El extraordinario novelista -e interesante dramaturgo- que es Eduardo Mendoza, pasa la mayor parte de su tiempo fuera de España, algo que no le aleja de los vínculos emocionales ante las vicisitudes de lo que sucede en el país, sino que más bien le facilita adoptar ante ellas un punto de vista más amplio y ecuánime que el de quienes están involucrados día a día en la cenagosa pugna política desatada en Cataluña. El propio autor de La verdad sobre el caso Savolta explica cómo este libro, deliciosamente escrito, nace de la “angustia” personal ante la fractura causada por el proceso secesionista catalán y la indignación frente a los burdos estereotipos sobre España y Cataluña vertidos por la prensa extranjera con la que se desayuna a diario. Unos moldes mentales mucho más arraigados que la simple inercia o capricho de periodistas foráneos, porque idénticos prejuicios los ha encontrado Mendoza férreamente asentados en los foros donde ha tratado de explicar de forma personal las manipulaciones, obcecaciones y clichés que impiden entender lo que en verdad ocurre en Cataluña.
Claro que en esta tarea Eduardo Mendoza ha tenido muy en su contra que tales estereotipos circulen por igual, como arma arrojadiza, entre los propios españoles. Por este motivo, en este breve y primoroso ensayo, Qué está pasando en Cataluña, cobra especial relieve la crítica al cada vez más asentado prejuicio sobre la imaginaria presencia del “franquismo” en la actual democracia española. Constata Mendoza que “en el extranjero muchos consideran que todo cuanto ocurre tiene sus orígenes en la Guerra Civil y los largos años de dictadura que le siguieron.” Ahora bien, tan delirante idea -la supuesta pervivencia del franquismo bajo una máscara democrática-, posee en realidad unas raíces mucho más profundas, históricamente muy anteriores incluso al nacimiento del propio “franquismo”, que el Premio Cervantes descarta explorar quizá con el propósito de ser más directo, claro y contundente en su finalidad de denunciar con elegancia ese burdo fraude.
Ante todo, Eduardo Mendoza señala la existencia, dentro de nuestro país, de un negocio floreciente en torno a la patraña de un hipotético franquismo aún con saludable existencia. Sus palabras tienen una sencilla firmeza: “Hay una industria del franquismo y del victimismo poco ética.” Todo el negocio se sustenta en mantener en pie la estrafalaria quimera de que todo sucede ahora como si “Franco todavía presidiera los destinos de España desde el Palacio del Pardo.” La descripción de una “industria franquista” –o con mayor exactitud aún habría que decir: una “industria antifranquista”-, es, sin duda, una feliz definición de lo que está pasando en estos últimos años. Un factor imprescindible para comprender muchos hechos irracionales de nuestra actual vida política y social, no solo en tierras catalanas.
Como es lógico, Mendoza analiza con ecuanimidad el uso de esa industria del antifranquismo y el victimismo solo en las filas del secesionismo catalán. Pero conviene apuntar que en un estudio más exhaustivo sería ineludible examinar cómo la “industria del antifranquismo” en nuestra democracia no posee su origen, ni mucho menos, en las corrientes secesionistas de nuestro país. No sólo la izquierda más o menos radical, sino también la socialdemocracia española, junto a diversas tendencias centristas, se volcaron, tras la desintegración de la UCD, en cimentar la leyenda de un franquismo sociológico que vendría a coincidir con los votos de la derecha. Una fábula tan simplista e interesada fue permeando buena parte de la sociedad con la intención de estigmatizar cualquier propuesta de políticos liberales o demócratacristianos, quienes fueron marcados simple y llanamente como “franquistas”. Aquel lucrativo negocio político alcanzó cotas insospechadas cuando la derecha estuvo en condiciones de ganar las elecciones, y más aún cuando efectivamente las ganó, en un clima de terrorismo de Estado y de bochorno ante la primera gran oleada de corrupción pública fomentada por los que se autolegitimaban como los portadores de la antorcha de la honradez.
La oposición a los Gobiernos aznaristas tuvieron un punto de apoyo - es asombroso cómo ciertas las fábulas arraigan en las masas-, en una ilusoria resurrección del franquismo, cuyo talante se habría instalado en el poder gracias a millones de votos… ¡autoritarios! Algo que se oficializó tras los atentados islamistas del 20 N de 2004. Teparon en el escalafón del poder nuevos políticos “antifranquistas”, algo que tuvo su réplica en la judicatura. Se accedió a puestos universitarios en virtud del “antifranquismo” de los aspirantes, del mismo modo que congresos, medios informativos, asociaciones civiles, organizaciones no gubernamentales o activistas de agitación y propaganda, recibieron lucrativos emolumentos en una red clientelar sin duda muy rentable gracias a su impostado “antifranquismo”.
La industria del antifranquismo, pues, basada en ese embuste colectivo, ha tenido tentáculos muy extensos y pingües intereses en todos los rincones de la geografía española. Se da el caso de que los creadores originales de esta rentable fantasmagoría acaban de reaccionar contra ella, como tras los picotazos con aguijón envenenado, cuando los actuales movimientos populistas y las fuerzas del secesionismo han retomado el testigo y han echado dentro de ese mismo saco franquista a la derecha, al centro y a la izquierda tradicional. ¡Todas han pasado a ser franquistas, como si fueran peleles movidos por ocultos empresarios, al parecer con boina de requetés o camisas de la falange! Solo al probar la misma medicina que ellos elaboraron para otros, se han visto obligados a reaccionar e intentar desmontar la patraña. Aunque no pueden hacerlo a fondo y hasta sus últimas consecuencias, porque para ello deberían señalarse a sí mismos como fundadores del invento. El gran negocio del antifranquismo está ahora cambiando de dueño.
En su ensayo, Mendoza se circunscribe, sin embargo, al victimismo de los secesionistas que tiene hoy su piedra angular en el infundio del antifranquismo, pero que se nutre de agravios muy anteriores que caen en el ámbito de la pura fábula. Sobre el supuesto antagonismo frontal entre franquistas y catalanes, el autor de La ciudad de los prodigios señala: “No hay que olvidar que buena parte de los intelectuales jóvenes (y no tan jóvenes) catalanes se apuntaron al movimiento falangista, se pasaron al bando franquista y colaboraron en la propaganda y en buena parte, en la construcción intelectual del futuro régimen desde Burgos y Salamanca.”
Más aún, incide en la buena relación catalana con el régimen franquista, más allá de la Guerra Civil, en una colaboración fluida que se plasmó en el diseño de planes de desarrollo donde economistas catalanes tuvieron un protagonismo trascendental si recordamos el papel jugado, entre otros, por Joan Sardà, Laureano López Rodó o Fabián Estapé. La persecución del idioma catalán durante la dictadura tampoco tuvo los rasgos que el actual activismo le atribuye. Nos recuerda Mendoza que “el catalán como lengua de uso no estuvo prohibido.” O que desde finales de los años 50 comenzaron a proliferar publicaciones en este idioma como la revista Serra d’ Or o la editorial Edicions 62, a partir de las cuales los textos escritos en catalán o las representaciones teatrales en esa lengua no hicieron más que aumentar bajo la dictadura. También era posible recibir en ciertos colegios clases en catalán.
El régimen dictatorial procedía, en toda España, con el autoritarismo propio de una autocracia. Pero nunca fue un régimen español volcado en la explotación de Cataluña como si esta se tratase de una colonia, tal como la industria antifranquista de la secesión ha logrado hacer creer a muchos ciudadanos, manipulados por una falsa información histórica.
Esa tergiversación se retrotrae a épocas muy anteriores, con el fin de acuñar falsos agravios y despertar el despecho, si no el odio, entre aquellos que los aceptan con los ojos cerrados. Cataluña no constituyó jamás una nación conquistada, oprimida y expoliada como una colonia desde una metrópoli española. Esta patraña no resiste la más mínima revisión de los hechos históricos, tal como se lleva a cabo de forma directa y concisa en Qué está pasando en Cataluña. Más bien al contrario, el fin de la Guerra Civil de Secesión en 1714 y con los Decretos de Nuevo Planta, Cataluña pudo acceder a la explotación colonial en Hispanoamérica y Oriente, antes limitada a la acción castellana. Mendoza subraya cómo en este episodio que enriqueció a Cataluña -todo lo contrario de esquilmarla-, hubo lances poco gatos de recordar. Había llegado tarde y no tuvo escrúpulos para recuperar el tiempo perdido: “La capitalización de Cataluña se hizo a costa de los esclavos y los catalanes se opusieron hasta el último momento a la abolición de la esclavitud, una actitud reaccionaria incluso en términos de la España decimonónica”, concluye Eduardo Mendoza. Hechos históricos de los que no cabe inculpar a los actuales catalanes. ¿Pero es admisible o tolerable que los secesionistas de hoy se presenten como una colonia expoliada, análoga a las del Tercer Mundo, cuando parte de su propia riqueza se sustenta en sus posiciones de ventaja dentro de Esapaña?
A partir de la negación de estos hechos oscuros, el extraordinario narrador que es Mendoza traza una sugestiva psicología colectiva del catalán. Desde su punto de vista, ocultar acontecimientos tan vergonzosos llevó a la burguesía catalana a inventarse un pasado que le hubiera gustado tener y que jamás existió. Mendoza describe el proceso de esta fabulación en los siguientes términos: "Una Cataluña de cuento de hadas en cuyo imaginario prevalecen sobre las gestas auténticas leyendas como la de que Lohengrin era catalán o que Parsifal encontró o no encontró el Santo Grial en Monserrat, mientras Verdaguer componía un poema a la Atlántida son el propósito de agregar este territorio mágico al resto del acervo histórico catalán." Esa fantasmagoría sobre sus quiméricos orígenes desembocaría en los ensueños modernistas de la Sagrada Familia, la Pedrera o el Palau de la Música. Es decir, autoinventarse un pasado ideal con tal de no asumir el auténtico. Una operación que Mendoza califica como en parte genial y en parte ingenua. En esta autointoxicación historicista sustenta el autor de Sin noticias de Gurb la psicología de un secesionismo predispuesto a toda falsificación del pasado que alimente su egolatría y narcisismo donde se desquicia la situación real hasta extremos histéricos. La industria del antifranquismo resulta ser solo el último capítulo de una autofalsificación profundamente arraigada y e largo recorrido. Desprovistos los hechos de esas bambalinas embaucadoras, afirma Mendoza: “No hay razón práctica que justifique el deseo de independizarse de España.” ¿La predicción secesionista de una República catalana convertida en una Suiza o una Dinamarca del sur, no caen dentro de idénticos cuentos de hadas dirigidos ahora hacia el futuro, una Atlántida o Arcadia tan noveleras como impracticables y autodestructivas?
No sintoniza Mendoza con las organizaciones hoy llamadas constitucionalistas, quizá porque considere que sus líderes no se caractericen precisamente por su altura de miras y planes realistas y efectivos. Pero el desmontaje de los monumentales infundios en los que se sustenta la irracionalidad del actual movimiento de masas secesionista resulta modélico, antológico.
En el campo de los tercos estereotipos que están en el origen de este ensayo, es donde encontramos mayores vacíos e inexactitudes. Eduardo Mendoza ataca con claridad el tópico sobre el carácter del catalán manejado durante la dictadura franquista, caracterizado como laborioso pero lerdo en la expresión y tacaño, de modales toscos, risueño y devoto de la Moreneta. Algo que debía mortificar a los ciudadanos sometidos a este prejuicio, que al mismo tiempo era asumido como patrón de conducta por otros muchos. Sin duda un estereotipo vulgar como tantos otros adjudicados a los habitantes de otras muy diferentes tierras de España. Sin embargo, sería bueno explorar más allá y constatar que ese perfil no posee un origen franquista. Bastaría con releer La desheredada, de Benito Pérez Galdós, donde hallamos al impresor catalán Juan Bou, afincado en Madrid, infatigable trabajador, de tosca dicción, propagador de una ideología ácrata antisistema mientras acumula un enorme capital, con un estilo de vida burdo y mezquino que desemboca en su enlace con una rica heredera, hija de un rey de los embutidos. No hay un gramo de desprecio en Galdós hacia Juan Bou, admira su capacidad de trabajo, su previsión e iniciativa, y observa con bondadosa compasión las contradicciones que tanto le hacen sufrir. No es un estereotipo, sino un gran personaje en guerra consigo mismo, atrapado en incoherencias y antítesis de carácter similar al Onofre Bouvila del propio Eduardo Mendoza en La ciudad de los prodigios, que mientras reparte panfletos anarquistas a jornaleros expoliados, monta el negocio de venderles crecepelo. Revolución y beneficio se dan cita en ambos personajes.
Ninguno es un estereotipo ni provienen del franquismo. Son producto de una aguda observación tanto como de una irónica fantasía. Lo deplorable sería que sobre ellos se construyera un tópico aplicable a una zona del país y se impusiera uniformemente a todos sus ciudadanos. Para combatir los prejuicios sobre lo catalán, Mendoza contrapone lo que él considera la auténtica psicología catalana que rompa el agravio de los estereotipos despectivos. El catalán sería, en su opinión, sería ante todo un un ser ingenuo por mala conciencia, humorísticamente crédulo, inventor de un infantil pasado porque “la costumbre de adaptar la historia a las conveniencias del momento ha sido un rasgo distintivo de la identidad catalana”, en palabras del autor. De un caracter cerrado en sí mismo, producto de las áspera Cataluña campesina, empecinamiento acentuado por la dureza del trabajo en la empresa familiar y reconfortado por una religiosidad callada y devociones íntimas.
Muy sugestiva esta visión de Mendoza sobre el temperamento catalán y sus efectos sobre las diversas oleadas de inmigrantes que se han asentado en el territorio. De gran interés para entender mejor su obra literaria. Pero que, en última instancia, no hace más que construir un estereotipo alternativo y más benévolo, pero por igual inaplicable a todos los ciudadanos de Cataluña. Identidades nacionales como estas solo pueden sustentarse en prejuicios y generalizaciones de casos concretos. Las identidades nacionales representan los estereotipos elevados a la máxima potencia, son la madre de todos los estereotipos.
En cuanto a su dificultad para convencer a sus interlocutores anglosajones de que la actual democracia no es un franquismo camuflado, tiene mucho que ver con no abordar las raíces últimas de esa visión tosca y manipuladora. Británicos, franceses y norteamericanos forjaron hace siglos la leyenda de una España tan abyecta como seductora para sus prejuicios. Aquella de Felipe II mandando asesinar a su hijo el príncipe Carlos, la de los ajustes de cuentas de la de Inquisición frente a un pueblo bravío, el duelo del fanatismo frente al instinto de libertad, la de los bandoleros contra el absolutismo de Fernando VII, parte de en una lista interminable de tergiversaciones históricas al servicio de una Leyenda Negra cuyos moldes resisten todo asalto de la verdad.
Los viajeros románticos tras la guerra de la Independencia elevaron esos arquetipos mentales al rango de fortalezas sobre el imaginario de España. Desde ese imaginario se interpretó la Guerra Civil. En esa trituradora mental cayó la dictadura franquista. Y en el mismo esquema se han descoyuntado los hechos del proceso secesionista, de modo que encajen en el prototipo de una “leyenda negra” que se expande hacia el futuro. En varios libros recientes dotados de extraordinario rigor histórico se ha intentado desmontar con datos ese paradigma. Así, La mirada del otro. La imagen de España, ayer y hoy, Imperiofobia y leyenda negra, o En defensa de España, reseñados en estas mismas páginas.
Pero por desdicha, la precisión científica con frecuencia cae derrotada frente a los mitos con una gran carga emocional. Según estos, el referéndum ilegal y su vergonzoso pucherazo se sitúan en el lado de aquellos valientes bandoleros de las serranías españolas, y los Cuerpos de Seguridad estarían en la parte de la Santa Inquisición, del absolutismo (o en su caso del franquismo, para el caso da igual). Cuando Eduardo Mendoza se proponga explicar otra vez a un público extranjero qué está pasando en Cataluña, debería hacerse a la idea, primero, de que se está enfrentando a siglos de prejuicios que reconfortan a sus interlocutores.