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RESEÑA

Poesía para vivir con el apocalipsis: Donde se eleve el abismo, de Gonzalo Camarero

José Manuel López Marañón
miércoles 07 de enero de 2026, 16:15h
Poesía para vivir con el apocalipsis: Donde se eleve el abismo , de Gonzalo Camarero
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Es un honor empezar el año literario para El Imparcial reseñando Donde se eleve el abismo (Loto azul), poemario de Gonzalo Camarero González, también autor de Indagaciones sobre la luz (Loto Azul, 2024). Destacado miembro del Tribunal Constitucional (intérprete supremo de la Constitución española), la carrera poética de este jurista burgalés ha alcanzado otra cima con su segundo libro.

La conciencia apocalíptica se manifiesta como una profunda crisis interna y existencial que genera angustia. El choque entre la disolución del «yo» y una mirada saturada ante la inconsciencia de la vida, ese apocalipsis de lo cotidiano, incidiendo en artistas como Gonzalo Camarero más que anunciar un fin físico queda interiorizado como «revelación». En Donde se eleve el abismo el desmoronamiento de la realidad, atendido desde la fragmentación del ser poético, ha originado este libro –complejo y lleno de vida a partir del crepúsculo– conformado por ciento cuarenta y cuatro sonetos.

El dolor, por tanto, antecede aquí al verso. La conciencia de la propia existencia, convertida en suplicio, puede llevar a refugiarse en la no-acción, en el sueño, o, por desgracia, conducir al uso de sustancias enervantes, algunas tan adictivas. Solo los elegidos de este grupo de personas (que en tiempos inclementes no cesa de aumentar) transmutan el tormento en creación y consiguen, con sus visiones, interpretar el apocalipsis no solo como destrucción, sino como una conclusión de lo conocido que arroja nueva luz a sus estados mentales. La fragmentación creadora convertida en expresión de una conciencia que vive, simultáneamente, múltiples vidas y perspectivas –la ruptura de la unidad del ser– anda detrás de cualquiera de estos develamientos que producen arte, poético en el caso de Gonzalo Camarero González.

Dividido en seis partes enunciadas por el propio autor Donde se eleve el abismo acaba convertido en un titánico esfuerzo creador, globalizador del talento, que da impagable empuje a esta época de bonanza que la tan poco conocida poesía española (la buena, desde luego) vive.

«El abismo junto a la estancia escindida» expone la poética de Camarero González y los motivos de su preferencia para plasmarla en sonetos. Para el escritor ibicenco Vicente Valero «la poesía es, sobre todo, purificación. Esto es posible porque la palabra poética posee la virtud de limpiar nuestro dolor».

La incapacidad a la hora de crear asoma cuando el poeta compara su arte con el de la pintura: la superioridad de esta lo lleva a un abismo que solo puede escalar gracias a su fe en mejorar como autor («Acerca del cuadro Indagaciones sobre la luz recibido como regalo», [10]); la conquista del pensamiento, su trayecto hacia la luz, va acompañada de encrespadas rocas que el pensador debe sortear desde su esforzada libertad creadora («Fichte», [20]); dos sonetos citan al poeta alemán Hölderlin. En el primero se recuerda cómo la locura truncó su luz poética, convertida en silencioso invierno (aunque de sus abrazos de loco a las obras de la naturaleza, y a las estatuas, surgiese otra, muy peculiar, luminosidad) («Hölderlin en la noche de los dioses», [22-I); el otro avisa de cómo la labor poética, alimentada en lo cotidiano, debe atender las manifestaciones de Dios en la tierra. Recogida en delicados recipientes, es también tarea de su creador preservar la poesía del público desgaste («El poeta», [22-II]); en («Spiritus», [24]) el poeta asume cómo fuera de su yo, en el más profundo abismo, es dónde surge el plectro poético cuyos frutos serán lo que quede de su paso por la vida; la insuficiencia del lenguaje lleva a renunciar a la palabra, a dejar constancia de su incapacidad para alcanzar la entraña de un lenguaje que el alma halla inerte («Lord Chandos», [25]); para descubrir la música del verso capaz de dialogar con Dios, el poeta se identifica con el flujo de un río («El Arlanza junto a la iglesia de Santa Cecilia», [26]), y en («Symbolos / Diabolos», [28]) asume cómo el reino de los símbolos –trozos dispersos de cerámica– queda siempre fulminado por el demonio de la inspiración.

SPIRITUS [24]

Mi más profundo yo no está conmigo.

Actúa sobre mí, desde su abismo,

manteniendo con vida mi organismo,

y arropando mi psique con su abrigo.

Él me conforma, aunque fuera esté.

Porque cuando se vaya y me deje

–suspendiendo el contacto con su esqueje–,

del cotidiano ser me alejaré.

Y recorreré ciego las estancias

mientras resuenan sólo en el oído

las voces de los seres ya perdidos.

Más junto a Josafat y sus fragancias

la ilusión de volver a estar unido

yacerá con las de otros tan queridos.

Sobre el soneto como forma predilecta hay dos poemas. En el primero, el sonetista aparece como intermediario entre su mano creativa y el mundo de los significantes con su perverso juego de sonidos: el resultado del raptus, reconoce, genera composiciones que exigen activa participación lectora («Sobre el soneto», [8-I]); en [8-II] tras lamentar sus exigencias formales, que obligan a la repetición, a avances y respiros, el poeta elige estas cuatro estrofas rimadas para mejor aletear entre las imágenes del sueño y lograr el deseado ensueño.

SOBRE EL SONETO [8-I]

Soy un intermediario, simple puente

que alguien para llegar hasta este lado

cruza. Y guía entonces animado

mi mano con un espíritu silente.

De repente aparece un claro verso.

Rima y ritmo le obligan a cambiar

la idea. Ya bucea en el hangar

de los significantes, o en perverso

juego con los sonidos se distrae.

Y se funde con quien echa las cartas

del tarot, con sus símbolos y arcanos.

En su cerrado mundo se contrae

el poema. Precisa de sus sartas

de intérpretes, quejosos de sus vanos.

La llegada de la vejez a la vida del poeta y sus seres más queridos anida sobre la segunda parte de este poemario: «Solos, con los recuerdos empapados». Para este agostamiento poetizado desde una dureza sin paliativos solo hay dos apoyaturas (nombradas como al desgaire) a la hora de capearlo. Componiendo los sonetos de este epígrafe se supone que Gonzalo Camarero habrá encontrado, aparte del placer creador inherente, un no pequeño alivio catártico. No está de menos citar al renacentista poeta francés Joachim du Bellay: «Si en mi juventud fueron los versos un abuso, también serán los versos de mi vejez apoyo: si fueron mi locura, van a ser mi razón».

El paso del tiempo sobre el amor queda anotado en varios poemas. Así, el amor, convertido en algo en algo esquivable, no es merecedor de besos, y los esfuerzos queriendo darle calor acaban en derrota («Besarías las heridas de mis entrañas».I y II, [32 y 33]); el recuerdo de una joven, tan promiscua como sincera y que no se le entregó, frustran al maduro vate («Diálogo con quien trajo soledad». II, [35]); a la promiscuidad de la juventud pronto siguen noches solitarias y llenas de angustia, antesalas de la muerte; o ese amor deteriorado en el que la comunicación resulta imposible y al que la senectud, desde su recuento, presenta como fallida apuesta («Escorzo de una carne de reproche». I y II [42 y 43]); y, de nuevo, la juventud creyendo, desde su ingenuidad, que todo el mundo está a sus pies para colmarla, lo cual, visto desde la madura destemplanza, resulta irrisorio e inane («Una vieja a quien mantiene el recuerdo». I, [46]).

BESARÍAS LAS HERIDAS DE MIS ENTRAÑAS I [32]

Hace veinte años habrías besado

con la mano y la boca mis heridas,

las cicatrices ásperas, hundidas,

en mi cuerpo dispuestas por el hado.

Pero nos conocimos tarde, cuando

acariciar no osaban las miradas

las partes de los cuerpos desplegadas

en la mesa, el tiempo retardando.

Se sublimaba entonces mi belleza

y al fondo se mostraba con certeza

cuánto las ilusiones nos son esquivas.

Apagadas con sal, llagas revivas.

Recuerdo que me hablaste de besarlas.

Mas de mí hoy no podrías distinguirlas.

Rostro y cuerpo del poeta, sometidos a severas auto-auscultaciones, desembocan en la resignación («En las arenas libias derrotado». II, [37]), o en soledad y muerte («De nuevo la memoria bautizada». II, [39]). No mejor suerte corre evaluar la cara de la amada mostrada, tras su belleza, traspasada por síntomas de pésimo presagio («El rostro antiguo, vuelto ante sí». I, [44]), o, ante la magnitud del desgaste, paliado apenas por el recuerdo de días mejores («Una vieja a quien mantiene el recuerdo». II, [47]).

UNA VIEJA A QUIEN MANTIENE EL RECUERDO II [47]

No sé si estoy de pie o recostada;

en mis ojos traslucen turbias puertas,

y desampara el pelo sienes yertas,

mientras se abate el pómulo en la nada.

Apenas quedan dientes en mi boca,

aunque persista el hueso tras la muerte.

Fuera del cuello el nervio vaga fuerte,

la nariz se dilata y recoloca.

Con todo, sigo siendo yo. Mermada,

en parte trasladada, continúo

arrastrando mis frágiles recuerdos.

Esa médula queda agazapada,

en retroceso siempre, como un búho

cuya selva es vejada por los cerdos.

Seleccionamos dos sonetos para mostrar la batalla contra la vejez. Entendida esta como soledad y ruptura, contenerla es algo que se sabe inútil («El umbral duro, seco, desvalido». I, [30]); en otra composición el poeta lamenta falta de previsión a la hora de evitar, a él y a su familia, los estragos de una muerte que, quizá, pueda ser aplazada («Caballos de una trágica hermosura». II, [41]).

EL UMBRAL DURO, SECO, DESVALIDO I [30]

En el ocre igualados, y en valor,

abstraídos de voz, cuerpo e historia,

has de leer en la arruga perentoria

y en ojos que perdieron su candor.

Somos limitanei, y solitarios

por elección, descuido acostumbrado

o violenta ruptura. Mas ni el hado

puede desentrañar nuestros calvarios.

Nos hablan y escuchamos encogidos,

quien dialoga humedece la verdad

y alguno narra cuitas trasplantado.

Ay, se endurecen venas y sentidos,

se debilitan mente y voluntad,

se va secando el húmero irrigado…

Como se ha adelantado solo dos báculos en los que apoyar la vejez, y tratar de elevarla sobre su podredumbre, aparecen en esta parte de Donde se eleve el abismo. La contemplación de una estatua, vacía y sin vida, agranda el memento mori del poeta, pero el sol ha bruñido su piedra y ello da esperanzas de vida (breves, cierto es, pero ahí quedan) («El rostro antiguo, vuelto hacia sí». II, [45]. En («La ceguera, entre pan y la tronera». II, [49]) las palabras han muerto en su quejumbroso son, y, ante la evidencia de esta inerte partitura, solo queda la magia de la música callada.

LA CEGUERA, ENTRE PAN Y LA TRONERA II [49]

[…]

Se abría el horizonte de la muerte

en las palabras, hasta convertirse

en quejumbroso son, nunca atendido.

Ante la partitura gris e inerte

la caja de aire no volvió a henchirse,

y el arco fue el recuerdo ya abolido.

«Venecia y el abismo» y «Valencia» (tercera y quinta parte de Donde se eleve el abismo) quedan emparentadas por tener al agua (la del mar en Venecia, la del cielo en Valencia) como principal agente provocador de inundaciones (una venidera en el caso veneciano, otra, en Valencia, que acaba de cumplir un año).

Muchas definiciones asocian poesía y líquido elemento. Así, cuando el asturiano Ángel González dice que «escribir un poema es marcar la piel del agua», o al explicar el traductor alemán Michael Hamburger cómo «la palabra correcta en poesía cae como una piedra en el agua, logrando que el sentido se expanda en un círculo cada vez más amplio». También el filósofo madrileño George Santayana encuentra relación: «La poesía es algo secreto y puro, una percepción mágica que enciende el entendimiento un instante, así como los reflejos en el agua, inquietos y fugitivos». Pero para estas partes del libro es la definición del poeta y ensayista manchego José Corredor Matheos aquella que viene pintiparada: «El poema es siempre una ducha de agua fría».

Desde la sierra, en plano general, Venecia queda resaltada por sus avenidas anegadas de agua, sobre las que brillan palacios; luego los puentes del canal le dan su equilibrio sereno y milenario (II «Venecia», [52]); en plano más corto, una curva del canal destaca la belleza de góndolas y polícromos edificios, y a los mercaderes; pero esa hermosura alborotada pace en una ciudad mecida sobre el abismo (IV «Fondaco dei tedeschi», [54]); la luz solar, incendiando los cristales de los palacios, reta a la abisal sima del agua (V «Gran canal», [55]); y el esplendor y violencia del carnaval veneciano queda oscurecido por un laberinto de callejones, anticipo del abismo anejo a tanto gozo (VIII «Riva degli schiavoni», [58]). El pesimismo se adueña del poeta ante la contemplación de palacios en los que destacan tapias ajadas y húmedas, o cuando convierte a las góndolas en vehículos rumbo al Hades (X «Schopenhauer», [60]); continúa en el soneto siguiente cuando asume cómo Venecia está condenada a la Nada (XI «El tercer abismo», [61]), y queda sellado al mirar –subido a la barca de Caronte (que navega unas aguas que son ya la laguna Estigia)– la Basílica, mudada en símbolo de muerte (XII «Santa María della Salute», [62]).

XI EL TERCER ABISMO [61]

Su mariposa aletea el humano

por exclusivo céfiro impulsada.

Revolotea carne desdichada,

dominada quizá por el gusano.

A su cuerpo también la ciudad leve

se asoma, con escudos, esculturas,

banderas, edificios, galanuras

que forman su manera y su relieve

y que el aire modula en su color.

No hay en Dios escisión así. La nada

en el acullá sólo arde del ser.

La materia señala a uno inferior.

A otro ríos, canales, la hondonada.

El abismo los mece por doquier.

Pero el abismo veneciano queda elevado, sobrepasado, en el último soneto. Asumiendo cómo la exquisita tramoya de la ciudad será insuficiente para detener su proceso de anegación por el mar, el poeta quiere alabar la belleza de edificios, textos y pinturas, cuyo entramado –desde el presente– sortea, de momento, a la muerte (XIV «Una muerte de Venecia», [64]).

XIV UNA MUERTE DE VENECIA [64]

El latido del mar en la laguna

la extensa plaza inunda. Así advierte

a la urbe del abismo que pervierte

el equilibrio frágil con fortuna.

No basta un arte a cuyo lustre el agua

con su tramoya ayude, si establece

avenidas de puentes donde crece

metálico el producto de la fragua.

Lentamente se anega el decorado,

mientras relame el líquido el cimiento

de la ciudad. Mas ésta su inconsciente

proyecta en contraluz al entramado

de textos y pinturas, o al portento

de la torre que muerta se presiente.

«Valencia» es un lloro desplegado en nueve sonetos por las víctimas de las inundaciones de aquel infausto 29 de octubre que afectaron a setenta y cinco municipios. El poeta nos acerca los cientos de cadáveres envueltos por la tromba, vidas segadas sin dignidad ni epitafios (I, [116]); en la copa de un árbol anegado, a ella encaramado, un superviviente da gracias a Dios (II, [117]); los valencianos aún luchan por liberarse del barro mientras entierran sus muertos (III, [118]); igualados por el lodo la ciudadanía se apura en lavar sus inmuebles y muebles, pero la mancha indeleble del cuerpo la enfurece (IV, [119]); aves de fríos ojos pasan sobre la destrucción del letal barranco deseosas por llegar al mar (V, [120]); el invasor poder del agua ni a los niños respetó, y eso hace suspirar por unos encauzamientos que los hubieran salvado (VI, [121]); el dolor ante la tragedia incuba odio hacia Dios (VII, [122]); hecho de la misma carne humana de las víctimas, el poeta, ante la inundación, querría sujetar las enaguas de los niños ante la crudeza de las corrientes (VIII, [123]). Y desde el abismo de la muerte, una víctima se siente parte de una procesión; por desgracia, estar muerto no genera compañía, solo soledad y el recuerdo de haber sido tragado por las aguas (IX, [124]).

IX [124]

Oigo a alguien gritar, pero yo estoy solo.

Se me abre el gran abismo de la muerte,

el sol devorador, en aguardiente,

que me convoca, insistente, en su tolo.

Voy detrás de unos, y precedo a otros.

Un vínculo de carne nos depara

un diapasón, en cuya nota clara

la afinidad descubro entre nosotros.

Mas sigo estando solo, y ese sol

se orienta hacia mis puntos cardinales.

Me hace ver mi orto al lado de mi ocaso.

Y me habla de unas aguas sin control

que me lanzaron sobre los cañales.

Y, en la soledad, vence mi fracaso…

«Grecia (En un inmóvil ponto omnipresente)», cuarta parte de este poemario, mitiga sus tonos graves, dando transitorio respiro al lector gracias al viaje por tierras helénicas que Gonzalo Camarero, junto con su familia, disfrutó durante un caluroso estío. Como magistralmente advierte la poeta salmantina Asunción Escribano en La estación más ardiente: «El viaje nutre de palabras al mañana. Los viajes vividos pueblan de paisajes la vida y testifican que fuimos seres completos durante el tiempo que nos fusionamos a esas geografías y a sus mapas». Y es que, como opina el mejicano Alberto Blanco, «los poetas, desde siempre, han hecho de la alabanza del viaje su verdadero oficio, mucho más que la del puerto de salida o la del siempre hipotético destino final».

En el soneto inicial de esta parte («El mar desde el Palamidi de Nauplia» I, [65]), con la bandera del país como poetizable motivo, el jurista burgalés sintetiza lo que para él supone Grecia: un añorado mar símbolo de una tierra llena de mitos y adormecida por el ardiente sol, y en donde el sufrimiento queda aletargado por la brisa marítima.

Monumentos y vestigios de carácter histórico, casi siempre mutilados por la erosión del tiempo, celebran el intenso pasado griego. Una obligada criba sería: la destruida Micenas, donde perdura el trágico pasado de sus reyes (II, [66]); el santuario de Asclepio, hijo de Apolo y amansador del áspid (IV, [68]); el trípode de Apolo, desde donde el poeta pide verdad para su futuro (VII, [71]); el Monasterio de Delfos, dañado por un terremoto, que hechiza a la viajera familia (XIII, [77]); la Acrópolis griega, cuna de la civilización y el arte occidental con origen en sangrientos combates entre atenienses y espartanos. Desde ese belicoso suelo hoy se elevan los olivos de la paz (XVII, [81]); el Museo Arqueológico en el que se encuentran deliciosas estampas de vida más allá de la muerte (XX, [84]); el Tolo, santuario de Atenea, que pese a sus desperfectos ofrece el embeleso de su belleza mutilada (XXXIII, [97]); y el asiento dedicado a la diosa Afrodita, donde el poeta deja también constancia de su inagotable sed sufrida durante aquel ardiente julio (XXXV, [99]).

XVII LA ACRÓPOLIS [81]

Los atenienses dejan la ciudad.

Jerjes sube al Egálon desierto

y desde su sitial combate cierto

espera, cuando sobre claridad.

Las Termópilas comen espartanos

y en Salamina esperan más helenos,

trirremes de espolones que los senos

rasgan y hoplitas lanzan a los vanos,

cuyos bríos a las naves enemigas,

superiores en técnica y cuantía,

deja varadas. Brota Atenas nueva.

Y en el sitio sagrado, donde intrigas

fraguaran persiguiendo hegemonía

dos dioses, un olivo hoy se eleva.

Gonzalo Camarero asimismo repasa las inagotables bellezas helenas, de las que, de carácter natural, destacan: un promontorio de las islas del Egeo sobre el que Poseidón parece vigilar a los marineros (XIV, [78]); el volcán La Caldera desde cuyo cráter poeta e hija disfrutan de la roja luz crepuscular (XV, [79]); otro cráter calmado de una isla que permite una pacífica navegación (XXIX, [93]), y el mar Egeo y sus olas, bajo las que cuerpos untados por algas y espuma celebran a Anfitrite, diosa del mar tranquilo (XL, [104]).

El soneto titulado «Epílogo» supone el recuento de las bellezas naturales e históricas (mar, cráteres, esculturas, edificios) que la familia ha ido encontrando durante este periplo griego; unas bellezas que hoy, considera el poeta, no deben dar su espalda a la justicia social ni a los más desfavorecidos por su falta: los niños de la calle (L, [114]).

L EPÍLOGO [114]

En los altos que dan al mar es bella

Grecia. Nauplia, Micenas, Delfos, Tolo,

Atenas. Concebir al dios Apolo,

o a la lechuza de ojos claros, sella

de artesanos demiurgos la belleza

puesta en cráteras, hidrias, esculturas

y edificios. Completos o en costuras,

su proporción apura la fineza.

El país acomoda los diseños.

Y de Ítaca mantiene aún piratas,

dispuestos a engañarte (o ayudarte).

La justicia social con los pequeños

que agua rebuscan en vacías latas

otorgará su plenitud al arte.

Un tercer grupo de sonetos engloba a dioses, héroes y mitos. Las insaciables ménades bailan hasta nublar su conciencia (VIII,[72]); se resalta el culto al toro de la civilización Creta Minoica (XVI, [80]); un viaje a Atenas del emperador romano Adriano deja como memoria un acueducto y una biblioteca que, sin duda, agradan a Zeus (XXI, [84]); el poeta cita a personalidades cinceladoras del carácter griego: Hesíodo, Solón y Teseo, como símbolos del trabajo, la justicia y la igualdad; gracias a Teseo Atenas se unifica y llega la democracia (XXII, [86]); ciudadanos guerreros atenienses, y no la aristocracia, que defienden Atenas por tierra y mar, entregan su vida y traen la paz (XXIII, [87]); Pericles el estratega medita mientras recuerda personas importantes en su biografía: Anaxágoras, Aspasia y Fidias (XXIV, [88]); antes de caer en combate, flechado, el soldado Maratón, tras participar en la guerra contra los persas, siente inútil su larga carrera (XXV, [89]); Perséfone, hija de Deméter, es descrita como diosa tanto del Hades como del agro (XXVI, [90]); Alejandro Magno repasa los hitos más importantes de su biografía y concluye que a la felicidad hay que recibirla con cuidado (XXVII, [91]); las eficaces profecías de Zeus enmudecen con su poder al agua, a las encinas y al canto de las palomas (XXXVIII, [102]), y en (XXXIX, [103]) se aclara el procedimiento oracular de la Pitia de Delfos, sacerdotisa invisible que recibe el aliento de Apolo desde una sima y profetiza en verso.

XXII ATENAS [86]

Las lluvias torrenciales en invierno,

cálidos los veranos. Recomienda

Hesíodo que con el trabajo ascienda

la dignidad que da el propio gobierno.

Solón pone lo justo en reducir

la riqueza excesiva y la miseria.

Quita mojones en la periferia

Pisístrato. Y se abre el porvenir.

Unificó Teseo previamente

Atenas y del pago la libró

de doncellas y jóvenes a Creta.

Y que en procesión el friso ahuyente

a la ofrenda que sangre no efundió.

La democracia. Clístenes aprieta.

En la última parte de Donde se eleve el abismo, «En el borde del ser, junto al abismo», destaca la serie de sonetos concebidos en dos localidades españolas, una costera y otra de interior.

Los correspondientes a la malacitana de El Palo ponen al mar y a la luz del cielo en primerísimo lugar. Así, estrellas titilantes de flotantes almas se reflejan en las aguas marítimas antes de ser apagadas por el sol (I, [125]); un sol que, pese a platear el mar con destrezas de herrero, es incapaz de traspasarlo y llegar al fondo de su hondura (II, [126]), pero sí hasta la orilla para blanquear una barca (III, [127]). En (IV, [128]) los ojos de la amada se confunden con el verde de una botella a la que la luz marítima ilumina, y en (V, [129]) esos mismos ojos están ya fundidos a esa luz, pero, a diferencia del mar, carecen de fondo insondable y vencen tinieblas. Ambos sonetos son bellísimas declaraciones de amor. Desde un bus el poeta percibe las ondas del mar, olas que le recuerdan a bellas almas perecidas (VI «El instante», [130]).

V [129]

Serás en el mar una lucecita

parpadeante, guiada por el sol,

brillando sobre el casco, al arrebol

de buques que el océano concita.

(¿Un espejo? El pronto de los zarcos

ojos no tiene un fondo que lo infunda;

lejos, su pecho encierra la profunda

sombra que zozobrar hace a los barcos).

Y ahora, redimida, flotas sobre

lo oscuro, mientras vences la tiniebla

de tu conciencia abierta hacia el vaivén.

Luego, con otros vástagos del cobre,

la herida del mar taponas, la que aniebla

y, desde lo hondo, llega hasta tu sien.

Burgos aporta otra media docena de sonetos a la parte final del poemario. Su catedral ofrece el magnífico díptico «Anochecer en Burgos». Contemplada desde un atardecer que la hiere, vista a través de un ventanal, eleva su silueta hacia lo oscuro (I.«La catedral oscurecida», [136]); y, junto al Espolón y su colegio, la catedral favorece que el poeta recuerde su niñez de tosco brillo sobre la que ha acabado convirtiéndose en el ser moral que es hoy (II. «La catedral encendida», [137]). Una botella vacía que alguien abandonó en la fuente ofrece un contraste burdo al anhelo artístico de quien la construyó («La fuente del toro en Burgos un domingo por la mañana», [138]). A la espera del sol liberador, Burgos amanece ralentizado por la nieve («Alborada de febrero en Burgos», [139]); la lluvia pavimenta las aceras y su aroma llega hasta la catedral («Burgos de cielo negro», [140]); y los plátanos del Espolón, de enérgica altura que los iguala a la catedral, regalan una sombra que no limita la visión del cielo («Plátanos del Paseo de la Isla y del Espolón» [141]).

ANOCHECER EN BURGOS

  1. La catedral oscurecida [136]

Al horizonte, que ha sido admitido

por el cerro de San Miguel, lo agrede

con sus púas la piedra de la sede

obispal, difundiendo un ofendido

ribete de arrebol grana, invasor

de la franja inferior del cielo inerme

y de los vanos de la catedral.

Desde el ventanal oigo el estertor

de la tarde que a Burgos hiere y duerme,

enturbiando la cúspide ojival.

La silueta se eleva por lo oscuro.

El crucero, la torre, la capilla

del Condestable, vista su espaldilla

de perfil, renegridos de conjuro.

Para cerrar esta sexta parte –y el segundo poemario de Gonzalo Camarero González– cuatro sonetos, además de poner broche de oro al libro, compendian a la perfección su alcance artístico y moral.

La creación artística, cuya intrínseca bondad salta sobre el abismo para nadar entre el agua, no debe olvidar que el conocimiento que la sustenta –su lucidez– es una rémora del pecado original de nuestros primeros padres en aquel Paraíso de la Edad de Oro anterior a su caída («Moralidad en la creación», [144]). La inconsciente infinitud del mar, sus olas ajenas al abismo, es contrapuesta con la humana vida, mortal y empeñada en continuar («Pervivencia», [145]). Durante el breve intervalo entre crepúsculo y noche, en esa momentánea quietud de la luz, el poeta reflexiona sobre las apariencias que gobiernan la existencia de cualquier ser («Deus absconditus», [146]). Y, por fin, se increpa a una poeta argentina su suicidio en aguas de Mar del Plata (me he bañado en esa parte de la costa atlántica, en pleno verano, y no descarto que el congelamiento acabase con su vida…). En cualquier caso, abrazada al abismo de la muerte, precipitando un hecho que solo a Dios está encomendado, la dignidad podrida de la suicida que ha perdido su fe en la vida desagrada al autor burgalés. («Alfonsina Storni», [147]).

ALFONSINA STORNI [147]

Alfonsina, ¿por qué te echaste al mar?

El mar sólo rellena una hendidura

que acumula la estigia desventura

bajo la losa de aguas sin bridar.

No te anticipes rígida a las olas,

ni a la sombra permitas agarrar

el tobillo que logra perdurar.

En la sábana nada de bataholas.

La muerte es el abismo, y Dios lo impone.

Para el fiel, ella embute las orillas

de dos formas de vida desiguales.

Sin fe, es la caída que supone

dignidad putrefacta en las costillas,

Lawrence Ferlinghetti, poeta, traductor, periodista y editor estadounidense perteneciente a la generación beat dijo: «Si quieres ser poeta, crea obras capaces de responder al desafío de tiempos apocalípticos, incluso si ello significa que suenes dantesco». Recordando una película de Stanley Kubrick sobre la Guerra Fría, Gonzalo Camarero podría haber subtitulado así su segundo poemario: «Cómo aprendí a dejar de preocuparme y a querer al apocalipsis». Bromas aparte, desde el inicio de su edad madura (en este año recién estrenado cumple 60 años), este sensible letrado demuestra tener su intelecto en juvenil ebullición a la hora de transmitir el pathos inherente a la consumación.

Porque, tanto desde su vida personal como extendiendo la acerada mirada a esta sociedad occidental con desoladoras muestras de agonía, el excepcional poeta burgalés nos regala este Donde se eleve el abismo, de desoladora temática –senectud, soledad, desamor, catástrofes naturales–, pero que incorpora planes de evasión propios. Los más importantes serían la creación y la contemplación artísticas; el amor; el viaje; la naturaleza; y en la fe en Dios. No se pierdan este libro tan lúcido como genial.

LI GANZ IN ASCHE GESUNKEN [114]

Completamente hundida en la ceniza

yace Atenas. Arden las piquetas,

y el brillo humanizado de las vetas

de mármol suelta una capa terriza.

Completamente hundido en el pasado

está el triste mordisco del recuerdo.

Sólo asoma envolviendo el desacuerdo

con las balas del sueño trastocado.

La estatua baja y sube los estratos

del suelo. Y retiene el soplo humano.

La pesadilla eleva un alargado

filo que blanden bestias con retos.

Pero en el arte ardió un daimon ufano

que al escultor mantuvo desvelado.

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