Nuestro tesoro
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 02 de marzo de 2012, 21:18h
Cuando Alejandro Magno entró en Susa, además de apoderarse de un tesoro, valorado en cincuenta mil talentos de plata, también se adueñó de otros muchos objetos de valor que allí había acumulado Jerjes de sus expediciones por Grecia ciento cincuenta años antes, entre los que estaban las dos grandes estatuas de bronce de Harmodio y Aristogitón, las dos primeras estatuas humanas exentas que levantaron los griegos en el ágora de Atenas ( anteriormente todas las estatuas y relieves griegas sólo tenían que ver con dioses, ninfas, héroes mitológicos o fuerzas de la naturaleza ), como homenaje a dos tiranicidas humanos, con nombres y apellidos, que en la leyenda griega de la libertad son el símbolo y comienzo de los ideales de la Dêmokratía. Alejandro devolvió estas estatuas, cuyos nombres eran epónimos-sinónimos de la libertad, a los atenienses, que las emplazaron nada más recibirlas en el barrio del Cerámico, justo en el camino que conduce en dirección a la Acrópolis, entre el Metroo y el altar de Eudanemos, que tenía que ver con los misterios eleusinos. Del mismo modo, Alejandro Magno incendió la ciudad de Persépolis por los cuatro costados, como acto de represalia y venganza por los incendios de la vieja Acrópolis de Atenas en el 480 a. C. a manos de los persas, con lo que, al menos moralmente, parecía que los griegos podían haber quedado ya vengados del ultraje.
Pues bien, se dice que cuando los atenienses recibieron las estatuas de los valientes y audaces – según la leyenda fundacional de la Democracia - Harmodio y Aristogitón, víctimas del último pisistrátida, se pusieron muy tristes y melancólicos, y hasta hubo muchos que derramaron abundantes lágrimas. Pues si bien se alegraban de recibir un muy querido y deseado patrimonio nacional, aquellas estatuas también les recordaban el inicio de un enorme imperio ( la liga ático-délica ) que ya no volverían nunca más a ver ante el ímpetu indesmayable de los macedones.
Algo así nos podría suceder ahora a algunos españoles con la feliz recuperación del tesoro de la grácil y esbelta fragata “Nuestra Señora de las Mercedes”, gracias a la tecnología punta de la empresa Odyssey y al respeto a la ley de la gran Democracia Americana. Efectivamente, hubo un tiempo en que España fue muy grande y poderosa. Y eso que sabemos por los libros, a veces lo podemos tocar en nuestros palacios, iglesias, conventos, centros culturales, viejos cuarteles, antiguos hospitales, edificios gubernamentales, o museos.
Ahora que España está en horas bajas en demasiados ámbitos, que no vamos a especificar por ser demasiado patentes, este colosal tesoro arrancado al Esposo de la Playa nos puede aportar energía espiritual tanto a nuestro patriotismo – tantas veces sentido de un modo vergonzante y acomplejado debido a la nefanda demopedia gubernamental de los últimos treinta años – como a nuestro orgullo nacional, que transciende no sólo a los que nos representan, sino también a todas las formas de gobierno.
Efectivamente, fuimos grandes. Nuestros soldados y navegantes, igual de descalzos que los indígenas, descubrieron y conquistaron un nuevo continente, circunnavegaron por primera vez el Globo Terráqueo rompiendo el “Non Plus Ultra”. Llegaron a las fuentes del río Mekong haciendo a Felipe III Emperador de Camboya, descubrieron y conquistaron Las Filipinas y otras muchas islas del Pacífico. Nuestra cartografía alumbró el Orbis Pictus de Comenius. La Escuela de Salamanca creó el primer Derecho Internacional, a través del De Indiis del padre Vitoria, que reconocía la igualdad radical de todos los hombres, que respondía a la dignidad sagrada de una única naturaleza humana, con derecho a la vida, la libertad política y la propiedad ( doscientos cincuenta años antes que el Bill of Rights de Virginia ). España ha dejado intactas las semillas genuinas de todos los países por donde llena de humanidad ha pasado como colonizadora. Si ha podido decirse que donde el caballo de Atila pisaba, la hierba no volvía a nacer, se puede decir igualmente que bajo la bota del conquistador español – que la mayoría de las veces iba descalzo – la tierra quedaba sembrada para siempre de la semilla de una civilización eterna. En la pluma de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz nuestro idioma tiene un rumor sobrehumano, como de alas angélicas. Montesquieu decía que el pecado de España fue la probidad; y es cierto, sólo que no es pecado sino virtud; virtud de los pueblos fundamentalmente heroicos; casi se podría decir de heroísmo genial. España es Cervantes, Santiago Ramón y Cajal, Severo Ochoa, Isaac Peral, Juan de La Cierva, Isabel de Castilla, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Velázquez, Zurbarán, Picasso, Dalí, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez Solana, Berruguete, el padre Feijoo, Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Vives, Loyola, Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca, Saavedra Fajardo, Zorrilla, Marcelino Menéndez y Pelayo, Clarín, Galdós, Valle Inclán, Menéndez Pidal, Ángel Ganivet, Lorca, Unamuno, Ortega y Gasset, Baroja, Maeztu, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Alberti, Gabriel Miró, el Arcipreste de Hita y Sem Tob de Carrión. No hay pueblo sobre la faz de la tierra que haya dado estos frutos.
Todas estas cosas las sabemos, las conocemos, pero necesitamos rememorarlas en estos momentos de baja autoestima nacional. Mientras los ingleses en el siglo XVIII cortaban los dedos pulgares de las indias canadienses para proteger sus hilaturas y demás fábricas textiles, España había instaurado más universidades en el Nuevo Mundo que las que tenía Inglaterra y su naciente imperio, incluidas las colonias americanas.
Esta profunda crisis económica, que todos en mayor o menor medida padecemos, causada por la incompetencia oceánica de nuestros gobiernos, no será capaz de romper España. Si España ha sobrevivido al disolvente Zapatero, está entonces preparada para sobrevivir los siguientes mil años. Ea, que somos españoles, que no decaiga nuestro ánimo milenario, y parafraseando y remedando a San Pablo ( II Corintios, 4,8-17 ), podemos decir: “Atribulados en todo, pero no deprimidos; apurados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados por los manes patrios; derribados, pero no aniquilados. Pues nuestra ligera tribulación del momento está labrando para nosotros y nuestros hijos un nuevo renacer nacional de gloria y orgullo.”
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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