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RESEÑA

Lisa Moore: Febrero

domingo 18 de marzo de 2012, 13:41h
Lisa Moore: Febrero. Traducción de Antonio Iriarte. 451 editores. Madrid, 2012. 328 páginas. 20,50 €
Helen y Cal se conocen. El cómo no es muy importante, pero sabemos que se conocen y que se casan. De nuevo, el cómo no es muy importante, pero todo apunta a que se casan porque están enamorados, y también porque Helen está embarazada. Todo sucede por un impulso que está a medio camino entre la necesidad y la costumbre; hay algo que casi está al borde de la indolencia. Después de tener a su primera hija viene una segunda. De nuevo, el acontecimiento parece que está más impulsado por la inercia que por cualquier otra razón. Helen y Cal tienen un perro. Helen vuelve a quedarse embarazada. Todo parece discurrir por los cauces de la normalidad hasta que llega el 14 de febrero de 1982.

El 14 de febrero de 1982 se hundió en la costa de Canadá la plataforma petrolífera Ocean Ranger. En el naufragio fallecieron los ochenta y dos tripulantes de la misma. La historia de Febrero es la historia de una existencia cercenada por este hecho. La forma lineal de contar la historia, que hemos descrito en el párrafo anterior, no es la que se emplea en la novela. En Febrero los acontecimientos sucedidos antes, durante y después del hundimiento del Ocean Ranger se intercalan. En realidad, son poco menos que lo mismo, al menos en relación con ese hundimiento: la referencia que impone su medida respecto al mundo con una tozudez casi cruel. Sin embargo, Lisa Moore no es una autora cruel con sus personajes. Los respeta, los entiende o intenta entenderlos, pero tiene la sabiduría de dejarlos actuar con libertad, sin limitarlos a los intereses de una causalidad psicológica.

Podríamos decir que Moore trabaja extremadamente bien la psicología de sus personajes y, por supuesto, esto no deja de ser una afirmación tópica. Tanto, que incluso ha llegado a utilizarse como sinónimo de calidad en la novela, lo cual es un punto de vista francamente limitador bajo el que se presupone que una novela de calidad es aquella donde la psicología de los personajes es compleja, en la que sus impulsos y sus actos no están motivados tanto por la trama como por una ley interior, a veces inextricable. Sin embargo, pese a lo tópico, en el caso de Febrero, no deja de ser una aclaración justa. Los personajes están trabajados hasta el extremo en el plano psicológico y, a pesar de eso, la autora consigue hacer orbitar ese trabajo y esa complejidad alrededor de un centro estructural, que es el hundimiento del Ocean Ranger.

Además de escritora, Moore es artista visual. No parece que la autora entienda ambas actividades como modos de expresión independientes. Su visión de la narrativa es extremadamente visual. El mundo en el que nos introduce es un mundo visible, material, y lo es, en ambos casos, hasta límites que pueden llegar a lo morboso. Los personajes de Moore se caen al suelo y la novela nos muestra el detalle de sus heridas, se detiene -no se recrea– en las minúsculas fibras de piel arrancadas. Los personajes de Moore vomitan, y la novela nos obliga a apreciar la consistencia del vómito, o, en un plano que podría parecer más poético, pero no lo es en absoluto, el peso de una luz que se convierte en masa bajo la mirada de Helen.

Al final Febrero es esto. Es la historia de unos personajes que se mueven en un mundo exageradamente material, pero que están subordinados al peso de elementos inmateriales. El pasado, por ejemplo, que no existe, pero, al mismo tiempo, es algo a lo que los personajes no pueden renunciar y a lo que muchas veces no quieren renunciar, porque el pasado es lo que les queda de un ser querido, y la memoria la única forma de rebelión contra la muerte. O también el futuro, que existe aún menos que el pasado, pero que está ligado a aquel por unos hilos, muy frágiles, sobre los que transcurre la existencia.


Por Miguel Carreira

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