El tema de nuestro tiempo
sábado 10 de marzo de 2012, 20:57h
En el Fausto de Goethe leemos que el denominado “espíritu de los tiempos no es en el fondo otra cosa que el espíritu particular de esos señores en quienes los tiempos se reflejan”.
Intelectuales de hoy día seguramente leerán esta frase proyectando sobre ella el concepto de “mandarines”, la nueva oligarquía socio-cultural con pretensiones de representación pública. Un reflejo que se refracta en imágenes parciales de política troceada. Una política cada vez más menuda, de coto y corro, entreverada, de quita allá que me pongo yo. La sucesión de esos tiempos ha logrado crear parámetros o, más bien, falsillas tales, que, rodadas en la noria de los ciclos legislativos, priman sobre los rostros que las estampan. Cada semblante es solo punto de proyección en el marco.
Los tiempos fáusticos de hoy día no son el tiempo. Tampoco sus señorías sellan el latido que lo constituye y define. El espíritu quedó parcelado y apenas se recompone entre los destellos de cada límite.
Teníamos un Gobierno bamboleado como un corcho en una tormenta ciega. Una oposición indignada y consciente del naufragio inevitable. Se han vuelto las tornas. Quien gobernaba antes a la deriva, se opone hoy. Quien contradecía ayer, es el ponente gubernamental de este tiempo que aún nos angustia. Cangilones de una noria aparente.
La apariencia del reflejo no deja ver el agua que se filtra por las ranuras, cada vez más abiertas, caños, del azud. El líquido recude y la potencia de la energía esperada se esmerila en el espejismo así creado.
El espíritu de nuestro tiempo se dobla como agua espesa de insomnio. El cuerpo se dilata y ondula a ritmo de cerebro mareado. Igualmente las palabras. Oscilan doblándose, con perfiles huecos. Sonámbulas. La rutina de los papeles, números, gráficos, encuestas, estadísticas, adormece. Y el sueño crea una rutina cuyas imágenes suplen a la realidad, casi siempre indómita.
La política ha conseguido crear una alternancia de noria o fluctuación de onda capaz de volver invisible la realidad más cruda del tiempo. Nos vuelve insensibles más allá de cuanto nos punza, fragmenta y esmerila. Hemos creado una sociedad sin rostro de tanta cara recurrente y desabrida.
Este espíritu social no tiene tiempo. Lo han delegado, con mayúscula, al dinero minúsculo del ciudadano que, vuelta a vuelta, giro a giro, desgrana la vida con su trabajo y ve, atónito, cómo discurre este entre sus manos vacías. Capital, Tiempo y Energía, sustituto del Espíritu, han conseguido rentabilizar hasta el espectro de la esperanza que el Trabajo suponía. La engullen economizando el esfuerzo con el paro.
¿Para qué queremos tantos políticos si la política trocea la realidad con el consenso y vuelca la voluntad del ciudadano en cangilones de un sistema que produce más restos que energía y operadores, y estos sin impulso?
El espíritu de estos tiempos está en quienes soportamos con tanta desidia la endogamia del Capital y la Energía con aceleración de Tiempo social y monetariamente manipulado. Una variable que el ciudadano no puede interpretar. No tiene tiempo realmente asequible. Será, seremos un resto continuo de la rotación política. Aquí, en nuestro país, la parte siempre es menor que la suma de sus ingredientes. Quienes miran con ojos elásticos, la convierten en masa.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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