Hay varios frentes de lucha contra la crisis. Algunos son reales, como la estabilización fiscal o la recapitalización de los bancos. Otros supondrán más problemas en el futuro, como las facilidades de crédito de los bancos centrales. Pero hay un elemento que puede desestabilizar todo ello: los precios del petróleo.
Se dice que la era del petróleo barato se ha acabado. Bien es cierto que eso se lleva diciendo desde principios de siglo. Del siglo XX. Pero nos toca nuestra oleada de precios altos y hoy vuelve a tener predicamento la idea, cien veces repetida, de que “esta vez es de verdad”. Ya llegará el momento en el que veamos los precios de ahora con alivio, cuando volvamos a disfrutar del petróleo barato, pero no parece que esa pendular vuelta a los precios bajos de los hidrocarburos esté muy cercana.
De hecho, el problema más inmediato puede ser una vuelta de tuerca a los precios del petróleo. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, ha advertido de que si Irán cierra su espita del petróleo (o, Dios no lo quiera, si el cierre viene provocado por una guerra), los precios del crudo podrían aumentar un 30 por ciento. El Brent ha
cerrado en 87,17 dólares, notablemente por encima de los 50 a que cotizaba hace dos años. De cumplirse las palabras de Lagarde, el precio del Brent podría superar los 115 dólares, aunque llega a sugerir que alcanzaría los 125. “Claramente”, ha dicho en Nueva Deli, “sería un shock para las economías si hubiese una caída importante en las exportaciones de crudo por parte de Irán”.
Pero hay que decir varias cosas sobre esos temores. La primera de ellas es que los precios y la producción están íntimamente ligados, como bien sabemos. El ministro del petróleo de Arabia Saudita, Alí Naimi, ha declarado que los actuales precios altos “no están justificados sobre la base de la oferta y la demanda”, y que aquél reino, el segundo productor del mundo después de Rusia, estaría dispuesto a aumentar la producción en un 25 por ciento si fuera necesario. “Realmente”, ha declarado este martes en Doha, “no sabemos por qué los precios se están comportando como lo hacen”. En la actualidad, “la oferta es mucho más fuerte que en 2008”, cuando el barril alcanzó los 147 dólares, ya que esa oferta supera la demanda en uno a dos millones de barriles por día.
Por otro lado, los movimientos del petróleo tienen algo de auto correctores. Si suben mucho, pueden llegar a afectar al crecimiento, lo que retrae la demanda futura, y hace que el precio se corrija a la baja. Mutatis mutandi, pasa lo mismo con una bajada de precios.
Pero ¿qué influencia tiene el aumento de los precios del petróleo en el crecimiento? Según los cálculos de Goldman Sachs, un aumento de un 10 por ciento en el precio del barril resta dos décimas de un punto porcentual (es decir, un 0,2 por ciento del PIB) en un año. Es decir, no vuelve a restar esas dos décimas el año siguiente. Una subida del 30 por ciento, según esto, restaría unas seis décimas de crecimiento en un año. Sería una importante tajada a la recuperación, pero perfectamente asumible. Para un crecimiento, por ejemplo, del 3 por ciento, serían dos meses y medio de retraso en la recuperación. Así que la amenaza es real, pero tampoco sería catastrófica.