Gonzalo Camarero (Burgos, 1966), autor de Donde se eleve el abismo, poemario que reseñamos para EL IMPARCIAL el pasado 7 de enero, es licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto. En 1994 ingresa en la carrera fiscal y ha ejercido en Bilbao, Logroño y en la Secretaría Técnica de la Fiscalía General del Estado en Madrid. Actualmente es letrado del Tribunal Constitucional. La temprana pasión por la lectura de este jurista políglota (con especial querencia hacia las literaturas helena y germánica) lo lleva a publicar en 2024 Indagaciones sobre la luz, su primer libro de poemas y una deslumbrante carta de presentación que ya presagiaba esta reciente obra maestra.
En personas de percepción apocalíptica, y que además tienen temperamento artístico, percibir que conviven con el abismo les da mucho juego a la hora de crear.
Por estas páginas pasaron ya otro licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto, Pedro Learreta, y el pintor Pablo Ugartetxea. Tanto la primera novela del letrado bilbaíno (Slavery records) como la obra del artista plástico lekeitiarra, quedan apocalípticamente vinculadas con este segundo poemario de Gonzalo Camarero González: Donde se eleve el abismo.
Conjugando la poesía con otras disciplinas artísticas, y sin intención alguna de mostrar preeminencia sobre estas, ¿en qué medida transmitir en verso la cotidianeidad de la hecatombe puede resaltarla?
Quiero comenzar dándole las gracias por su magnífica reseña de mi poemario, aparecida en la edición del 7 de enero de este mismo diario. Se trata de una crítica detallada y profunda. Recuerdo que mi primer libro lo presenté en varios lugares. Uno de ellos fue un club de lectura en el que se encontraban participando en el debate personas que ya lo habían leído. Este hecho hizo que resultara especialmente interesante la presentación. Es sorprendente lo que ve cada lector, a veces muy diferente de lo que existía en la intención inicial del autor. Y esas interpretaciones son razonables si tienen apoyo en el texto. Porque tan pronto como el poema abandona al autor y se encuentra con su lector, se independiza por completo, adquiere vida y vuelo propios por el hecho de ser publicado.
En uno de sus primeros artículos, aparecido en un periódico con el mismo nombre que éste, El Imparcial, Ortega decía que la poesía es flor del dolor, de un dolor sobre el que gravita la vida toda del individuo. Entonces, para escribir hay que sufrir. Todos sufrimos en este mundo, en mayor o menor grado, pero como bien decía usted en la reseña de mi libro, el escritor usa esa experiencia para purificarse. El filósofo Sloterdijk escribió que en la psique se graban experiencias dolorosas como tatuajes existenciales y que la poesía los hace visibles. Esto hace de ella un instrumento hábil para expresar la aflicción y la empatía con el dolor ajeno.
Ahora bien, en la poesía no todo es autobiografía. Hay también creación, como en la novela. En la segunda parte del poemario, elaborada a partir de la contemplación de una serie de cuadros del pintor Jesús Susilla, trato de inventar episodios de una fingida biografía de los personajes retratados. Cuando te proyectas en la contemplación de unos rostros aislados, quizá reflejes algo de tu propia vida, pero de modo tangencial, incluso inconsciente. Es como el espejo negro del que habla Jesús Ferrero en El efecto Doppler, con el que los pintores expresionistas querían purificar la mirada.
Por otro lado, lo apocalíptico, en San Juan al menos, parte de que el mal en el mundo está muy extendido, incluso organizado. Habla de la bestia que surge del mar y de la bestia que surge de la tierra, emanaciones ambas del dragón. La primera, para muchos comentaristas, es el estado totalitario –en la época, el Imperio romano que perseguía a quienes rechazaban el culto al emperador– que no respeta los derechos de las personas y, la segunda, su acompañante, es todo el aparato de propaganda que justifica a aquél. El siglo XX ha dado crueles ejemplos de estas imágenes, y nuestro siglo también los ofrece. Luego, muchas ideologías prometen una restauración con sus políticas del paraíso terrenal. Pero, ingenuamente, no tienen en cuenta esta actividad del mal. Con todo, el Apocalipsis concluye con la victoria del Bien.
En este contexto, el verso, con su dimensión simbólica buscada de propósito, con su concentración de capas en unas pocas líneas, es muy adecuado para mostrar, entre otras cosas y por centrarme en la pregunta, la cotidianeidad del mal que rodea al ser humano. Si se ha dicho que la historia del arte es una historia de la humanidad en formas e imágenes, los buenos poemas son pequeños jirones de eso mismo, que incluso se leen en las escuelas, en cuanto pasan a formar parte del canon literario de un país.
En su caso, y desde el ámbito poético, ¿cree que la facultad para desvelar el abismo es innata, o algo que se desarrolla a lo largo de una vida?
Mi generación, nuestra generación, ha sido educada en la tradición cristiana y esa formación influye incluso en quienes se declaran ateos o agnósticos. El relato bíblico de la creación del hombre indica que éste está hecho con el material de la nada. No solemos reflexionar sobre esta profunda imagen, pero los restos de esa nada están en lo más profundo de cada uno de nosotros. Además, en esa misma tradición, somos un compuesto de materia y espíritu. Aquí las explicaciones son más complejas. O bien el alma está en cada minúscula parte del cuerpo como principio de vida, o bien, dado que los principios espirituales no ocupan espacio, sino que están donde actúan, nuestra parte espiritual influye sobre nosotros como el fuego en una cazuela de agua que empieza a hervir, es decir, sin formar parte del agua, estando fuera de ella, como insinuaba gráficamente Frank Sheed. Aquí ya hay un abismo. Dios también es trascendente a la creación, está más allá de su obra. Otro abismo. Ellos hacen difícil la comunicación. Y en algunos espacios naturales, como Venecia, o incluso en el mar, hay más abismos. Ya en Indagaciones sobre la luz se recordaba la frase de Heráclito acerca de que las almas se evaporan en el agua. Y, en El contemplado, Salinas veía disuelta en el mar a la humanidad que nos ha precedido. Una vivencia parecida tuve en El Palo, como refleja el poemario.
Pero el abismo no es sólo una sima, también se eleva, es bidireccional. Ahí está la esperanza.
La poesía –como el cine– funciona con imágenes que se transforman en palabras, imágenes que tratan de insinuar algo que no se puede explicar por completo con el lenguaje. A ello añade el ritmo y los sonidos. Pero la idea de hablar del abismo no ha sido innata, sino fruto de la reflexión. Ésta se inició poco antes de mi viaje a Venecia con mi mujer. La ciudad ayudó a continuar la reflexión.
En definitiva, se puede decir que el libro es «apocalíptico» en cuanto que está instalado en una perspectiva contempladora que tiene raíces cristianas. No en el sentido de que se regodee en el exterminio o la devastación.
A partir del talento y de un trabajo que se adivina largo, complejo y depurado, Donde se eleve el abismo es un libro que preocupa y, muchas veces, angustia. Pero exceptuando su quinta parte, «Valencia», donde la magnitud de la tragedia por la implacable inundación no admite, de momento, paliativos, en las otras usted se ha propuesto ofrecer a sus lectores salidas a ese dolor: «planes de evasión» ante el padecimiento cotidiano de la existencia.
Haciendo balance de la labor con este poemario, ¿qué piensa que acabe predominando sobre él: la desoladora temática o sus propuestas para que sobre ella, –e intentando superarla–, el ser humano se eleve?
Cuando leyó el manuscrito, mi editora, Cristina Martínez, me dijo que mi poesía es melancólica, pero que siempre ofrezco una salida. Espero que, en quien la lea, prevalezca el intento de superación. Después de la guerra civil una parte importante de la poesía española fue denominada «poesía desarraigada». Contiene versos bellísimos, pero cuando no se ofrece salida, el lector puede pensar que, si todo es tan feo y horrible, por qué el poeta se esfuerza en presentarlo con versos que buscan con tanto esfuerzo la belleza. Se produce, entonces, una cierta incongruencia entre lo que se dice y cómo se dice. Aunque el mundo, a ratos, produzca dolor o sufrimiento, también hay en él bondad y cosas que merecen la pena. Y nuestro deber es colaborar a que aumenten su presencia y se expandan.
Tras su inolvidable debut en la poesía con Indagaciones sobre la luz, donde simultaneaba composiciones en verso libre y otras sometidas a métrica y rima, para Donde se eleve el abismo ha optado por el soneto como forma ideal a la hora de traducir en él su genio poético.
Díganos, ¿qué encuentra en el soneto y cómo ha sido el proceso de trabajar sus cuatro rimadas estrofas para este segundo poemario suyo?
Sobre el soneto y sobre la creación poética en general, hay varios poemas, tanto en Indagaciones sobre la luz –a mí me gusta especialmente el haiku Inframente– como en Donde se eleve el abismo. El soneto me ofrece varias cosas. En primer lugar, seguridad. Aunque pueda parecer lo contrario, sujetarse a un ritmo y a una rima ofrece confianza. Pero, sobre todo, el soneto es, por así decirlo, un instrumento de investigación. En mi caso, la creación se inicia, por lo común, a partir de varias imágenes que producen un primer verso y una idea general. Pero las once sílabas y la rima hacen que la idea tenga que ir adaptándose y modificándose. A veces tengo que escribir varios sonetos para exponerla por completo, con matices que no estaban al principio y que han surgido de esas ataduras que supone la versificación. En mentes que tienden a filosofar esto produce mucha satisfacción. No sé cómo va a acabar el poema, porque, en cierto modo, se trata de una investigación, de una forma de adquirir conocimiento. Y, finalmente, hay algo misterioso, algo que habla en favor de la realidad de la Musa griega. A veces tengo la impresión de que alguien me susurra los versos, de que no son del todo míos. Por lo que he leído, esto les sucede a muchos escritores. Ese rato es tan placentero, que se busca su reiteración.
En cierta ocasión le oí decir que casi piensa ya en endecasílabos… De ello podría inferirse una «facilidad» para la creación que, estoy seguro, no será tal…
¿Cómo compatibiliza la escritura con una labor no menos exigente como debe ser trabajar en todo un Tribunal Constitucional y atender luego a su familia?
Cuando a alguien le gusta hacer algo, siempre encuentra tiempo. Además, duermo poco. Mi amigo Jesús Susilla, de espléndida generosidad y cuya pintura se caracteriza por un poderoso lirismo, autor de la portada de Indagaciones sobre la luz, y de los cuadros de los que surgió la segunda parte de este libro, me dijo en una conversación que él dibuja y pinta todos los días. Yo intento, al menos, pensar todos los días, porque la inspiración es un tanto antojadiza. A veces no viene, y otras acude en exceso. Aunque existen formas de provocarla, como pasear y madrugar. Dicen que Valéry se levantaba a las seis de la mañana para escribir porque es la hora de la inspiración. La ciencia ha mostrado luego que eso tiene que ver con las ondas lentas que el cerebro emite poco después de levantarnos de la cama y que se renuevan cuando se realizan actividades rutinarias.
En esta cultura actual donde la producción precede al arte y que solo genera artefactos de factura industrial lejanos a cualquier manifestación artística; en esta cultura ligera y superficial que tantos disfrutan y aplauden, y padecemos, por desgracia, una minoría…
¿Qué alcance pueden conseguir artistas como usted que, lejos de dejarse arrastrar por la monotonía y repetición, rompen con lo establecido, con lo que vende, para ser ellos mismos? ¿Es caro el precio a pagar por esa radical independencia?
La escritura sólo merece la pena si es sincera. Mi escritura sé que es difícil de leer. Hace unos días coincidí con una señora que estuvo en la presentación de mi primer libro en Burgos y me dijo que le gustó mucho el acto, por la erudición en él desplegada, pero que los poemas son poco accesibles. La poesía clásica tenía una interpretación clara, si se conocían los mitos y los topos que en ella aparecían. Por eso es fundamental leerla en textos anotados con comentarios. El poema moderno, por el contrario, una vez que sale de las manos de su autor, tiene varias lecturas posibles, siempre que tenga algo de calidad. Y la poesía hay que leerla de forma diferente a como se lee una novela. Hay que leerla a sorbitos. Unos pocos poemas cada día. En cierto modo, además, creo que escribimos para que nos lean en el futuro, cuando ya no estemos, aunque esto después no ocurra, porque caigamos en el olvido.
Por desgracia, en la actual poesía española también abunda mucha mediocridad con tanto verso cursi, ridículo. Esta poesía facilona, llamada de la «experiencia» (de la inexperiencia habría que decir mejor), es la que sigue abriéndose paso en un mercado literario nacional que refleja a la perfección el hundimiento cultural que tanto han buscado, y logrado, emporios empresariales.
Desde una exigente escritura como la suya, ¿cómo detecta Gonzalo Camarero a poetas que realmente merecen la pena (y en España no son pocos), ensombrecidos anta tanta nulidad triunfante?
En principio, los escritores estamos poco dotados para la crítica literaria. A fuerza de tratar de crear un mundo personal, nos cuesta entrar en el que construyen otros, salvo, tal vez, para coger alguna idea sobre cómo distribuir los muebles dispersos por las estancias de la mente. Más que poetas, colecciono poemas, generalmente breves y con fuerte carga simbólica. El otro día le decía a un amigo, con cierta exageración, que leo al mismo tipo de autores que cuando tenía 18 años. Y si reflexiono sobre mis poemas, creo que parto del mundo griego (de los mitos y de la sorpresa de los primeros filósofos presocráticos ante la presencia de las cosas) y de la corriente romántica del siglo XIX, prolongada hasta el expresionismo. También hay en ellos una presencia de la teología cristiana. De este hecho he sido consciente hace poco, al releer el libro para preparar su próxima presentación en Madrid. Y me interesa mucho el estudio de los símbolos, con los significados que no aparecen en los vocabularios habituales de la lengua. Como bien saben mis hijas, los repertorios de símbolos son una de mis pasiones.
Me gustaría precisar esto un poco más. Recuerdo haber leído en mi juventud la Historia de la Filosofía de Felipe Martínez Marzoa. Comenzaba con una explicación de los conceptos fundamentales de la filosofía presocrática, en la órbita de la exposición que de ellos hizo Heidegger. Ser, se dice ahí, es salir a la luz, aparecer, mostrarse. También la verdad es salir a la luz, arrancarse al ocultamiento. En griego, verdad es un concepto negativo (aletheia, la negación del olvido). En este proceso de aparecer hay una lucha. La muerte es hundimiento, la caída en el no-ser. Si la presencia es salir a la luz, siempre hay una impenetrabilidad. Nada puede aparecer sin tener profundidad, inagotabilidad, enigma. Aparecer es al mismo tiempo sustraerse.
Este pensamiento, en cierto modo, está sintetizado en el primer fragmento de filosofía griega que se conoce, que procede de Anaximandro: «Allí mismo donde hay generación para las cosas, allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan las culpas unas a otras y la reparación de la injusticia, según el orden del tiempo».
Estas ideas aparecen a menudo, de una u otra forma, en mis poemas.
En cuanto a la influencia romántica, José María Valverde, en la introducción a su antología de la poesía romántica inglesa, señala la técnica de la doble emoción. El poeta experimenta una emoción ante una determinada vivencia. Posteriormente, cuando escribe sobre ella, refleja otra, que parte de aquélla, si bien parcialmente modificada. Esto ocurre con los poemas que tienen una cierta base autobiográfica. Como teorizó Novalis, la poesía tiene que dar a lo que es común un sentido elevado, a lo habitual un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito una apariencia infinita. Otro romántico, Tieck, señalaba la técnica del extrañamiento, que consiste en intentar hacer extraño lo habitual.
Cuando empecé a escribir no estaba preocupado por las teorías estéticas. Pero, al leer sobre ellas, por curiosidad, he comprobado que, sin saberlo, compartía estos postulados románticos. También el de que cada cosa individual es inefable e inacabable, que se podrían escribir centenares de poemas sobre una simple hoja caída de un árbol.
Busco en los demás poetas algo parecido, porque uno escribe los poemas que le gustaría leer. Éstos son los que reflejan una intuición del infinito. Si lo divino es efímero, hay que lograr que tenga duración, como vio Hölderlin. Y los que hablan del dolor humano.
Gonzalo Camarero
El poemario Donde se eleve el abismo se presenta, mañana jueves día 22 de enero, en la IMPRENTA MUNICIPAL – ARTES DEL LIBRO. C/ de Concepción Jerónima, 15, Centro, 28012 MADRID.