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El legado de la constitución de 1812

viernes 09 de marzo de 2012, 21:57h
Aunque parteada en la gaditana iglesia de San Felipe Neri durante la guerra contra el francés (así se llamó hasta bien entrado el ochocientos), los allí refugiados –pronto llamados “afrancesados ideológicos”–, fueron capaces de partear nuestra primera Constitución, terminada el 19 de marzo de 1812. Por coincidir con la festividad de San José, pasó a ser denominada “La Pepa”. Pues bien, a la Pepa debemos los grandes principios que ya durarán en todo nuestro constitucionalismo histórico. Necesariamente sintetizados, así pueden exponerse:

a) El mismo constitucionalismo. Frente a la concepción de la Constitución interna, a partir de ella quedará sentado el supuesto de que todo tipo de régimen debe plasmar en un texto escrito (ley de leyes) la regulación de su política.

b) La soberanía nacional. Cuando el pueblo español advierte la forzada ausencia del Rey Fernando, toma conciencia de que la soberanía estaba en él mismo y así lo expone en el artículo tercero: “La soberanía reside esencialmente en la Nación y, por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. Solemne declaración que recorre los países europeos, con aplauso de algunos y con resistencia de aquellos otros en los que todavía dominaba el poder absoluto. En la América Latina se encontró el supuesto del que partir para su posterior historia de independencia.

c) El principio de la misma libertad. En realidad, estaba ya en las proclamas y declaraciones de los luchadores contra el francés. El artículo cuarto del texto dice así: “La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen”. Por primera vez estamos ante la aparición de derechos propios de la burguesía naciente, tanto más cuanto la Constitución recoge luego una larga serie de derechos y obligaciones. Sobre todos ellos la libertad de expresión, que se traduce de inmediato en la legitimidad de la opinión pública, otra aportación fundamental.

Y d) La división de poderes. Con las tesis de Montesquieu como fondo, la encontramos en el mismo Discurso: “el examen y la experiencia de todos los siglos han demostrado hasta la evidencia que no puede haber libertad ni seguridad, y por lo mismo justicia ni prosperidad, en un Estado en donde el ejercicio de toda autoridad esté reunido en una sola mano”. Algo que tampoco se olvidará en los decenios de nuestros siglos XIX y XX.
Por todo lo expuesto, bien viene el recuerdo de “La Pepa” nada menos que dos siglos más tarde.
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