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RESEÑA

Slavery Records, de Pedro Learreta: autobiografía de una genuina dama del rock

José Manuel López Marañón
sábado 02 de marzo de 2024, 09:25h
Slavery Records , de Pedro Learreta: autobiografía de una genuina dama del rock
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(Foto: Editorial Liburuak)

Acérrima fan del rock and roll que se hacía en los años sesenta y setenta del pasado siglo, la protagonista de Slavery Records, –Susan Slavery–, una cincuentona aún resultona que busca parecerse a la cantante de los Pretenders, Chrissie Hynde –agradece que se lo digan–, tiene claras sus preferencias musicales: The Beatles, The Rolling Stones, Bob Dylan, Jimi Hendrix, Elvis Presley, Aretha Franklin y Otis Redding coronan su paraíso musical con dirección postal en una poco transitada calle de Los Ángeles. En West Hollywood aposenta sus reales Slavery Records, espacio de sesenta metros cuadrados en donde, desde 1999, se compran y venden discos de segunda mano (alberga hasta 65.000 elepés de vinilo), y al que acude una selecta (sobre todo por sus gustos musicales) clientela, nombrada por la orgullosa dueña del negocio como «los admirables».

En El nacimiento de la tragedia explica Nietzsche: «La música tiene el privilegio de tener una naturaleza y origen distintos de todas las demás artes, habida cuenta de que ella no es, como estas, una copia de la apariencia, sino una copia directa de la voluntad como tal». Los diferentes estilos de música moderna (rock, soul, disco…) entraron, a mediados de los ochenta y como reflejo de aquella cultura de videojuegos y moda estridente, en un optimismo más o menos desquiciante que, con celeridad, ha conseguido privar a las canciones de nuestro tiempo de su universal misión dionisíaca imprimiéndoles, a cambio, el carácter de meros divertimentos, de monocordes juegos formales.

A la hora de escribir su no menos admirable ópera prima literaria, el bilbaíno Pedro Learreta convoca a la época dorada del rock para sustanciar biográficamente a su inolvidable heroína: la voluntariosamente irracional y desmesurada Susan. Los veinticinco capítulos de Slavery Records perfilan esa ficticia corporeidad femenina a partir de la música impetuosa y vital que suena en la narración gracias a eminentes compositores e intérpretes, puntales de referencia en tantas historias, que, con ellos relacionadas, conforman –a modo de vivencial collage– este libro intensamente autobiográfico.

Junto al marco delimitado por un autor que hace gala de un envidiable conocimiento musical (desgranado lo más señalado, Learreta desvela grupos y solistas quizá no tan conocidos por el gran público, pero de calidad igualmente alta); junto a ello, digo, sobre esos relatos, anécdotas y viajes referidos por la roquera Susan y sus variopintos parroquianos progresa la desencantada conclusión de esta novela: la no existencia del «yo» o sujeto individual; el carácter arbitrario de la identidad personal; la noción de que un individuo podría, en principio, ser cualquier otro…

Desde esa plenitud a la que a Susan Slavery arrastran discos como Abbey Road, Tattoo you, Highway 61 Revisited o Led Zepellin IV («Siempre hay algún tema de calidad sonando en Slavery Records que desata mis ideas extravagantes. Nunca estoy por completo sola», confiesa), y desde ese omphalus (ombligo o lugar de nacimiento, pero también centro cósmico) que es su establecimiento, intenta ella disipar la ilusión de su yo para experimentar con un sentido de la identidad que le confirme cómo nada hay dentro de sí misma; cómo, para alcanzar eso que en la India llaman nirvana, debe una despojarse de toda noción de individualidad...

Mantenerse en tal estado, y más sin ayuda de las drogas (las ha dejado; también el alcohol: ocasionalmente acude a reuniones de Alcohólicos Anónimos) resulta difícil. Durante este libro Susan quiere hablar «de las ilusiones y fantasías que pasan por verdades, de la cruda realidad contra la que se estrellan»… y casi a su final certifica su impotencia: «¿Quién soy yo en realidad? Si me atengo a lo que llevo escrito, soy una mujer díscola y torpe, una sensual veterana de guerra que confiesa un pasado a ratos divertido pero que reconoce sentirse derrotada». En casos extremos como el suyo la derrota no es completa hasta que no te conviertes, además de en vencido, en basura.

El nobel austríaco Peter Handke en La tarde de un escritor dice: «Ya en el hecho de aislarme y hacer mi vida aparte para poder escribir ¿cuántos años hacía ya de ello?, reconocí mi derrota como persona adscrita a una sociedad; yo mismo me excluí de los demás para el resto de mis días. Y aunque siga aquí sentado hasta el final entre la gente, y me saluden, me abracen y me hagan partícipe de sus secretos, yo nunca seré uno de ellos».

Sin talento para ser músico, resignada a un secundario papel de oyente con toda la energía que se quiera, pero sin sumar, buscar el conocimiento a través de una avalancha de fantasmas y conjugar la propia potencia con esa debilidad que, hora tras hora, la acompaña, acaba resultando pesadísima carga para Susan Slavery. Pero de esfuerzos como estos contados (aquí, en primera persona) por una protagonista abrazada a la soledad como última protección, cuando vienen descritos como es el caso, nace la indestructible fuerza de la literatura. Y los lectores no adocenados por el mainstream salimos ganando.

Pedro Learreta logra con Slavery Records un memorable debut. En mi dilatada trayectoria como reseñador hacía tiempo que no me pronunciaba sobre un libro tan triste, desolado mejor, sin que por supuesto ello sea óbice para recomendarlo. Susan Slavery va a enseñarles mucho sobre rock; es probable que bastantes se queden ahí, en esa cantera de músicos y títulos de discos maravillosos. Que no es poco, ciertamente. Pero esta obra va más allá porque en la capacidad de simulación del yo para construir su propia identidad, en esa durísima pugna con uno mismo en la que de antemano se sabe que saldremos derrotados, está la esencia del continuado y confuso impulso para algunos, como Susan, mantenido hasta la extenuación– que, a fin de cuentas, es vivir.

«En el tocadiscos sonaban las canciones de Bobby Gallant, y otras de Dylan, John Prine, Townes Van Zant, Guy Clark y Gram Parsons, poetas de la vida americana, de la tierra árida, de la fe quebrantada; canciones tristes, profundas, melancólicas, densas; canciones hermosas, que dicen más de la condición humana, de mí misma, en el fondo, de lo que jamás yo seré capaz de expresar con mis propias palabras».

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