Traducción de María Vútova. 304 páginas. Impedimenta. Madrid, 2026. 24,95 €. Libro electrónico: 12,94 €. Una novela deslumbrante del escritor búlgaro, una de las voces más contundentes de la actual literatura europea
Por Matías Jaque Hidalgo
Impedimenta presenta una nueva edición de la segunda novela del búlgaro Gueorgui Gospodínov, Física de la tristeza, originalmente publicada en 2011 y editada en español por primera vez en 2018 por editorial Fulgencio Pimentel. Esta peculiar novela vino a confirmar a Gospodínov como una de las voces más contundentes de la literatura europea posterior a la caída de la Cortina de Hierro. Según cuenta la leyenda, su primera edición se agotó en Bulgaria en tan solo un día.
El hecho es casi tan peculiar como la propia novela, ya que no se trata de un texto, digamos, gestado con la intención de acariciar el gusto de las masas, ni mucho menos. Es pura poesía, en pleno arrojo hacia la búsqueda de la memoria, sin tomar prácticamente ninguna precaución estilística que impida la confusión del lector. Y, a pesar de todo ello, Gospodínov parece apuntar hacia algo genuino, algo que muchos estaban ansiosos de escuchar. Y quizás era un buen momento para oírlo, un año después de que la revista The Economist sentenciara (la anécdota es parte de la novela) que Bulgaria era “the saddest place in the world”-
¿Cómo ha de ser la gran novela europea de nuestro tiempo? No quisiera trasplantar un debate americano inútil a un terreno que para tales efectos sería igual de infértil. Pero tiene cierto interés pensar que la novela, tal como la imagina, o quizás directamente como la practica Gospodínov, se parece más al Libro del desasosiego de Pessoa que a cualquiera de los grandes relatos que nos dejó la novela decimonónica. Es una obra hecha de fragmentos, más próximos a la prosa poética, que construye inadvertidamente el sentido.
Ese sentido está en la memoria. Gospodínov es, como tantos autores europeos, desde Proust hasta Sebald, Magris o Modiano, un autor obsesionado con la memoria. Su perspectiva de ella es todo menos ingenua. En Las tempestálidas, novela que protagoniza el excéntrico Gaustín, personaje también de Física de la tristeza, la memoria se explora en todo su nefasto potencial.
Con su engañosa calidez, la memoria (ya degradada en nostalgia) ofrece un refugio que rápidamente deviene laberinto ideológico, crisol del nacionalismo y el fascismo. Frente a la pérdida de esperanza en el futuro, nos persuade de que hay una identidad a la que volver, y de que todo lo que atenta contra esa ucrónica quimera debe ser combatido, anulado. Ello dependerá, en última instancia, de cuál es el foco de la memoria, qué líneas temporales activa.
Se puede, creo yo, proporcionar una síntesis de la “historia” que cuenta Física de la tristeza, pero téngase muy en cuenta que la coherencia narrativa es aquí casi un efecto colateral de un texto construido a base de fragmentos e iluminaciones (v.gr. “el laberinto es la indecisión petrificada de alguien”). La trama podría ser esta: un escritor nacido en Bulgaria en 1968 retorna, ya adulto, a su pueblo natal, donde alquila el mismo semisótano donde se crio.
Allí, se embarcará en el proyecto de crear listas de nombres, colecciones de objetos, cápsulas temporales que, de alguna manera, consigan rescatar la memoria de un tiempo perdido, de los intersticios silenciados por la Historia: “Insisto en que recojamos también esas minucias, esas cosas que ya se han ido, no están, han muerto”. Desde las babosas que, con fines medicinales, engullía su abuelo, hasta la pandilla de chicos que se identificaban con los indios americanos mientras hacían de las suyas por las tristes calles del socialismo tardío.
Pero “la obsesión de elaborar listas todo el tiempo, de pensar en listas, de narrar en listas” es, en verdad, la reacción melancólica ante la pérdida de una capacidad menos calculada. Como el niño que protagoniza Historia del llanto, de Alan Pauls, nuestro héroe poseía la capacidad de la empatía extrema. En la fantasía poética de Gospodínov, esta se materializa en la abrupta y borgiana incursión en las memorias ajenas, que el niño vive en primera persona.
De pronto es su abuelo, abandonado por su madre a los cuatro años, durante la época más dura del hambre, hasta que, al cabo de unos minutos de vértigo y angustia, la madre finalmente se arrepiente y da media vuelta. Su abuelo (por esos minutos, él) está salvado, y con ello su padre y él mismo (“cómo miran desde ese minuto, aguantando la respiración, los rostros de los que aún no han nacido”) reciben una oportunidad en este mundo. También es un niño que, a causa de una deformidad encefálica, es exhibido como Minotauro en una jaula circense, en 1925. Y es su abuelo de pequeño mirando con temor a ese niño enjaulado.
Ese espacio habitado por el Minotauro ‒sea el laberinto cretense, la jaula de un circo pobre, el zulo tardosoviético de su infancia o el zulo tardocapitalista de su madurez‒ es la clave que hilvana los fragmentos de la novela. La memoria de Gospodínov no es, ya lo decíamos, la de los grandes relatos, sino la de los “pasillos laterales” que la historia quiere asfixiar a base de golpes de épica y de hombres blancos musculados que heroicamente nos liberan de la diferencia.
Esta relectura del mito es, en sí misma, una batalla por la memoria, que se alinea con obras como Autobiografía de rojo, de Anne Carson, o la revisión intimista y fresca de la herencia grecolatina que encontramos en Principio, medio y fin, de Valeria Luiselli. Una desacralización de lo fijo, eterno, inmutable; una defensa de lo grotesco, del Minotauro: “Lo corruptible se reproduce. […] lo corruptible es más duradero justamente debido a su muerte”.
La mutación que va desde la empatía absoluta (con su ocupación directa de la memoria ajena) hasta la elaboración de listas para abarcar el pasado construye, por cierto, un relato en sí mismo. De la intensión (poética) a la extensión (narrativa). La acumulación, el número, la lista, es el consuelo por la pérdida de la apropiación cualitativa de la perspectiva ajena.
El problema es que dicha acumulación no tiene fin, que nunca, incluso aunque reproduzca en extensión el objeto anhelado, podrá habitarlo desde dentro. La “visión de ninguna parte” (para usar la expresión de Thomas Nagel) de la lista y el catálogo no podrá jamás sustituir la primera persona de la memoria personal. Y de ahí la profunda melancolía que, finalmente, nos deja este experimento gospodinoviano.
Hacia la segunda mitad del libro, pierde fuerza la presencia del Minotauro como clave poética y gana terreno la ciencia, en especial la física cuántica (véase, en especial, la parte VIII). Debo admitir que soy algo escéptico con las posibilidades semióticas que la física cuántica puede prestar a la expresión literaria. Hay autores, como Jorge Volpi o Benjamín Labatut, que se toman muy en serio la ciencia como tema novelable. Otros, como Cărtărescu o el propio Gospodínov, incorporan más bien los marcos epistémicos de la física como mecanismo generador de sentido, interno a la propia narración: la idea de que la existencia de los objetos no se concreta hasta que no se los observa, que las líneas temporales se bifurcan en mundos posibles, etc.
Tengo la impresión de que todo ello preexiste a la gran revolución científica de la física cuántica, que vino a trastornar la visión determinista del mundo que la propia ciencia había intentado inculcarnos, como mucho, desde hacía trescientos años. Al margen de esto, las lenguas (el verdadero mecanismo creativo de la literatura) han puesto desde siempre a nuestra disposición los medios para formular mundos alternativos, cosas que permanecen en fantasmagóricos estados de superposición, observadores todopoderosos de cuyo ojo abierto depende la existencia de un tercero, y todo lo que, como muestra la primera parte de Física de la tristeza, reside de un modo u otro en los mitos más antiguos. Es quizás, pues, la ciencia la que, después de este frustrado excurso por el determinismo clásico, ha vuelto al cauce de la flexibilidad semántica del lenguaje natural.
La correlación es tentadora: por un lado, mito, memoria, intensión; por otro, física, catálogo, extensión. Sería esta, en suma, una simplificación excesiva, pero sospecho que, de modo consciente o inconsciente, son polos que el propio desarrollo del libro sugiere, como fuerzas que jalan su escritura en direcciones opuestas (o al menos divergentes). Lo que queda en medio es una búsqueda de la memoria que lucha por no sucumbir a la nostalgia. Una prueba de que la literatura está viva y lista para volver a remecernos.