Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Alfaguara. Barcelona, 2026. 288 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Recuperación de una de las más brillantes y singulares novelas del autor irlandés, Premio Príncipe de Asturias
Por Carmen R. Santos
“Entre las cosas que creamos para que les sirvieran de consuelo, el amanecer da buen resultado. Cuando la oscuridad se desmenuza en el aire como terso y blando hollín y la luz se extiende despacio por el Este, todo el género humano, menos sus miembros más desdichados, vuelve a vivir. Los inmortales solemos disfrutar del espectáculo, esa diaria resurrección menor, reunidos en los parapetos de las nubes con la mirada puesta en ellas, nuestras queridas criaturas, mientras se remueven para recibir al nuevo día. Qué mutismo cae entonces sobre nosotros, el triste silencio de nuestra envidia”. Quien así habla es el dios Hermes, singular narrador en primera persona y también narrador omnisciente, de Los infinitos, la novela de John Banville (Wesford, Irlanda, 1945), escrita tras su obra anterior, El mar, y alzarse con el Premio Booker en 2005, y que ahora, tras aparecer Nocturno de Venecia en Alfaguara, este mismo sello recupera Los infinitos.
El Premio Príncipe de Asturias 2014 toma la idea del teatro clásico griego en el que los dioses intervienen en la vida de los humanos. En general son deidades inclementes y vengadoras o en un caso bastante excepcional, como el de Atenea en Orestiada, de Esquilo, impartiendo justicia y rompiendo el ciclo de sangre.
Pero Banville da una vuelta de tuerca presentando a unos dioses irónicos y con retranca como el narrador Hermes, que más que nada observan por divertirse en su aburrimiento, y con un cierto toque melancólico, pues envidian a los hombres especialmente por su fragilidad y mortalidad, lo único que les permite ser conscientes del inevitable paso del tiempo, que otorga a sus existencias tanta intensidad como sufrimiento, mientras que ellos habitan en una eternidad y “estéril perfección”: “Creen -reflexiona Hermes- que nosotros somos los afortunados por vivir para siempre, pero no entienden nada. Los verdaderos infinitos son ellos, porque al saber que todo se termina, consiguen que cada pequeño e insignificante instante sea único, absoluto y sagrado».
Tampoco pueden gozar del amor humano si no es mediante engaño, como en Los infinitos cuando Zeus se trasmuta en Adam -según nos cuenta Hermes-, el marido de Hellen, dos de los personajes de la novela, para acostarse con ella, en un recuerdo del mito de Anfitrión, recreado por Plauto, Molière, Heinrich von Kleist O para entrar en un contacto más directo con los humanos, han de tomar su forma, como sucede con el dios Pan encarnado en el grotesco Benny Grace que se pasea por Arden -evoca el bosque de Arden de Cómo gustéis, de Shakespeare y Ardis Hall, de Ada o el ardor, de Nabokov, autor predilecto de Banville-, un caserón campestre en Irlanda, e incordia a sus habitantes.
Todo se desarrolla en un día en Arden, donde está en coma y moribundo el matemático Adam Godley, tras haber sufrido un derrame cerebral que provoca que toda su familia se congregue en la finca a la espera del fatal desenlace, ¿se producirá?, ¿realmente está ya en otra esfera?: su segunda esposa, Ursula -la primera se suicidó- que intenta superar la angustia con el alcohol; su hipocondriaca hija Petra; su hijo Adam aplastado por la sombra de su padre – “No está condenado a muerte, todavía no, sino a una vida en la que cree no encajar bien”, dirá Hermes; su bellísima y sensual nuera Hellen, con resonaciones de la Helena de Troya, que despierta el deseo de Zeus. Y, junto a ellos, los criados Ivy Blount y Duffy; Roddy Wagstaff, pretendiente de Petra, que aspira a convertirse en el biógrafo oficial de Adam Godley; Benny Grace (irónico nombre), que se presenta en la casa como viejo amigo del moribundo -y que cumple una interesante función; y el perro ladrador Rex.
John Banville, y su alter ego Benjamin Black, es una voz imprescindible. En Los infinitos nos sirve una brillante novela, con múltiples elementos metaliterarios: teatro clásico griego: mitología; Shakespeare; Nabokov; Chéjov…, que no son mero alarde culturalista sino que se integran en la trama y contribuyen a su riqueza, y título bifronte: la infinitud de los dioses que, sin embargo, añoran la finitud de los humanos, y la obsesión del matemático Adam Godley -tan genial en su trabajo como fracasado en su vida personal- por investigar la existencia de infinitos universos paralelos, En el marco de Arden, una suerte de Arcadia no precisamente llena de paz ni idílica -¿la Arcadia es posible? - explora el siempre complejo universo de la familia, y nos plantea, sin engolamiento, preguntas de cuño existencial.