Opinión

El atentado en Mánchester

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 05 de octubre de 2025

El jueves pasado, día de Yom Kippur, el más sagrado del calendario judío, Jihad Al Shamie, británico de origen sirio de 35 años, condujo un coche hasta la sinagoga de Heaton Park, en Mánchester, y embistió a un grupo de fieles que se dirigían a la oración. Después trató de apuñalar a varios de ellos al grito de «¡voy a atraparlos!». Cayó abatido por los disparos de la policía no sin antes haber matado al guardia de seguridad Melvin Cravitz, de 66 años, y haber herido gravemente a otras tres personas. No fueron las únicas víctimas: Adrian Daulby, de 53 años, fue muerto accidentalmente por disparos de la policía al enfrentarse al atacante. Hasta el momento, la policía ha practicado seis detenciones en relación con este atentado, que el primer ministro Keith Starmer ha considerado un acto de odio antisemita. Jihad Al Shamie estaba en libertad condicional por una presunta violación.

Resulta desoladora la normalización de que, en Europa, los lugares de oración de una determinado grupo deban ser protegidos por la policía. Con la excepción de Hungría, las sinagogas necesitan vigilancia para evitar atentados como este que ha tenido lugar en Mánchester. La propaganda antisemita que lleva extendiéndose durante años no sólo entre los grupos radicales de derecha e izquierda, sino también entre los musulmanes europeos e inmigrantes de países islámicos, termina teniendo estos efectos. Casi nadie asume responsabilidad alguna por los atentados cometidos por gente cuya radicalización se ha producido no sólo en las redes sociales, sino en el espacio público donde políticos, intelectuales y activistas coinciden en avivar el odio a Israel, que es la nueva forma del viejo odio a los judíos.

Desde los atentados terroristas del 7 de octubre de 2023, las campañas y manifestaciones a favor de Hamás se han prodigado por toda Europa. En ellas han participado líderes que han hecho de la demonización y la deslegitimación de Israel ejes vertebrados de todo su discurso. En España, un gobierno socialista acosado por los escándalos que afectan al presidente del gobierno y su familia, a ministros, a dos exsecretarios de organización del PSOE, al Fiscal General del Estado y a otros altos cargos, ha visto en el apoyo a Hamás una cortina de humo utilísima para agrupar a sus fieles, movilizar a los vacilantes y distraer a la opinión pública. Lo que subyace a la operación propagandística de la flotilla de Sumud Internacional sólo está comenzando a conocerse ahora: alineamiento con Hamás, financiación dudosa, ayuda humanitaria inexistente... El abordaje y captura de los barcos ha permitido constatar que allí no se transportaban alimentos ni medicinas para Gaza.

Toda esa agitación y propaganda antisemitas revelan la profundidad con que ha calado el discurso antisemita en las sociedades occidentales. Igual de reveladores son los silencios en torno a las matanzas de cristianos en países africanos como Nigeria -donde sí se está dando un verdadero genocidio- y operaciones como la limpieza étnica de los armenios de Nagorno-Karabaj, perpetrada ante los ojos de mundo. Las amenazas y los atentados contra los judíos europeos deberían servir de alarma ante la fragilidad de nuestras democracias, cada vez más debilitadas moralmente por el miedo de cualquier ciudadano a ser tildado de racista, xenófobo o islamófobo, acusaciones de las que las organizaciones islamistas abusan para silenciar las críticas. En el Reino Unido se detiene a gente por los mensajes en redes sociales contra la inmigración masiva, pero nadie había detectado la radicalización de Jihad Al Shamie.

Al día siguiente del atentado, Hamás publicó un comunicado calculado y ambiguo que no aclara si acepta el plan de paz propuesto por Donald Trump o si sólo está abierto a conversaciones. La organización terrorista dice que van a liberar a los rehenes -admite que hay muertos entre ellos- y propone negociar otros aspectos como el futuro de la Franja de Gaza y los derechos del pueblo palestino. El texto es deliberadamente vago. Puede interpretarse como una rendición, pero también como un intento de ganar tiempo fingiendo buena disposición. No es la primera vez que Hamás trata de salvarse de este modo.

Mientras tanto, en Europa, el odio a Israel y a los judíos ha prendido de nuevo. Durante dos años viene alimentando un activismo que iba de capa caída desde los acuerdos de Abraham y que ha cobrado nuevas fuerzas a pesar de la caída del régimen de Asad en Siria, la derrota de Hezbolá en El Líbano, la fractura del Eje de Resistencia y el desmantelamiento del programa nuclear iraní. El odio a Israel es hoy la señal de distinción de una identidad política desde La Francia Insumisa hasta Die Linke. Los musulmanes europeos son el nuevo caladero de votos de unos partidos de izquierda que han sufrido el progresivo abandono de los pobres, los trabajadores empobrecidos y los jóvenes precarizados.

En Europa, es recurrente la doctrina de los «actos aislados» para reducir la gravedad de los atentados antisemitas. Las condenas sirven como coartada para no hacer nada, es decir, para seguir debilitando las identidades nacionales, seguir alimentando la censura y seguir fomentando el odio a Israel, que no es más que el odio a los judíos, cuya vida vuelve a estar amenazada en Europa.