SEPARACION DE PODERES
La primera Constitución de los españoles
martes 20 de marzo de 2012, 09:27h
España fue uno de los cinco primeros países del mundo en dotarse de una Constitución escrita y lo hizo en un contexto nada favorable pues el país estaba invadido por las expansionistas tropas napoleónicas. La Constitución de Cádiz, aprobada hace exactamente doscientos años, fue un acto de afirmación nacional hasta tal punto que en la misma aparece la nación española como su autora pero también como creación de la propia Constitución. Se hizo presente y actuante la nación como dueña de su propio destino.
España se suma pues tempranamente a la corriente liberal y racionalizadora de la organización del poder frente al despotismo imperante durante siglos. Resulta singularmente llamativo que una España arcaizante, y que había quedado en gran medida desacompasada con los tiempos del pensamiento ilustrado, fuera capaz de acometer la obra hercúlea de crear de la nada una Constitución que respondía a la razón. A la confianza ilimitada en la razón y en la capacidad de la misma para estructurar toda la vida del Estado a partir de un conjunto de normas jurídicas predeterminadas y predeterminadoras de ese nuevo orden fundado en la soberanía nacional, en la separación de poderes y en la consiguiente limitación del poder así como en la garantía de los derechos y libertades individuales. La gran obra de los constituyentes gaditanos nos alecciona sobre la capacidad del pueblo español para acometer una tarea inmensa en medio de una crisis de identidad colectiva. En los peores momentos se sobrepuso a las dificultades para sacar lo mejor de si mismo y alumbrar la España constitucional. Vendrían después quienes la negaran y quienes la retorcieran, por más deseados que en algún caso fueran, pero el camino trazado no tendría marcha atrás.
En mucho la Constitución gaditana nos recuerda a la vigente. No solamente en los principios fundantes, aunque ahora hablemos de soberanía popular y no de la nacional, sino también por ejemplo, en su extensión (aun más larga la del 12 que la de 1978 ),en su afán detallista y minucioso (pues no en vano ambas derivan de la desconfianza ), y muy particularmente en su acentuada rigidez, es decir en el dificultosísimo procedimiento de reforma.
Hoy que domina la mediocridad y que cualquier iletrado se siente legitimado para negar la idea de España, el recuerdo de la Constitución de Cádiz nos hace más fuertes, más auténticos. Nos empuja a mirar el futuro con optimismo (siempre relativo, claro) en la seguridad de que la voluntad colectiva está y estará siempre por encima de los particularismos y por supuesto de los pseudo interpretes de la nadería. ¡Viva la Pepa!