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Crónicas venecianas. El origen de la vida

José María Herrera
sábado 03 de marzo de 2012, 12:07h
Los científicos suponen que la vida surgió de la materia hace unos cuantos millones de años. Ninguno sabe muy bien cómo ocurrió esto, pero cualquiera de ellos daría un brazo por reproducir experimentalmente la extraordinaria conjunción de circunstancias que la hicieron posible. ¿Puede imaginarse algo más fascinante que la vida balbuciente rompiendo la cáscara de la inercia igual que un tierno polluelo? Claro que si se investiga esto no es por el gusto de descubrir los misterios de la naturaleza. Conocer las condiciones iniciales en que apareció la vida constituye el requisito básico para producirla artificialmente, una posibilidad que, amén de dejar obsoleto al doctor Frankenstein, reportaría ganancias fabulosas.

Siempre que se habla de ganancias fabulosas es inevitable pensar en Venecia, la ciudad donde desembocaron durante siglos los recursos de medio mundo. Algunos piensan que es también el lugar ideal para plantearse el problema del origen de la vida. El motivo no creo que sea el influjo de Darwin, quien imaginó el principio en una charca de agua templada en la que coincidieron diversos materiales en condiciones singulares de luz y calor: fósforo, sales de amoniaco, etc. Lo cierto es que dos de las entidades punteras en el empeño de crear vida a partir de la materia inanimada han elegido la laguna para sus experimentos: Protolife, empresa de investigación cuyos laboratorios están en Porto Marghera, el complejo industrial por el que todavía se vilipendia a Giuseppe Volpi, padre también del festival de cine, y el European Centre for living technology, institución ubicada en el monasterio benedictino de San Servolo, una de las islas próximas a la ciudad. Al parecer, y pese a lo que suponen los turistas asediados por los gondoleros, Venecia no está tan muerta como se dice.

El director científico de Protolife es Norman Packard, físico norteamericano que saltó a la fama por haber creado siendo estudiante un programa de ordenador capaz de calcular con precisión donde caerá la bola de una ruleta –algo que disgustó a los empresarios de las Vegas- y luego, convertido en profesional de la investigación, por inventar otro con el que parece ser eliminó parcialmente las incertidumbres de la bolsa. Ninguno de esos programas es fiable al cien por cien, pero Packard ha obtenido con ellos dinero suficiente para financiar un ambicioso proyecto: la creación de células artificiales pensadas para realizar cierto tipo de tareas como la limpieza de residuos o la síntesis de medicamentos y vacunas. Estas células, aunque mucho más simples que cualquier célula biológica, cumplirían los tres requisitos que se consideran necesarios para hablar de vida (tener un metabolismo, reproducirse y transmitir ciertos rasgos a sus descendientes que hagan posible la evolución de acuerdo con la selección natural) y, por tanto, vendrían a ser como el eslabón perdido entre el orden material y el biológico.

La otra institución citada, el European Centre for living technology, tiene en apariencia un propósito más acorde con la primitiva dedicación del lugar donde se halla su sede (primitiva porque la isla de San Servolo ha sido también hospital psiquiátrico): anticipar las consecuencias éticas, jurídicas y sociales que puede depararnos la obtención de vida a partir de la materia y reflexionar sobre ello. Aunque no estoy al tanto del tipo de personas que suelen ser invitadas a los debates, parece ser que se trata fundamentalmente de expertos en biotecnología: gente a la que entusiasma mucho más el soberbio cromatógrafo líquido que hay en el laboratorio de la casa que las hermosas vistas que se ofrecen de la laguna desde cualquier punto de la isla. Sus objetivos no son crematísticos, como los de Protolife, pero sus invitados no están al margen del negocio. Tal vez sea lo lógico.

Pero: ¿qué pinta Venecia en todo esto? Decía Brodsky que el papel actual de Venecia es permanecer en sí misma mientras el resto del mundo cambia. Se trata evidentemente del dictamen de un poeta y no del slogan de un demagogo. Ojalá fuera posible salvar la belleza de la zarpa del tiempo. Aunque el problema de Venecia no es el envejecimiento. Prueba de ello es que detrás de cualquier desvencijado edificio medieval puede haber un laboratorio de última generación. Su problema, el problema de la belleza, es que ésta siempre acaba formando parte del botín de los triunfadores y que los triunfadores, a veces, lo único que saben hacer con ella es mancillarla.
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