Yéremi Vargas, ¿por qué ahora?
miércoles 07 de marzo de 2012, 21:31h
Cuando el pasado fin de semana la Guardia Civil convocó a los medios a una rueda de prensa en relación al caso de Yéremi Vargas, la expectación creada fue de tal magnitud que los propios convocantes tuvieron que aclarar, antes del lunes. que se trataba, en realidad, de reactivar la búsqueda del niño desaparecido en 2007 dando a conocer pistas que hasta el momento se habían mantenido ocultas y apelando, al mismo tiempo, a la colaboración ciudadana. Aclarado el tema de que no se iba a informar de ningún resultado por la sencilla razón de que no lo había, el teniente coronel Manuel Llamas presentó un cuidado vídeo con imágenes inéditas de Yéremi y un resumen de los principales indicios que cinco años después parecen ser los únicos con los que se cuenta para seguir intentando averiguar qué fue lo que sucedió aquel día de carnaval en el que Yéremi no regresó a casa para comer.
Resulta comprensible que una de las primeras preguntas que se le formuló al teniente coronel Llamas hiciera referencia a las razones que habían motivado esa inesperada exposición pública de los pasos que había recorrido la investigación hasta el momento. ¿Por qué se sacaba a la luz todo lo que se había ocultado? En todo caso, ¿por qué ahora? Es de sobra conocido que cualquier tipo de investigación policial mantiene en secreto algún dato, de mayor o menor relevancia, que le sirve para valorar las informaciones de los testigos con la seguridad de que no se han visto contaminadas por lo publicado en la prensa. Igual que para evitar la acción de esos parásitos o carroñeros que, sin participar directamente en la acción criminal, pretenden lucrarse de ella haciéndose pasar, por ejemplo, por unos secuestradores. O la intervención de los inevitables médiums que también quieren hacer su agosto a costa de la desesperación de unos padres que lo darían todo con tal de recibir una pista fiable que les conduzca hasta su hijo. Vivo o muerto. Porque, aunque la esperanza no se abandona jamás mientras no haya unos restos que velar o, como en espeluznante caso de Marta del Castillo, hasta que exista una confesión de lo trágicamente acaecido, llega un momento en el que lo único que pretende ya la familia a la que se le ha arrebatado uno de sus miembros es saber lo que ha pasado.
El portavoz de la Guardia Civil lo explicaba precisamente en este sentido: se consideró que era mejor para la búsqueda no hacer públicos ciertos datos. Sin embargo, ahora, a punto de cumplirse el quinto aniversario de la enigmática desaparición y después de haber investigado a 195 acusados de pederastia y a varias personas más vinculadas a este tipo de delitos, incluida la numerosa colonia de extranjeros en Canarias – especialmente británicos -, así como de haber buscado restos de ADN en el interior de 2.400 vehículos que coincidían con la marca, el modelo y el color de los que fueron vistos cerca del lugar de la desaparición, parece haber llegado el momento de dar a conocer la mayoría de los detalles. Incluida la descripción exacta de la ropa que vestía el niño ese día y la característica mancha de nacimiento que tiene debajo de la clavícula.
Pero, ¿se trata únicamente de impedir que Yéremi caiga en el olvido o, por el contrario, se encuentran muy cerca del final sólo a falta de una confirmación que ha de llegar desde la colaboración ciudadana? La reacción de la familia, que durante todo este tiempo ha parecido cumplir escrupulosamente con las directrices de los investigadores, ha sido claramente positiva, quizás porque tenían puntual conocimiento de las pesquisas que se llevaban a cabo y, por lo tanto, no se han preguntado, como sí ha hecho la opinión pública en general, por las razones de una espera de 5 años para solicitar la colaboración ciudadana. O porque – ojalá sea este el escenario - barajan la segunda de las opciones planteadas.
Ya hemos tenido la ocasión de ver con anterioridad cómo los primeros momentos de una investigación son clave para el resultado de la misma.
Sobre todo, en casos tan misteriosos y truculentos como el de Ruth y José, de quienes parece haberse volatilizado cualquier tipo de rastro presuntamente a manos de su padre, el hombre que nunca se sienta en un banco público y que se mantiene firme en su versión a pesar de los informes policiales que la desmontan por completo. Decidir qué rumbo deben tomar las pesquisas para aclarar la desaparición de una persona no debe de resultar sencillo, aunque después cualquiera se atreva a opinar sin conocimiento que las cosas podrían haberse hecho de un modo mucho más efectivo. Y si en casos de tanta trascendencia pública como el de Yéremi o el de los niños de Córdoba, cuesta entender la falta de resultados a pesar de tantos esfuerzos y de que su rostro ocupe portadas y carteles, no hace falta preguntarse por el estado de ánimo de las familias de otros desaparecidos cuyos nombres nos resultan casi ignorados. Basta echar un vistazo a las webs de algunas de las asociaciones creadas por las familias afectadas, como Inter-SOS o SOS desaparecidos, para hacerse una idea de la dimensión de tan trágico asunto.
El recuerdo nunca se entierra, pero no se puede construir un recuerdo cuando el tiempo se ha detenido en el instante en que desaparece una persona y dejan de existir para siempre el pasado y el futuro. Veinte minutos bastaron en el caso de Yéremi para que todo se convirtiera en un doloroso presente que sólo se vive para continuar buscándole y esperándole. Igual que a Sara Morales, a Cristina Bergua, Amy Fitzpatrick, Manuela Torres, Virginia Guerrero, Juan Pedro Martínez, Eduardo Beitia y todos aquellos de quienes sus familias no han vuelto a tener noticias.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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