El escritor Alan Pauls, suerte de hermano mayor o eterno padre joven de la nueva narrativa argentina, venía de alcanzar cierta consagración internacional con la publicación de El pasado ‒premio Herralde de Novela 2003‒ cuando decidió, unos años más tarde, embarcarse en la trilogía que inicia con Historia del llanto (2007), continúa con Historia del pelo (2010), y que culmina, en 2013, Historia del dinero. Random House reúne ahora en un único volumen estas tres novelas breves con las que Pauls explora sus años de infancia y juventud, y que ofrecen, con ello, un recorrido intenso y personalísimo de los años setenta en Argentina.
Es una espléndida ocasión, no solo para volver sobre estas tres muestras de la lucidez y el absoluto control de la forma de los que su autor hace gala, sino para apreciar la unidad narrativa y formal de estos relatos. Trazan, en efecto, un único despliegue desde la sensibilidad interior ‒el llanto‒ hacia el mundo social exterior ‒el dinero‒, una suerte de Bildungsroman que expone la tensión nunca resuelta entre el orden subjetivo de los sentimientos y la trama social objetiva, exterior.
Historia del llanto relata las vicisitudes de un niño hipersensible que, dotado de un talento inusual para llorar por los males ajenos y suscitar en los adultos la confesión de sus peores cruces y secretos, se ve asaltado por la inesperada incapacidad para, ya adolescente, conmoverse por lo que, de acuerdo con sus convicciones políticas intelectualmente más honestas y bien fundadas, debería sin duda despertar, ahora sí, una incontinencia lacrimosa: las primeras imágenes televisadas del golpe de Estado que, contra el gobierno de Allende, echa por tierra el primer y único experimento de socialismo democrático en Latinoamérica. No puede. Y envidia, por cierto, el llanto con el que su mejor amigo se pavonea ostentando un saludable vínculo entre su corazón y su razón.
Si el llanto, con todo su abolengo romántico, exhibe esa primera contradicción entre sensibilidad e identidad política, entre subjetividad y coerción social, el pelo y el dinero, temas de las dos novelas restantes, son en cierto modo su caricatura exterior. Los personajes de estos testimonios de época renuncian ya a sacar de sí una verdad genuina, pero no acaban de encontrarse en los signos exteriores de las verdades públicas: un hombre obsesionado por controlar su cabellera, pivote inerte entre su individualidad y la sociedad, como un signo involuntario que llevara siempre sobre la cabeza; un padre ludópata que se aferra a sus fajos de billetes, como si con ello exorcizara la condición ‒decían ya Borges; Piglia, en Plata quemada; o, recientemente, Hernán Díaz en Fortuna‒ ineludiblemente ficticia del dinero.
Mientras que El pasado contaba como una novela, en cierto modo, accesible, en esta trilogía Pauls vuelve a tomar riesgos formales más próximos a sus primeras novelas, y construye, en especial con Historia del llanto (quizás la más lograda de las tres) una poética. Esas frases largas de Pauls ‒proustiano sin ninguna pretensión de disimulo‒ nos obligan, en todo el despliegue de su orfebrería sintáctica, a ampliar y tensar nuestra ventana de atención, para ‒y este parece ser, en principio, su cometido‒ sentir el paso íntimo del tiempo de esas escenas minúsculas en las que este “ideólogo confeso de Lo Cerca” quiere detenerse.
Pero, como el propio Proust, que puede dedicar veinte páginas a narrar cómo se acerca a la mejilla de Albertina, para besarla, hasta que esa cercanía, paradójicamente, hace desaparecer el objeto deseado, el microscopio lingüístico de Pauls creará, finalmente, otra cosa, un orden literario que, en vez de recuperar el pasado, lo sustituye: “Él, la ficción, la usa al revés, para mantener lo real a distancia, para interponer algo entre él y lo real, algo de otro orden, algo, si es posible, que sea en sí mismo otro orden”.
Por eso, quizás, estos testimonios no solo renuncian a la primera persona, sino que falta en ellos también el nombre propio, que se ve sustituido por un escueto pero sistemático pronombre: él; porque no hay, parece querer decirnos el narrador, un sujeto exterior a la trama de lenguaje en que el héroe se esconde, se refugia o desaparece. Entre los vertiginosos vaivenes del llanto, el pelo y, sobre todo, el dinero, el valor de las palabras resulta ser ‒si conseguimos capear sus laberintos‒ lo único sólido, la única una guarida segura.