malmö desde hace muchos años, pero en lugar de intervenir con decisión sobre un evidente problema de orden público y seguridad ciudadana se ha preferido adoptar políticas pretendidamente sociales que, en lugar de resolver nada, lo agravan todo, desde el efecto llamada hasta la retirada de la policía.
Gracias a organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes y a la confusión moral de tantos políticos, 80 años después del final de la II Guerra Mundial el antisemitismo goza de una aterradora buena salud en Europa.