Quizás el primero que se arrodilló como símbolo de protesta contra el racismo fue Colin Kaepernick, “quarterback” de los San Francisco 49ers en 2016. Sin embargo, el gesto se ha popularizado después de las protestas de Black Lives Matter y otros movimientos de izquierda identitaria. Hemos podido verlo a menudo en competiciones deportivas. La selección de Inglaterra se ha puesto de hinojos varias veces. Hemos visto hincar rodilla en tierra a la selección de Irlanda en un partido amistoso. También se arrodilló la selección belga en San Petesburgo en medio de las protestas de los aficionados rusos.
En nuestra civilización, se arrodilla quien adora, quien se arrepiente o quien se somete. Arrodillarse es también un signo de humildad. Todo depende de ante quién se haga. Durante siglos, la Iglesia católica ha adoptado la oración de rodillas de modo que también el cuerpo exprese lo que dicen los labios y el corazón. En 1970, Willy Brand cayó de hinojos ante el monumento a la revuelta del Gueto de Varsovia. En 1979, Juan Pablo II oró de rodillas en Auschwitz, símbolo del horror del siglo XX. Sin duda, hay mucho ante lo que arrodillarse para arrepentirse y pedir perdón.
También nos arrodillamos para presentar ofrendas y en acción de gracias. A pesar del horror de nuestro tiempo -o tal vez precisamente por eso- Cristo sigue viniendo al mundo cada día en la Eucaristía. Por desgracia, se va perdiendo la costumbre de arrodillarse ante el sagrario o en la consagración. Basta ir a bodas y comuniones para ver un montón de asistentes que se quedan de pie con los brazos cruzados sobre el pecho -o incluso con las manos en los bolsillos- como si, en lugar de acoger a Cristo al mundo, estuviesen esperando en la cola de un cajero automático. Así nos va, naturalmente.
En efecto, no hay nada de humillante en ponerse de rodillas siempre que sea ante alguien que valga la pena. Aquí Cristo es imbatible. Algunos me dirán que este argumento sólo es válido para los creyentes. Tal vez sea cierto, pero eso no resta fuerza a su validez. Sólo subraya la conveniencia de regresar a la fe antes de que sea demasiado tarde. Parafraseando a Chesterton, cuando uno no se arrodilla antes Dios, termina arrodillándose ante cualquier cosa.
De esto se trata en el fondo. La izquierda “woke”, los jóvenes “baizuo” -aprenda este término chino, que les será muy útil- que van por los rincones llorando por pretendidas ofensas históricas y cancelando la cultura que se lo ha dado todo, esos jóvenes, digo, se arrodillan por sentimientos de culpa impuestos y por complejos aprendidos en sistemas de adoctrinamiento que hace mucho que dejaron de educar. Inglaterra, Irlanda, Bélgica son grandes países. Tienen tradiciones de las que sentirse orgullosos. Han hecho grandes contribuciones a la historia de la humanidad y, como toda realidad humana, también tienen páginas oscuras, sombrías, terribles. Sí. La trata de esclavos existió. El Congo del rey Leopoldo existió. Por desgracia, ningún pueblo está libre del racismo (ni tampoco del pecado, por cierto). Sin embargo, esas acusaciones se lanzan sólo contra Occidente. No buscan la justicia, sino la deslegitimación de la civilización occidental.
Por eso, hay que mantenerse en pie, con la cabeza erguida sin condescender al aplauso. Hay que afirmar que Occidente, con sus muchas sombras, ha iluminado al mundo y sigue siendo el faro al que la mayor parte del planeta mira. Es reconfortante ver ejemplos como el de la selección nacional de Hungría, que permaneció de pie mientras los irlandeses se humillaban, o incluso la española, que viene manteniendo la cordura y el criterio. La nación de San Patricio, de Lady Gregory y de The Chieftains no merecía ese gesto de sumisión vacío y complaciente.
Black Lives Matter, la “cancelación de la cultura”, el movimiento “woke” y las demás modas culturales de la izquierda identitaria y las élites progresistas están en guerra abierta con Occidente y pretenden reescribir la historia imponiendo culpas y complejos. So pretexto de combatir el racismo, pretenden imponer una ideología totalitaria, colectivista y supremacista.
Por cada deportista que se arrodille, debe haber dos, tres, cien que no lo hagan. Por cada gesto de complacencia con las élites progresistas y la izquierda identitaria debe haber una desautorización y una afirmación de la grandeza de esos países a los que se pretende humillar con culpas impuestas. La fuerza de esos países, en realidad, es la de sus sociedades. Polonia, Hungría y, otros, como Croacia, saben lo que es la propaganda comunista. Conocen cómo funciona el adoctrinamiento desde los colegios, las universidades, las industrias culturales… Han sufrido en sus propias carnes los intentos de erradicar sus culturas para sustituirlos por las consignas y las narraciones del partido.
Así que nada de arrodillarse en las competiciones deportivas. Todos en pie y con la cabeza bien alta.
Ni un paso atrás en la defensa de Occidente.