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RESEÑA

Adolfo García Ortega: Pasajero K

domingo 11 de marzo de 2012, 14:07h
Adolfo García Ortega: Pasajero K. Seix Barral. Barcelona, 2012. 304 páginas. 19 €
Es un tópico repetir que los buenos libros son aquellos que mejoran con el tiempo. Si un libro es mañana mejor que hoy, entonces es que el autor ha acertado, y puede encarar con pie firme el camino de la trascendencia. Esto es importante, porque a los escritores les gusta mucho ese asunto de trascender. Sobre todo a los malos, que no son malos, sino que se están preparando para una trascendencia apoteósica. Esto de trascender, sin embargo, también tiene su lado oscuro. Tanta preocupación por la trascendencia puede llevar a la idea de que no puede haber libros, al mismo tiempo, buenos y oportunos. Que si un libro es hoy mejor que mañana, entonces algo de malo tiene el libro, porque dónde se ha visto eso de que haya libros que sean hoy mejores que mañana bajo la coartada de temas impostergables. Según esta teoría la literatura perentoria, sencillamente, no existe. Sin embargo, hubo un tiempo en el que se consideraba que los intelectuales tenían una cierta función social y esto, de alguna manera, no siempre es fácil de conciliar con la trascendencia, al menos con la trascendencia como patología.

Claro que, en España el papel de los intelectuales ha quedado desplazado por otras voces, más populares que -quizás precisamente por eso–, no suelen llevar su discurso más allá de un nivel folclórico, cuando no chusco o directamente trapacero. Puede que esto no sea del todo negativo. Puede que un país en el que el discurso político (en el sentido que se le puede dar al término “político” cuando se acepta que todo, en el fondo, es político de una u otra manera) esté monopolizado por los intelectuales se corra el riesgo de perder el contacto con lo popular. Sin embargo, también es posible que en España se haya perdido el equilibrio (probablemente no lo hemos perdido, sino que nunca lo hayamos tenido) y es posible que esto explique en parte la retórica borrosa y huera que nuestros dirigentes manejan, sabedores de que su fuego será combatido con fuego, es decir, con una discurso semejante y, por lo tanto, inane.

Pasajero K es una novela intelectual, y puede que, al usar este adjetivo, le estemos haciendo un flaco favor al autor, que, al fin y al cabo, lo que quiere es vender. Adolfo García Ortega, además de autor, es una de las figuras señeras del panorama editorial español, así que sabe muy bien que en esto de las letras, al final, las ventas son lo que mantiene el chiringuito. Para contrarrestar el golpe añadiremos que no es intelectual del modo en que lo pueden ser ciertas novelas, en las que personajes difusos caminan por ambientes brumosos, preguntándose por el sentido de sus vidas, mientras el lector deambula por las páginas e intenta no darse de bruces contra demasiadas perogrulladas existencialistas. Pasajero K es una novela intelectual siguiendo esa tradición zolesca y extraña que supone que el intelectual (o lo intelectual) es lo que está en relación con lo analítico y también con la denuncia. Intelectual no es -o no tiene que ser- una perorata sobre las contingencias del ser. Intelectual es (o puede ser) levantar el dedo que acusa.

Pasajero K se titula Pasajero K y se subtitula Una novela europea. Podría ser al revés. Debería ser al revés, de hecho. Una novela europea debería ser el título y Pasajero K el subtítulo, el eco que reverbera. Efectivamente, esta es una novela kafkiana, pero eso no quiere decir que lo que el lector se va a encontrar sea una fábula bisoña en un entorno opresivo y expresionista (Kafka no es exactamente esto, pero sus imitadores sí suelen serlo.) Lo que el lector va a encontrar es una novela que se articula como novela, pero que mantiene la porosidad entre géneros; que tiene un poco de fábula, pero se asoma a la novela negra; que dispone a sus personajes en un mundo efectivamente kafkiano -sobre todo por sus instituciones– hasta que resulta que ese mundo kafkiano es Europa, y, además, no una Europa de pesadilla, sino una Europa perfectamente plausible, una Europa documental, registrada por un director de cine desencantado y una periodista casi en ciernes.

En este principio de siglo hay pocos temas tan intelectuales y tan urgentes como Europa. Un territorio que, una vez más, busca definir sus límites y que tiene que hacerlo enfrentado a su geografía, a sus nacionalidades, a sus contradicciones, a su historia y a sus culpas. Pocas propuestas podrán analizarla con la complejidad con que lo hace García Ortega. Pasajero K no solo es una novela valiosa. Es una novela valiosa que, por su pertinencia, seguramente sea hoy más valiosa y necesaria de lo que lo será nunca.


Por Miguel Carreira
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