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Desde ultramar

1812-2012: Bicentenario de la Pepa (I)

lunes 19 de marzo de 2012, 11:05h
Soy un entusiasta delas conmemoraciones de la Constitución de Cádiz. Como en México entre 2008 y 2024 estaremos inmersos en centenarios y bicentenarios, me viene como anillo al dedo. Llevo años difundiendo la trascendental obra gaditana y este año, el de su bicentenario, no puede ser la excepción. En mis cursos de historia del derecho mexicano rescato este episodio. Le he cogido cariño al tema y sus autores merecen ser honrados. Aquí en ultramar, la de Cádiz es un referente siempre insalvable.

Cádiz debe ser ante todo, un referente imprescindible de cualquier estudiante de leyes iberoamericano. Es además, el cimiento de la lucha por nuestros derechos. Allí radica en gran medida su importancia. Como abogado quedo más que obligado a rememorar tan ilustre documento y su origen pesaroso pero formidable. Cádiz es un parte aguas dela forma en que concebimos al derecho, la autoridad, a nuestras prerrogativas, al mundo por transformar.

1812 es un año significativo para la historia del mundo iberoamericano. Lo es debido a que al concretarse la constitución formulada por delegados de los cinco continentes, comenzó el azaroso andar en pos de nuestras libertades y prerrogativas y la definición moderna de estado, sujetando al rey y al resto de sus instituciones a una norma hecha por los hombres y ya no sujeta al derecho divino. El paso fue trascendente y revolucionario, ya entonces y aún ahora.

¿Por qué sela refiere tanto? la de Cádiz significó la ruptura con el antiguo régimen y el anhelo de basarse en la ley para construir una sociedad transoceánica más justa. Pero ante todo, Cádiz fue reclamo, fue avance.

No es ni fue un esfuerzo menor, puesto que nunca se olvide de que el experimento gaditano fue ante todo, la muestra no gratuita de la necesidad de emitir una clara doble expresión: social y geográfica. La primera significa que no fueron los grades de España, los de siempre, los que la formularon, sino un pueblo medianamente llano, de bajo perfil social y de mínimo poder político el que se aprestó a defender a la Patria y a concretar un texto de ley fundamental que rompiera las cadenas históricas de la sociedad hispana del viejo régimen y en ambos mundos, a la que se negaba todo en aras del absolutismo.

Es también una referencia geográfica, única, irrepetible, pues acaso fue la primera y única vez que Europa en voz de España, dio juego a sus súbditos de ultramar para que entre todos, europeos y ultramarinos, salvaran a la arruinada invadida monarquía hispánica en grado de igualdad (grado debatido sí,hasta el último momento por mezquindades propias de la tradición y de la Historia)y tuvo que admitir el concurso de todos.El esfuerzo manifiesto no fue poca cosa y su trascendencia e importancia histórica no deben jamás minimizarse. Todos unidos al deseo deun mismo rey y a preservar la unidad imperial de España, se sometieron ala ingente tarea de elevar la voz del pueblo y concretarla en un documento que ahora conmemoramos.

La Constitución de la monarquía española, juramentada el 19 de marzo de 1812, día de San José, hizo exclamar a todos un entusiasta ¡Viva La Pepa! como cariñosamente se la llamó. La Pepa acaso sea de las pocas normas jurídicas fundamentales del mundo que lleve un merecido e ingenuo mote colocado por sus destinatarios. Hasta en eso es original, más allá de haber abrevado también, por paradojas de la Historia, de las ideas de los ilustrados franceses, pero sin duda no solo de ellas, pues hay componentes que obedecieron perfectamente a la realidad iberoamericana del momento.

Ideas, opiniones, manifiestos, reflexiones profundas, debates en torno al futuro de una monarquía que se jugaba su supervivencia en medido de la invasión francesa a la metrópoli y la guerra de América, confeccionaron un compendio cuyo decreto promulgatorio ordenó que toda plaza de armas o calle mayor del Imperio español adoptara el reconocible nombre de “de la Constitución”, lo que oficiosamente sucedió en España yen América. La Plaza mayor dela Ciudad de México, su infaltable Zócalo, lleva por nombre oficial Plaza dela Constitución en honor a la bicentenaria Pepa y aún lo marca su callejero.

Ciertamente que no todo fue miel sobre hojuelas en las mesas de trabajo, pues hubo la rivalidad entre peninsulares y americanos, acres posturas y rudos procederes para ir afianzando una obra que dejara satisfechos a todos. Huelga decir que en efecto, se adoptó en ella como religión única y oficial a la católica, a gusto con sus redactores, que así lo expresaron y naturalmente, considerando que la tercera parte de los diputados eran ministros de culto.

Grandes próceres de preclaras mentes participaron en su elaboración y en su hechura dejaron su impronta imperecedera. Cádiz se cubrió de gloria con ínclitos nombres de los ilustres peninsulares Argüelles, Álvaro Flórez Estrada y de americanos esclarecidos tales como el peruano Ostolaza o el novohispano Ramos Arizpe. Su pensamiento fraguó los mandamientos de aquella ley fundamental, aportando luz y guía a dos mundos. Casi nada.¡Qué importante resulta revisar su texto!

La Historia no miente y nos permite recrearla. Uno no puede sino apelar al imaginario que nos conduce a pensar cómo serían aquellos intercambios cara a cara, al encontrarse peninsulares y ultramarinos intercambiando ideas, sopesando posturas,al superar diferencias y saberse todos parte de una misma gran nación de la que todavía todos somos parte. La experiencia debió ser portentosa. Nos recuerda que está inconcluso contarnos los testimonios existentes de los hispanoamericanos residentes o visitantes en la Madre Patria durante el periodo colonial. Asignatura pendiente, Cádiz fue también un crisol de visiones entre el Viejo y el Nuevo Mundo, entrecruzadas y enriquecedoras.

Han transcurrido dos siglos y la inmarcesible referencia de la Constitución de Cádiz con su cauda de derechos novedosos, se torna más actual que nunca. El esfuerzo de unidad que enseñoreó es insoslayable y el ánimo de colaboración que hoy permea al mundo iberoamericano, nos recuerda que tuvo por semilla aquella titánica empresa ideológica que se fraguó en la Isla del León y se juramentó aquella luminosa jornada del 19 de marzo de 1812. Enhorabuena por todos quienes somos los herederos de esa insigne ocasión memorable.
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