Los Lunes de El Imparcial

Eduardo Mendoza: La intriga del funeral inconveniente

Novela

Lunes 20 de abril de 2026

Seix Barral. Barcelona, 2026. 256 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. El autor barcelonés vuelve con una nueva e hilarante entrega de su exitosa serie del detective sin nombre, nacido en 'El misterio de la cripta embrujada'

Por Carmen R. Santos



El detective sin nombre, ideado por Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), que comenzó su carrera literaria con un gran éxito de público y crítica, La verdad sobre el caso Savolta, se ha convertido en uno de los personajes más icónicos de nuestra literatura. Nació en 1979 con El misterio de la cripta embrujada, donde una niña desaparecía de un internado y el comisario Flores debía resolver el caso, ayudado por este singular personaje, recién salido del manicomio. Le siguieron El laberinto de las aceitunas (1982); La aventura del tocador de señoras (2001) El enredo de la bolsa y la vida (2012), y El secreto de la modelo extraviada (2015). La serie crea adicción, que ahora podemos saciar de nuevo con su última entrega por el momento: La intriga del funeral inconveniente.

Todas ellas participan de los mismos elementos, que Mendoza maneja con maestría, empezando por un humor que provoca la sonrisa, cuando no directamente la carcajada, pues como él mismo ha declarado “el humor lo considero un trabajo y me lo tomo en serio, muy en serio”. Un humor del que también dio cuenta sobre todo en la desternillante Sin noticias de Gurb, ambientada en la Barcelona que se preparaba para los Juegos Olímpicos, en la que aterriza un extraterrestre que va a la búsqueda de un compañero que se ha perdido.

La intriga del funeral inconveniente arranca con una sorprendente crónica de unas exequias de alguien insignificante, tan insignificante que se celebran en un rincón del parking del tanatorio y prácticamente no congregan a nadie, escrita por un aspirante a periodista, el jovencito Ramoncito Valenzuela, cuyo padre se empeña en que estudie para ser cardiólogo vascular. Y quizá deba renunciar al periodismo y hacer caso a su progenitor, pues la crónica le ocasiona el despido fulminante del diario en el que acababa de ser contratado. Su jefe, don Pufo Colorado, le convoca a su despacho y un policía le acusa de haber liado una buena. Y, en efecto, así es.

Ramoncito Valenzuela quiere deshacer el entuerto y piensa que si averigua la identidad de los escasos asistentes al funeral, y la del propio finado, le readmitirán en el periódico e incluso le costearán los estudios. Empieza una alocada investigación que se inicia con ir a ver a Francisco de Sales Alibey, trabajador de los servicios funerarios, quien había oficiado el funeral.

Y a partir de ahí una trama donde se irán descubriendo oscuros enredos financieros, y en la que, junto a Ramoncito Valenzuela, encontramos a extravagantes personajes, como, entre otros, el exinspector de policía Juan Ignacio Rodríguez Jarana, apodado el Tigre Malo, expulsado del cuerpo, pero todavía hace algún trabajillo, a quien le encanta vestirse de mujer, por lo que disfrutó mucho de la misión que en su día le encomendaron de infiltrarse en un grupo de travestis conocido como las Dollys; la baronesa Pía; el sicario El Bruto o Manolito el Sentencioso, mano derecha del señor Rialles y Rialles, al borde de la bancarrota, practicante del engaño, el fraude y la extorsión en turbios negocios, y cuyo severo suegro es el vicepresidente segundo del Banco Central Europeo; y Cándida, la hermana, puede que no tan “cándida”, del detective sin nombre…

Y, naturalmente, el propio detective sin nombre que toma la palabra en la tercera parte de la novela. Todos, los poderosos y los marginados, se mueven en una Barcelona con pastelerías que se llaman “El amigo de los zombis”, ciudad que Mendoza ama, igual que a su patria chica, pero eso no le lleva a cerrar los ojos. Recordemos su lúcido ensayo Qué está pasando en Cataluña.

Eduardo Mendoza, acreedor de numerosos premios, como el Cervantes y el Princesa de Asturias, nos sumerge en una divertida historia detectivesca de suplantaciones, traiciones, crímenes bastante chapuceros… donde, como es preceptivo, la sátira esconde un propósito ético.

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