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Una oposición medida y comedida

Javier Zamora Bonilla
martes 28 de febrero de 2012, 21:18h
La cercanía de las elecciones andaluzas, con la importancia que esta tierra tiene para el poder orgánico del PSOE, está impidiendo que el Partido Socialista haga la reflexión de fondo, necesaria, para analizar las profundas causas de las derrotas electorales del pasado año. Escudarse en la crisis económica –aunque tampoco se pueden obviar los efectos que ésta ha producido en el desgaste de todos los gobiernos– es quedarse en la epidermis del problema. No insistiré en algo que ya he comentado en otros artículos, pero sí quiero señalar que sería un grave error, si finalmente se consigue “salvar” Andalucía, que esta reflexión se postergarse sine die. No obstante, va a ser difícil que el PSOE mantenga el poder en Andalucía, y, si pierde las elecciones, entonces sí se abrirá la caja de los truenos, aunque da la impresión de que será una tormenta orgánica y no ideológica.

Las encuestas están dando unos resultados muy ajustados y las combinaciones para la formación de un Gobierno del PP en Andalucía pasan por una mayoría absoluta de este partido o por el apoyo del diputado que pudiera conseguir UPyD, siempre que el PP se quedara a un solo escaño de la mayoría absoluta. Parece difícil que Izquierda Unida pueda repetir la experiencia extremeña y posibilitar un Gobierno del PP en minoría, aunque habrá que esperar a ver el resultado y si en IU se produce una nueva rebelión local frente a la dirección madrileña, con ánimo de revancha frente a unos dirigentes socialistas andaluces que durante años han menospreciado a IU.

De aquí al domingo electoral será difícil que el PSOE cambie su discurso, pero el día después de las elecciones la dirección del Partido debería asumir que va a pasar muchos años en la oposición, por lo menos cuatro, y no sólo en el Gobierno de España sino también en gobiernos autonómicos, municipales y provinciales. Esta asunción debería llevar a sus dirigentes a realizar una oposición que evite la crispación y busque el consenso.

Convendría darse, al menos, un plazo de tres años para experimentar esta nueva forma de hacer política. Así se evitarían los mismos errores que el PP cometió –y que el PSOE denunció– durante los Gobiernos de Zapatero. Sobre todo y principalmente, una oposición medida y comedida permitiría transformar la política en algo constructivo y olvidar así la constante lucha de insultos y frases ocurrentes, que son un menosprecio de la inteligencia del ciudadano medio, el cual puede estar más o menos próximo a un partido pero no cree en sus dogmas como en la Virgen del Pilar.

Es cierto que el Gobierno de Rajoy no está poniendo nada fácil hacer una oposición comedida. En algunas materias, sus propuestas son claramente una contrarreforma y siguen el ejemplo contrario de los dos momentos en que la política española contemporánea ha cosechado mayores éxitos: la Restauración y la Transición. En ambas, el partido de turno asumía esencialmente las políticas del Gobierno anterior, por mucho que las hubiese criticado, y en la consecución de derechos y en la democratización del sistema se evitaban siempre los pasos atrás.

El PSOE tiene que hacer una oposición en la que señale claramente sus discrepancias con el Gobierno y tiene que utilizar en su labor de oposición todos los mecanismos que le permite el Estado de derecho, aunque no estoy seguro de que sea buena vía seguir con la judicialización de la política por medio del constante recurso al Constitucional. Simultáneamente, el PSOE tiene que buscar los consensos de fondo y los acuerdos institucionales que permitan un buen funcionamiento del sistema democrático. El Gobierno y el partido que apoya al Gobierno tienen que facilitar esta tarea y ofrecer esos consensos desde la tolerancia y la concordia. Por ejemplo, es imprescindible la renovación del Tribunal Constitucional con juristas de prestigio que estén por encima de las luchas partidistas. Al mismo tiempo, se debe alcanzar el compromiso de que ni en esta ni en otras instituciones que requieren el acuerdo de los partidos políticos para el nombramiento de sus representantes se puede volver a vulnerar tan flagrantemente la ley demorando sin fecha el mandato constitucional.

Tengo la sensación –y pienso que la misma tiene su fundamento en las encuestas– de que los ciudadanos están cada vez más hartos de los políticos porque piensan que no solucionan sus problemas sino que, por el contrario, ellos mismos se han convertido en problema por los privilegios de que gozan, por la liberalidad con la que utilizan el dinero público, por los numerosos casos de corrupción que aparecen un día sí y otro también, por... Esta imagen que muchos ciudadanos se hacen de la vida política es un tanto injusta y no siempre certera con la realidad, pero está ahí, y es una cuestión muy seria porque se están larvando los gusanos de un populismo del que los países hispanoamericanos y la Europa de entreguerras pueden darnos ejemplos históricos cuyas consecuencias nos son ya conocidas.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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