RESEÑA
Piedad Bonnett: Explicaciones no pedidas
domingo 18 de marzo de 2012, 13:52h
Piedad Bonnett: Explicaciones no pedidas. XI Premio Casa de América de Poesía Americana. Visor. Madrid, 2011. 72 páginas. 10 €
Poesía espontánea, punzante. De contraste: “Lo oscuro parece luz, y eso consuela” (Perlas). El dato cotidiano, bien circunscrito, abre su entorno a una veta inesperada de sentido.
La poesía hispanoamericana refleja el presente con ideas que, sueltas, son cicatrices. El lenguaje sencillo, coloquial, crea un aura civil de latidos, sin embargo, individuales. Cada poema enreda al lector en su malla. Un modo de horizonte vital que encela sorpresas. Suspende el instante con tensiones que contravienen el sentido del orden aparente de las cosas. Piedad Bonnett, poeta colombiana, pule esta fluencia dejando lo imprescindible en el texto. Su lenguaje se filtra desde la calle o el ámbito inmediato con palabras que descubren instancias inéditas de lo ya conocido. Sencillez nada fácil, accesible solo al oído que observa los modos y acciones de objetos y personas. La escritura describe rasgos reales en tercera persona. Nos adentra en algún reflejo, efluvio o víscera suya permanente. Logra atisbos de animación inesperada. Son escenas elegidas en virtud de la imagen que contienen, algunas violentas. Una violencia inscrita en el vértice del mundo y el sufrimiento humano. Encela la bestia dormida. El objeto o el ambiente trasciende al sujeto corporeizado y lo trasmuda. El bullicio de la vida contrasta, hasta allí donde se la procura, maternidad u “Hospital”, con el flujo secreto que la nutre: “mientras la enorme teta de la muerte / ofrece a los vencidos / su negra leche espesa”.
El poema desentraña algo nuestro por transferencia de sentido, como la dación que “el pepino o carajo de mar” hace de sus vísceras al depredador que lo acecha y sigue viviendo de su vacío, en profunda “Lección de supervivencia”. Los versos se tensan así punzados con certezas bruscas del presente que vivimos: “Siete estómagos tiene el poema. / Por cada uno de ellos pasa el bolo / del amargo alimento”. Órgano vivo. Rumia, deglute, excreta y “A veces -quién creyera- / su materia ilumina”. Luz del escombro, depuesta, “despojos de la noche” (Año nuevo).
Hay en esto, no obstante, un clima de ternura que trasluce, a pesar del escarnio, la mente germinada, sumida en la cueva poética, o en el útero, que la surte desde los orígenes. Basta con saber percibir el dictado animal de la naturaleza: “Y es que hay seres que sucumben a la luz, / a todo deslumbramiento”. Así el escorpión circuido por el fuego. Muere de su propio veneno (El oscuro).
Tales secuencias se irisan con destellos fortuitos que iluminan el ansia de vuelo anclado en la caída vertical del peso humano. Piedad Bonnett desciende a esta realidad cruda (“caer dentro de mí como plomada”) y reconoce en ella, sin embargo, cierta vibración, aunque tibia, de alivio para la grave herida humana: “alguien solloza y reza / pidiendo un par de alas” (Un cuento antiguo).
Poesía femenina, no feminista, tocada por el ángel silente del dolor que causa la bestia escondida en el fondo de la naturaleza. La autora lo sensibiliza con contrastes como el de “una mosca azul resplandeciente” que ronda el mutismo de la casa y el vientre desgarrado con su “entraña expuesta”. La esperanza de la escritura sobre la muerte.
Piedad Bonnett muestra a veces tendencia larvada a la rima y estrofa que se engarza por fragmentos. Debiera, quizás, atender a este rumor del ritmo, no solo a la fluencia espontánea de sentido y sentimiento. Es algo frecuente en alguna poesía actual. Se lee con agrado e imprime huella. Logra atención. Solo se mantiene, una vez leída, con radar de recuerdo entreverado.
Por Antonio Domínguez Rey