Opinión

Un busto a Jan III Sobieski

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 13 de septiembre de 2026

En esta columna ya hemos contado la historia de cómo los polacos salvaron Europa a las puertas de Viena el 12 de septiembre de 1683. También hemos mencionado la necesidad de que semejante acontecimiento se conmemore en toda Europa. Es justo afirmar que aquel día se salvó nuestro continente y que, al igual que otras victorias sobre el islam —por ejemplo, la de Las Navas de Tolosa (1212) y la de Lepanto (1571)—, hicieron posible que nuestra civilización sobreviviese. De haber vencido los árabes o los otomanos, Europa quizás hubiese sufrido una islamización tan profunda como la del norte de África o la de ciertas zonas de Bosnia. Aquel día de septiembre, pues, la salvación vino a la grupa de los húsares alados.

Ya hemos contado también la incomodidad que la victoria de Kahenberg genera entre los políticos progresistas. En el Ayuntamiento de Viena, hace años ya que se archivó un proyecto para erigir un monumento en honor de Jan III Sobieski, el rey de Polonia que cabalgó al frente de sus hombres en auxilio de la ciudad. El progresismo siempre teme más ofender a las minorías islámicas que recordar la historia de la Europa cristiana. Pretende, pues, conseguir la paz a fuerza de callar la propia historia. Por supuesto, no sólo no logra la paz, sino que además se sume en el olvido.

Por eso, es reconfortante que hace unos días los jóvenes patriotas de la plataforma Gedenken 1683 se movilizasen para colocar un busto efímero en honor del rey guerrero que salvó a la ciudad, al imperio y a Europa. Se trata de una organización del espectro del Movimiento Identitario Austriaco, es decir, reivindican la identidad nacional austriaca y, más en general, la europea frente a la inmigración y la islamización de nuestro tiempo. Se trata, pues, de una plataforma político-cultural que reivindica la memoria de la batalla de Viena de 1683 y de figuras como Sobieski y Von Starhemberg —el gobernador de Viena que dirigió al defensa de la ciudad— y toma ese episodio como referencia para debates contemporáneos acerca de inmigración, islam, identidad nacional y civilización europea.

En el fondo, es esa reivindicación identitaria la que aterroriza a los progresistas de izquierda y de derecha. Quiere decirse que es esa reivindicación y no otra la que suscita problemas porque, cuando son los musulmanes los que reivindican y toman el espacio público para rezar, el progresismo lo celebra como una prueba de tolerancia y multiculturalismo. Cuando los musulmanes exige que se respete la vestimenta islámica — por ejemplo, el hiyab— o las prescripciones alimentarias del islam, el progresismo corre a garantizar que ningún musulmán tendrá que asimilarse a la cultura mayoritaria ni en el vestido ni en la alimentación, sino que será ésta la que se adaptará como prueba de apertura. Si alguien protesta, se blandirá la consigna de los derechos, la tolerancia y, llegado el caso, la prevención del odio. Los europeos deben renunciar a su historia, su memoria y su cultura so pretexto de acoger a otros que no sienten que deban renunciar a nada.

No importan ahora los detalles relativos a que, en los países islámicos, no existe una sensibilidad similar respecto de las minorías cristianas o de otras religiones. De hecho, en algunos de ellos, esas minorías padecen una lenta desaparición, viven bajo amenaza o directamente sufren un genocidio como el de los cristianos en Nigeria a manos de Boko Haram. Nadie exige en esos países que la historia islámica se olvide o se silencie. Es más: el islam se imbrica tan profundamente con la identidad nacional que ser cristiano supone ser visto como un cuerpo ajeno a la nación. Así les sucedió a los armenios, a los griegos y a los siriacos en el Imperio Otomano. Inseparables de su religión, sólo les cabía la conversión al islam —que, por otra parte, no garantizaba la seguridad de forma definitiva—, la huida o el exterminio.

Así, a fuerza de complejos de culpa, olvidos impuestos y silencios clamorosos, Europa es hoy un continente en que nuestra propia historia debe omitirse para que otros no se sientan molestos.

También en España tenemos este problema. Cada año surge la polémica a propósito de La Toma de Granada, que debería ser otra fiesta europea, y del Día de la Hispanidad, que el progresismo sólo admite como pretexto para la inmigración masiva y el multiculturalismo, pero no como recuerdo orgulloso de nuestra historia y reivindicación de nuestra identidad. Tal vez por eso, se echan en falta en las grandes ciudades españolas monumentos y memoriales que recuerden a los héroes de la Reconquista y el Imperio Español.

Es reconfortante, pues, que haya jóvenes que se desembaracen de los falsos complejos de culpa y se atrevan a mirar su propia historia con un legítimo orgullo. La victoria de Kahlenberg fue decisiva y conjuró la amenaza otomana sobre Europa Central. Por supuesto, si alguien se siente incómodo está en su derecho de no acudir a las celebraciones, no admirar los monumentos o, llegado el caso, marcharse a un lugar donde la historia no le moleste tanto, pero los vieneses, los austriacos y los europeos tenemos derecho a celebrar que, aquel 12 de septiembre de 1683, nuestra civilización cristiana —más concretamente, católica— se salvó ante los muros de Viena.

Julio Martínez Mesanza escribió, recordando al gran Jan III Sobieski, que «Aunque a la muchedumbre no le importe/ que Europa valga poco y crea en nada,/o se hiele eclipsada por la luna,/ yo quiero recordar a quien importa».

En efecto, nuestra historia importa, nuestra memoria importa y nuestra identidad importa.

Estos jóvenes patriotas austriacos y polacos han querido recordarlo.