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A vueltas con Gibraltar

jueves 23 de febrero de 2012, 21:25h
Le ha dicho Cameron a Rajoy lo que todos los políticos británicos vienen diciendo a sus colegas españoles desde que la Asamblea General de la ONU, en 1967, señalara que para el tema de le descolonización de Gibraltar debía aplicarse el principio del respeto a la integridad territorial de los estados y no el de la autodeterminación de los pueblos: que los que tienen que decidir son los gibraltareños. Tanto como decir que naranjas de la China, o “ad calendas graecas”, o que si quieres arroz Catalina, o qué largo me lo fiais. Claro que entonces los británicos lo tenían más fácil, dado que al no ser España un país democrático, ¿cómo iban a someterse los pobres llanitos a la negra dictadura del general Franco? Pasó Franco, llegó la democracia y seguimos en las mismas, mostrando, por si necesario fuera, que desde Utrecht los británicos le han tomado gusto al Peñón y no albergan la menor intención de abandonarlo. Se pongan como se pongan los españoles.

La verdad es que los españoles poco han hecho para recuperar el famoso peñasco, que entre dimes y diretes varios y al compás de la complicada historia que el país ha vivido desde la Guerra de Sucesión, allá por los comienzos del siglo XVIII, la falta de convicción aliada a la escasa fuerza ha dejado que el tema se enredara en provecho de la pérfida Albión y en demérito de las razones patrias, sin llegar a comprender nunca que a los ingleses sólo se les expulsa con contundencia, coherencia y paciencia. Como en general ocurre con todas las pertenencias coloniales que en el mundo han sido. ¿O es que alguien cree todavía que Londres abandonó Hong Kong porque una parte del territorio estaba sometido por el tratado de cesión a una caducidad temporal? ¿O que se fue de la India en un gesto de magnanimidad hacia sus habitantes? ¿O que cedió amablemente Palestina para permitir que Israel comenzara a existir?

Los gibraltareños nunca encontrarán una razón suficiente para integrarse en España, se ponga como se ponga en gobierno de Madrid y sean cuales sean las dádivas que se les ofrezcan porque, ¿quién va a renunciar voluntariamente a la situación paradisiaca que suponen vivir en una burbuja colonial lejos de la metrópoli, beneficiándose de un espacio ausente de impuestos y sobrado en marrullerías que, para colmo, goza de la vecindad de la Costa del Sol y otros soleados y atractivos parajes del sur ibérico? Pretender otra cosa supondría grave ignorancia de la naturaleza humana en general y de los gibraltareños en particular, que presumiblemente solo comenzarán a mover sus lustrosos traseros cuando comprendan que sólo en España está el futuro de su vivencia. Y eso supone la puesta en práctica de fórmulas exigentes que sólo el ministro Castiella en tiempos modernos estuvo dispuesto a aplicar, cuando dedujo que nada cabía esperar de la Gran Bretaña, dijera lo que dijera las Naciones Unidas, y optó por cerrar la verja. Dicen los gibraltareños que ello solo sirvió para fortalecer el espíritu numantino de resistencia, pero la verdad es que la colonia se las vio y se las deseó para superar las dificultades del momento y posiblemente nunca estuvo España en mejor situación negociadora que aquella: fue precisamente con la verja cerrada cuando, siendo Oreja ministro de Asuntos Exteriores, Londres accedió por primera vez a incluir la soberanía entre los temas de negociación. Momento estelar echado a perder, como tantas otras cosas, por el dúo González- Moran, a quienes les faltó tiempo en 1982 para abrir la encadenada verja en un gesto gratuito que ni entonces ni ahora ha tenido correspondencia. Por no hablar del delirio moratiniano, que acabó convirtiendo el contencioso en una conversación a dos entre España y el gobierno gibraltareño. Los británicos no hubieran podido soñar mejor cosa.

Entre tanto, y por razones varias, que naturalmente incluyen la pertenencia británica y española a la UE y las obligaciones correspondientes, Madrid ha ido desgranando concesiones -líneas telefónicas, por ejemplo- que hacen todavía más innecesario un cambio de actitud por parte de los gibraltareños. Y consiguientemente de sus patrones los británicos. Que por su parte no han desperdiciado ocasión para socavar la reivindicación española tanto en foros multilaterales como en los bilaterales. Así, el Reino Unido está embarcado en una activa campaña para conseguir que Gibraltar desaparezca del catalogo onusiano de territorios coloniales y dependientes mientras que palmariamente alienta las ansias autonomistas, por no decir independentistas, del minúsculo territorio y su no menos minúscula población. No está muy lejos el modelo Belize, muestra acaba de cómo una posesión colonial británica termina por cercenar la integridad territorial de un país –en este caso Guatemala- para convertirse en una formula neocolonial grata a los intereses de la antigua metrópoli. Claro que ello chocaría directamente con lo previsto en el Tratado de Utrecht. Si no fuera porque los hijos de la pérfida Albión han sido siempre maestros para cortar el traje del derecho internacional a su medida. Y por tamaño que no quede:¿acaso no son independientes Andorra; y el rosario de islas-mini- estado caribeños que tienen la Union Jack por enseña y a la Reina como Jefe de Estado?

Es bueno y necesario recurrir al patriotismo cuando se reivindica Gibraltar e incluso espetar a quien se ponga por medio un castizo “Gibraltar español” pero lo es mejor el recordar las profundas razones por las cuales antes y ahora se pide desde España su descolonización. La Roca es una constante amenaza a nuestra soberanía, que no controla la presencia militar británica en el área, ni los abundantes tráficos ilícitos de todo tipo que en ella se producen ni la multiplicidad de aspectos medioambientales que contaminan y afectan directamente a la vecindad española circundante. Porque mal que nos peses y aunque la poesía nos asista, Gibraltar no es español. Y no está claro cuando, si alguna vez, volverá a serlo.

El general Franco, con aquello de que “Gibraltar caería como una fruta madura”, lanzaba un doble mensaje: que España no recurriría a la fuerza para recuperar el Peñón y que las circunstancias acabarían por concedernos la razón historia. En verdad nadie desde este lado del conflicto debería imaginar la utilización de la violencia bélica para resolver el contencioso pero tampoco admitir la parte errada del pronóstico: los británicos no madurarán si España no es capaz de crear las condiciones para ello. Y ello, en román paladino, consiste en hacer la vida complicada para los que en Gibraltar moran o habitan y para los que desde Londres teledirigen los destinos de la colonia. No es esta una proposición fácil ni agradable, entre otras cosas porque la lenidad con que las recientes administraciones españolas han tratado el tema del Peñón ha conducido a una extensión cancerígena de intereses ajenos a los de los españoles que viven en los terrenos colindantes. En algún sentido Gibraltar ha colonizado también el Campo de Gibraltar. Pero, que duda cabe, esa dimensión problemática debe también entrar en los complicados cálculos del problema, situado como desde hace tiempo lo está en los cuernos del dilema: ni abandonar la reivindicación ni desconocer sus inciertos vericuetos.

Lamentan los anglófilos españoles que Gibraltar enturbie unas relaciones bilaterales que de otra manera estarían dominadas por sentimientos idílicos de fraternidad –como si de nuevo estuviéramos luchando contra los franceses bajo el mando de Wellington- y tienden a minusvalorar u olvidar el controvertido tema –cuya evocación, es cierto, puede llegar a producir aburrimiento entre los más entusiastas-. Pero nada desearían mejor los británicos que acabar enterrando el tema por cansancio del adversario. Y aunque parezca remoto, bazas no faltan en la posición española. Entre ellas la de poder explicar a los miembros de la Alianza Atlántica, ahora que los iluminismos zapatero-moratinianos no guían ya nuestras relaciones con Washington, que España puede encontrar acomodos defensivos que satisfagan los intereses globales del occidente en el despliegue del Estrecho, en la conjunción operativa de Rota y Gibraltar. Es fundamental ganar a los americanos para la causa española. Precisamente lo que no pudo hacer Castiella en su momento.

Es esta, como todo el mundo sabe, una larga batalla que solo podrá ganarse con tesón, paciencia y discreción. Cuartos al pregonero los justos. Tuercas apretadas bajo la mesa todas las que se puedan. Demos a los argentinos toda nuestra solidaridad por su afán de recuperar Las Malvinas. No lo hagamos para seguir sus ejemplo táctico o su forma reclamatoria. Acertaba Leopoldo Calvo Sotelo cuando calificó aquello que ocurría en el Atlántico Sur como “distinto y distante”. No es conveniente que las emociones aneguen a la razón.

Y que los españoles se preparen para reanudar una larga e incierta travesía. A lo mejor no llegan nunca a ver plenamente satisfechos sus deseos de un Gibraltar español pero si lo hacen bien quizás consigan, como aquel pastor del cuento que quería llegar con una piedra de su honda a la luna, convertirse en los mejores practicantes de un arte no siempre bien comprendido por los pagos ibéricos: la encarnizada defensa de los intereses nacionales.

Javier Ruperez
Embajador de España

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