Hassan Nasrallah (1960-2024) se escondía bajo tierra en un edificio rodeado de viviendas en el sur de Beirut. A menos de 60 metros tenía un colegio; a menos de 125, otro. Al igual que sus aliados de Hamás, el secretario general de Hizbulá había tomado como escudos humanos involuntarios a los civiles que lo rodeaban. Algo parecido ha venido haciendo su organización terrorista con el pueblo del Líbano, cuya vida política y económica ha estado sometida a las decisiones de los terroristas dirigidos desde Irán. Con efectivos y armamento superiores a los del propio ejército libanés, financiado desde Teherán, el Partido de Dios -eso significa Hizbulá- ha ampliado sus recursos gracias al narcotráfico y el crimen organizado en colaboración con los cárteles de la droga. En el marco de la Operación Casandra, allá por 2008, la DEA desveló los vínculos entre Hizbulá y las redes de traficantes de drogas. Después, las investigaciones se paralizaron para apaciguar a la República Islámica de Irán y tratar de sentarla a la mesa de negociaciones de un acuerdo relativo a su programa nuclear, pero eso es otra historia.
Bueno, no, en realidad es parte de la misma historia: cómo Teherán se sirvió de distintas organizaciones terroristas -así como de su programa nuclear- para amenazar a sus vecinos e imponer un orden basado en el terror, la subversión y la guerra. El modelo fue la creación de Hizbulá, que sirvió para que Irán controlase el Líbano desde la distancia con la colaboración del régimen sirio. Fue Hizbulá, por cierto, quien organizó el asesinato del primer ministro libanés Rafik Hariri (1944-2005). La Revolución de los Cedros, que siguió al magnicidio, redujo la influencia siria en el país, pero no logró emanciparlo de la tiranía de Hizbulá y sus jefes iraníes.
Así, la muerte de Nasrallah supone un duro golpe para los ayatolás en un momento en que la República Islámica de Irán atraviesa una profunda crisis económica. Con una inflación del 44,58% y un paro superior al 9% -que entre los jóvenes se dispara al 22,8 %, el país es una olla a presión. Sólo gracias a una formidable represión fue posible sofocar las protestas de las mujeres. Las minorías azerí, baluchi y kurda sufren un control policial constante. La represión contra los bahaís es asfixiante. La muerte de Imail Haniye (1962-2024), presidente del buró político de Hamás, en su lujosa residencia del complejo Neshat, al norte de Teherán, fue la advertencia de que Irán ya no puede proteger a sus aliados ni siquiera en su propio territorio. Los drones que mataron en Bagdad a Qasem Soleimani (1957-2020), comandante de la Fuerza Quds, demostraron que Irak tampoco era ya seguro para los jefes iraníes.
En realidad, la eliminación de Nasrallah, como la de Haniye, van despejando factores en la ecuación del poder y el terror en el Oriente Próximo. Irán va perdiendo la fuerza que le daban los grupos terroristas armados, financiados y dirigidos desde Teherán. Desde los atentados del pasado 7 de octubre de 2023, Hamás ha perdido la mayor parte de su capacidad operativa aunque aún retiene a 97 rehenes en condiciones infrahumanas. Hizbulá cuenta con un arsenal formidable -unos 150 000 cohetes y misiles de distinto tipo entre los cuales hay unos 400 misiles de largo alcance- y con decenas de miles de hombres, pero la organización está decapitada. La operación de los días 18 y 19 de septiembre -el estallido remoto de los “buscas” y los radiotransmisores- cortó sus comunicaciones. La mayor parte de sus jefes están muertos, empezando por Nasrallah, o escondidos. Sigue siendo una amenaza, pero está recibiendo golpes continuos. En el Yemen, los hutíes pueden impedir el comercio por el estrecho de Mandeb y hostigar con cohetes, misiles y drones, pero también sufren las represalias israelíes. Este domingo, sin ir más lejos, la Fuerza Aérea Israelí ha destruido varias instalaciones que los hutíes emplean para recibir armas desde Irán.
Todas las miradas apuntan hacia Teherán. Sin duda, habrá un relevo en Hizbulá y los hutíes seguirán lanzando misiles y amenazando el tráfico marítimo. Hamás sigue sin liberar a los rehenes mientras utiliza a su propio pueblo como escudos humanos. Siria está arrasada por la guerra. Los ayatolás han logrado convertir el Oriente Próximo, que iba camino de la pacificación después de los Acuerdos de Abrahán, en un polvorín. El pueblo iraní está pagando el precio de una política de terror impuesta por el régimen revolucionario.
Al final, la paz en el Oriente Próximo va a depender a lo que suceda en Irán a medida que sus brazos se van debilitando.