El miércoles pasado, en el Ayuntamiento de Viena, hubo un debate interesante para todos los europeos. Se ha discutido si el rey de Polonia Jan III Sobieski, salvador de Viena en 1683, debe tener un monumento en la colina de Kahlenberg, donde tuvo lugar la batalla. Ya se intentó en el pasado. Llegó a tener un pedestal en 2013, pero nunca llegó a instalarse la estatua. Esta semana el Partido Popular Austriaco y el Partido de la Libertad de Austria reabrieron la cuestión. Se opusieron al monumento los sospechosos habituales: los socialdemócratas, que gobiernan la ciudad, y los Verdes.
En esta columna somos grandes admiradores de Jan III Sobieski, de Polonia y de los polacos. No todos los pueblos han salvado la libertad y la dignidad de Europa como ellos. En 1683, fueron ellos quienes acudieron en auxilio de los cristianos cuando los otomanos habían entrado hasta el corazón de Europa. Como los serbios, los húngaros y los rumanos, ellos guardaron las puertas de Europa y, después de 1683, el Imperio Otomano experimentaría una serie de derrota que conjuraría el peligro de otra invasión militar.
Sin embargo, no son los sobrados motivos de erigirle un monumento al rey polaco lo que merecen análisis ahora, sino más bien los peligrosos motivos de la oposición a la estatua. La concejal socialista de origen turco Aslıhan Bozatemur ha invocado los tópicos habituales para evitar los honores al rey de Polonia. Pretende que la estatua promovería la xenofobia, la islamofobia y el sentimiento anti-turco. El sentido común señalaría que lo que verdaderamente movería el sentimiento anti-turco sería el hecho de que invadiesen Europa y asediasen la ciudad, pero hay algo más preocupante: entre los argumentos, no está el interés de los vieneses ni del resto de los austriacos. Aquí la política socialista Aslıhan Bozatemur de está preocupando por los turcos -no por los austriacos- desde una institución austriaca.
He aquí un problema de las políticas identitarias que la izquierda ha ido extendiendo por Europa y que una parte de la derecha ha terminado asumiendo: tratar de ganar el voto de los inmigrantes y sus descendientes a partir de propuestas y acciones orientadas al interés particular de algunos grupos. Se trata de los votantes de origen turco en este caso, pero podríamos ampliarlo a los musulmanes de La France Insumise o la lucha por el voto de los hispanoamericanos nacionalizados en el caso español. Una vez en posiciones de gobierno o de representación ciudadana, en lugar de buscar siempre el bien común, velan por el interés de aquellos grupos que los han votado, y que pueden coincidir o no con los intereses de la mayoría de que se trata -la local, la provincial, etc- o incluso con el interés de la nación.
En la actual crisis de identidad europea, que la inmigración está agravando, recordar las raíces de nuestra civilización -la fe católica, por ejemplo- resulta ya una urgencia política. Décadas de progresismo han terminado convirtiendo nuestro continente en una lugar donde todas las identidades parecen legítimas menos las nacionales europeas, donde todas las heroicidades de conmemoran menos las de los europeos y donde todas las tragedias tiene su lugar en el calendario menos las sufridas por los europeos. Las políticas de la culpa que las izquierdas promovieron y parte de las derechas terminaron aceptando han llevado a la confusión moral de nuestro continente. Sin duda, la victoria de Kahlenberg debería ser festivo en toda la Unión Europea (como deberían serlo las Navas de Tolosa y las tomas de Toledo y Granada, por cierto) y si eso genera un sentimiento anti-turco o anti-islámico quizás sea un problema de quienes no entienden -o no admiten- que nuestra civilización es cristiana.
Así, debemos estar prevenidos y alerta frente a los intentos de secuestrar los cargos representativos y emplearlos para fines torcidos. En el Reino Unido, ya ha habido una reacción frente a la islamización de la política y el borrado de la identidad británica so pretexto de la tolerancia. Para el día 16 de mayo hay convocada una manifestación en Londres que bajo el lema«Unite The Kingdom» llama a los ingleses, los escoceses, los galeses y los irlandeses del norte a salir a la calle para reivindicar el país que, por derecho, les pertenece y la identidad que, con toda razón, quieren preservar.
Por supuesto, contra la defensa de las identidades nacionales, se han activado todos los mecanismos del progresismo europeo desde la censura en los medios de comunicación hasta las detenciones por mensajes en X (el antiguo Twitter). Las campañas contra Elon Musk y Telegram representan la tendencia de lo que nos espera a los europeos. Sin embargo, debates como el de Viena y manifestaciones como la de Londres demuestran que los europeos no hemos dicho aún nuestra ultima palabra.
Esta columna pide una estatua, en cada capital europea, para Jan III Sobieski, rey de Polonia.