Con frecuencia y no sin amargura se repite que en nuestro país apenas si interesa la Historia, lo que, por ejemplo, tiene su reflejo en la no precisamente multitudinaria acogida entre el público en general de los trabajos dedicados a ella, pese a que hay excelentes historiadores españoles -a los que añadir un nutrido grupo de hispanistas-, que publican con bastante regularidad. Sin embargo, recientemente se ha producido un hecho que merece resaltarse y que parece desmentir esa realidad. Las listas de los libros más vendidos -que no son, claro está, la Biblia, pero sí dan idea de las preferencias lectoras-, han acogido en sus primeros puestos dos ensayos históricos que han ido sumando edición tras edición. Por un lado, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa (Espasa), y por otro Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea (Siruela).
Ambos han alcanzado un enorme éxito, sin dejar, a la vez, de suscitar la polémica y el debate y atraer la atención de los medios de comunicación sobre sus autores, que en buena medida se han convertido en mediáticos. Los dos trabajos, pese, por supuesto, a la diferencia de sus asuntos y sus particularidades, tienen en común abordar cuestiones muy vivas y controvertidas y apoyarse en una ingente documentación que entrelazan en un relato bien construido y perfectamente trabado. Asimismo, sus autores, con estas obras, saltaron del ámbito más académico a ver sus libros como best sellers.
En el caso de la profesora e investigadora malagueña María Elvira Roca Barea -entre otros centros ha impartido clases en la Universidad de Harvard-, el primer libro que dio a la imprenta fue la edición de un texto retórico latino del siglo XII, al que siguieron, entre otros, la edición de El caballero de la piel del tigre, poema épico del Cáucaso de en torno a 1200. Pero a raíz de Imperiofobia y leyenda negra su más tranquila vida -en la actualidad es docente en un instituto de Málaga-, ha pasado a una dinámica de presentaciones del libro y conferencias.
El asunto histórico de la denominada “leyenda negra” es, sin duda, uno de los que entraña mayor atractivo. Como es sabido, el término adquirió carta de naturaleza a raíz del libro del historiador, sociólogo, periodista y crítico literario Julián Juderías, que apareció en 1914, primero por entregas en la revista La Ilustración Española y Americana, y cuyo título completo reza La leyenda negra y la verdad histórica: contribución al estudio del concepto de España en Europa, de las causas de este concepto y de la tolerancia religiosa y política en los países civilizados, con el que Juderías se proponía rebatirla. Roca Barea comienza su estudio, para el que crea el vocablo imperiofobia (“una clase de prejuicio racista hacia arriba, idéntico en esencia al racismo hacia abajo, pero mucho mejor disimulado, porque va acompañado de un cortejo intelectual que maquilla su verdadera naturaleza y justifica su pretensión de verdad”), precisamente con un amplio capítulo, “Imperios y leyendas negras: la inseparable pareja”, donde explica la relación que siempre se establece entre ambos conceptos, analizando el caso de los imperios romano, ruso y norteamericano. Sin embargo, la idea de “leyenda negra”, por diferentes motivos, ha quedado ligada de forma especial, preferente, y machacona, a nuestro país. Y se ha visto alimentada por diferentes acusaciones, entre las que destacan la violencia empleada y el supuesto comportamiento genocida de los españoles en la conquista de América, junto a las actuaciones y crueldad del Santo Oficio: “La Inquisición y las iniquidades americanas son los dos pilares más longevos en la larga historia de la hispanofobia”, subraya Roca Barea. Pero, como asimismo aclara, “no se puede ya dudar de que la historia del Imperio español es una cosa y otra la historia propagandística e ideológica que de él se ha hecho. En el caso de América, las deformaciones llegaron tal punto que ha resultado imposible intentar hacer historia sin adoptar una actitud defensiva beligerante”.
Y, sin complejos, esa es la valiente actitud que adopta María Elvira Roca Barea, deshaciendo interesados malentendidos. Por ejemplo, recalca el mestizaje que hubo en América -lo que no sucedió en el caso anglosajón-, y apunta, entre otras cosas, algo que apenas se ha consignado como es que en la América española buena parte del esfuerzo se dedicó a lo que ahora llamamos bienestar social, construyendo numerosos hospitales. Y en cuanto a la Inquisición recuerda que la intolerancia religiosa era general en Europa y que, frente a otros países, el tribunal inquisitorial español fue el que ofrecía más garantías procesales de su tiempo.
Uno de los aspectos más interesantes que entraña la obra de Roca Barea es poner el acento en cómo los propios españoles han aceptado esa leyenda negra, y señalar que hoy pervive. ¿Y vamos a dejar que así sea y continúe? La saludable autocrítica, tanto en el campo personal como colectivo, no es masoquismo que, a la postre, es destructivo. En defensa de España se titula el último ensayo del hispanista norteamericano Stanley G. Payne. Quizá lo mismo podríamos decir del brillante trabajo de María Elvira Roca Barea. Y quizá también en ello radique una de las razones del espectacular éxito de Imperiofobia: una inyección de autoestima. Porque, más allá de las inevitables sombras, los españoles podemos sentirnos legítimamente orgullosos de nuestra Nación.