Opinión

La oposición a los centros de datos

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 17 de mayo de 2026

Es los Estados Unidos casi nadie quiere tener un centro de datos cerca de su casa. Según publicaba hace unas semanas la encuestadora Gallup, siete de cada diez estadounidenses se oponen a la construcción de uno en su vecindario. El ruido y los costes ambientales en agua y electricidad están provocando protestas por todo el país. Este consumo de recursos no se ve compensado siquiera por la pretendida creación de puestos de trabajo: en realidad un centro de datos no emplea mucho personal después de su construcción.

Es interesante el caso de Virginia del Norte, que es ya uno de los mayores hubs mundiales de centros de datos. Allí la oposición se ha organizado en torno al ruido, la presión sobre la red eléctrica, la expansión inmobiliaria y la protección histórica o ambiental. El proyecto Prince William Digital Gateway, una enorme operación de 2.100 acres y 37 edificios, ha terminado paralizado tras años de pleitos y protestas de los vecinos. Algo similar ha sucedido en Wisconsin, donde el comediante Charlie Berens ha dado rostro y voz a las protestas contra la expansión de centros de datos de IA. De nuevo abundan las denuncias de falta de transparencia, aprovechamiento de subvenciones públicas y elevados costes ambientales.

En la Unión Europea, el epicentro de la oposición a los centros de datos es Irlanda. El país atrajo durante años a las grandes tecnológicas por una fiscalidad muy competitiva, un clima empresarial favorable, una buena conectividad transatlántica y la pertenencia a la UE. Sin embargo, esa apuesta ha creado tensiones sociales cuyo origen está en las necesidades energéticas exorbitantes de los centros de datos: según la Oficina Central de Estadística irlandesa, los centros de datos pasaron de consumir el 5% de la electricidad medida en 2015 al 22% en 2024. En los Países Bajos, el gobierno neerlandés ha limitado la instalación de centros de datos hiperescalables, que alojan decenas de miles de servidores, y en Dinamarca el gobierno ha impuesto una moratoria de tres meses en nuevas conexiones de centros de datos a la red.

Tanto en los Estados Unidos como en la Unión Europea, las grandes empresas argumentan que los centros de datos son indispensables para servicios digitales, la investigación, el uso y desarrollo de inteligencia artificial, la ciberseguridad, los servicios sanitarios y las administraciones públicas. También sostienen que están mejorando la eficiencia energética, utilizando refrigeración avanzada, energías renovables y calor residual además de financiar la infraestructura eléctrica. Sin embargo, la oposición en el ámbito local sigue siendo firme porque el precio ambiental que pagan los habitantes de las localidades donde se pretenden emplazar los centros de datos suele ser muy elevado. Ellos sufren casi en exclusiva las consecuencias de un industria cuyos beneficios van en su inmensa mayoría a otros lugares.

Así, se da la paradoja de que la economía digital genera conflictos muy analógicos, es decir, anclados en la realidad material sobre el terreno: el ruido, el consumo de agua, el deterioro del paisaje, etc. En una charla que permanecía inédita y que publicó Ediciones El Salmón en 2024 en la recopilación titulada «Por un ateísmo tecnológico. La cultura frente a la civilización informática», Neil Postman (1931-2003), el famoso autor de «Divertirse hasta morir», advertía que «siempre hay ganadores y perdedores con el cambio tecnológico»: «las ventajas y las desventajas de las nuevas tecnologías nunca se distribuyen de forma equitativa entre la población. Esto significa que toda nueva tecnología beneficia a unos y perjudica a otros».

Esta oposición a los centros de datos en los Estados unidos y la Unión Europea, sin embargo, puede suponer oportunidades para otras zonas del mundo que, por su capacidad de generación y almacenamiento de energía solar o por contar con grandes zonas de desierto, puedan convertirse en potencias del alojamiento de centros de datos. Podría ser el caso, por ejemplo, de los países del Golfo. Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Catar cuentan con importantes ventajas para aprovechar la ocasión: abundancia de capital soberano, energía relativamente barata, voluntad geopolítica y capacidad para cerrar acuerdos rápidos con gigantes tecnológicos.