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La Monarquía no es un lujo añadido de la democracia

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 11 de marzo de 2012, 20:54h
La complicada situación judicial en la que está el yerno del rey ha abierto las compuertas a una riada de productos informativos que han puesto en duda la continuidad de la Monarquía en España. Ese anti-monarquismo no aparece con la imputación de Urdangarín; ha existido siempre y viene a coincidir con sectores ideológicamente contrarios a la Constitución de 1978, tanto por la izquierda como por la derecha políticas. El anti-monarquismo derechista (que no es conservador sino radical) ha prosperado desde la boda de Don Felipe; su enlace con una divorciada les parecía que era impropio de la tradición monárquica de España, y las críticas cesaron, en parte, cuando se comprobó que la pareja tenía descendencia (recordemos que entonces dijeron que Doña Letizia no podía ser madre porque estaba operada para evitarlo).

La actual monarquía no es el resultado de un ininterrumpido proceso histórico sino que procede del hecho constituyente de 1977-1978. A la vez que España surgía como Estado democrático, éste se reconciliaba con la monarquía. He ahí su compleja dimensión; tocar “la forma política del Estado español (que) es la Monarquía parlamentaria” (Art. 1.3 de la CE) abriría una crisis en nuestro sistema político.

Se pueden establecer comparaciones. El Jefe del Estado alemán tuvo que dimitir por estar imputado en un asunto de dinero que, presuntamente, constituía delito. El Presidente de la República Federal alemana es también un símbolo de su Estado, con muy pocas funciones políticas, como su equivalente español.

¿Alguien propuso entonces que Alemania se convirtiese en una monarquía? Sí los hubo; pero con un eco social desdeñable. Se podrá argumentar que sustituir un Jefe del Estado electo es más fácil que cuando se trata de un rey. Así es.

Pero la clave profunda que explica el anti-monarquismo de este tiempo no será otro que suponer que la Monarquía española es: 1) una institución anticuada; 2) una institución no democrática; 3) una institución que no sirve para nada.

Algunas palabras sobre esas tres objeciones.

La utilidad de la Jefatura monárquica del Estado. Las funciones (pocas y bien tasadas) del Rey aparecen en la Constitución a partir del artículo 56. La principal: “símbolo de su unidad y permanencia”. Esas dos características se refieren, en ese artículo 56, “al Estado”; tal vez hubiera sido más preciso atribuyéndolas “a la Nación”. En cualquier caso, el rey Juan Carlos sí ha cumplido con esas obligaciones de corporeizar la unidad y la permanencia de la Nación soberana y del Estado democrático de nuestros días. ¿Lo hubiera conseguido igualmente un Jefe del Estado republicano? Mi creencia es que hubiese tenido muchas más dificultades. Ahora que estamos en el 200 aniversario de la Constitución de Cádiz, el Rey de la actual se parece al Rey de 1812: en ambas el rey es una institución del Estado, pero no tiene poderes soberanos.

La monarquía sí es una institución democrática. Surge a la vez que las demás instituciones en la Constitución de 1978. ¿Por qué no se sometió a referéndum antes de consagrarla en su texto? No nos engañemos: el rey hubiese triunfado en ese referéndum; no cabía ninguna duda. ¿Hubiera sido posible privarle de todos los poderes políticos después con la Constitución? Seguramente el rey lo preferiría; pero los monárquicos partidarios se hubieran hecho fuertes defendiendo un rey con algunos poderes constitucionales.

Además, se discutió su existencia durante el proceso constituyente. El diputado socialista, Luis Gómez Llorente, defendió en el pleno del Congreso una enmienda que pretendía instaurar una República en España. ¿Fue un gesto romántico, hecho en honor de los republicanos derrotados? Desde luego. Pero ese hecho desmiente que el proceso constituyente no fuese autentico.

¿Es una institución anticuada? Aunque la monarquía es históricamente muy antigua (¿se acuerdan los menos jóvenes de la lista de los reyes godos?), la actual tiene bastantes elementos de modernidad política. El Título correspondiente de la Constitución es uno de los más innovadores. Se rotula: “La Corona”. Se utiliza una denominación medieval para describir una monarquía restaurada, y esa “refundación” de la monarquía producirá un rey sin poderes. ¿Es el Rey un mero personaje protocolario? El Rey contiene los invisibles elementos que sirven para conformar una unidad política, incluso en esta etapa post-nacional.

El Rey ejerce la “auctoritas”, “la autoridad”, una función diferente a la “potestas”, “el poder”. Esos dos conceptos vienen del Derecho Romano, y fueron objeto de pugnas entre la Iglesia y el Imperio en la Edad Media. Pero hoy, en el artículo 56 de la CE se concreta esa “auctoritas”: “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”.

La Monarquía no es un lujo añadido (y prescindible) de nuestro Estado democrático.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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