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España ya está en huelga

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 21 de marzo de 2012, 22:18h
Con la sentencia contra el ex presidente de Baleares, Jaume Matas, queda ya claro que en España hemos ingresado en un cambio completo de paradigma sobre la moralidad pública y privada. Su condena a seis años de cárcel, por la contratación artificiosa de un colaborador, no es que haya sido elevada, sino que, si no hubieran mediado un par de absoluciones sobre delitos relacionados, se hubiera asemejado a la pena que corresponde al homicidio en nuestro Código Penal. Lo que no quita un ápice del escrupuloso relato judicial, aunque ya veremos al Supremo, pero sí hace pensar.

Las contrataciones arbitrarias, los amiguismos, el clientelismo, han campado por nuestros lares durante décadas. En muy pocos, poquísimos, casos, han conducido a resultados penales como en el caso de Matas. No porque no sea justo éste, sino porque se ha tejido un manto de silencio impune sobre los otros. Si escarbáramos en el entramado administrativo español, con tantos y tan descentralizados órganos de poder territorial, no sé qué Administración no haya, o pueda haber, tenido casos similares. Que no haya colocado a un asesor, a un familiar. Que no haya otorgado una licencia cogida por los pelos. Que no haya organizado un evento con escasa justificación. Que no haya favorecido por motivos ideológicos a alguien. Que no haya liberado una u otra partida económica como favor. Que no haya organizado un concurso “ad hoc”.

Ahora, para ir redondeando, cada una de estas decisiones supondría un paquete de cinco delitos relacionados con la corrupción: prevaricación, tráfico de influencias, falsedad documental, fraude y malversación de fondos públicos. Vamos, que de seis años de cárcel y unos cuantos más de inhabilitación no bajaría la cosa. Y eso, sin contar con que no haya beneficio directo, por lo que habría que añadir el cohecho.

Supongo que no se repasará demasiado la historia reciente, porque si se hiciera me atrevo a diagnosticar que visitarían la cárcel bastantes decenas, si no algún centenar, de responsables políticos de la Administración, así como sus subordinados y beneficiarios privados.

Un escenario, por tanto, de nueva moralidad, dentro de los bandazos de la Historia. Pues, hasta apenas ayer, no más de tres años, el poder, el éxito, el lujo, no solamente eran impunes, sino envidiados. Me gustaría saber, en el caso de Matas, cuántos de quienes hoy le ponen como escaparate de la corrupción, no fueron a pedirle favores cuando tenía poder. Y, probablemente, la única suerte de éstos es que Matas no puede desnudarlos en público porque ello sólo apretaría más la soga en su cuello. Pero aquí, no sólo hay un corrupto que regala dinero: hay otros que se esconden bajo la manta pero que fueron los que lo pidieron y lo recibieron con el guión preconcertado de los favores mutuos.

Es justo que Matas responda por sus actos. Y es previsible que aún tenga que hacerlo más, si se demuestra que, además de favores, se sumergió en la corrupción pura del enriquecimiento personal. Pero también es cierto que ha caído por estar en el sitio inadecuado en el momento inoportuno. Cuando están cambiando las reglas para analizar los comportamientos sociales. Cuando el poder se ha hecho sospechoso, y el dinero delictivo.

No hace tanto que los españoles veíamos con admiración el éxito profesional o empresarial, que llevaba aparejado el enriquecimiento económico. Ahora, apenas hace unos días, un conocido empresario decía en mi presencia que no se atrevía a conducir sus vehículos de alta gama. Ahora está bajo la lupa el sueldo de los políticos (y casi cualquier sueldo). Es casi un delito de lesa majestad regalar o que te regalen un jamón en Navidad. Se publica para espanto colectivo que un empresario, por ejemplo Juan Luis Cebrián, gane ocho millones de euros al año, pero también que cualquiera viaje en primera clase, o que tenga un bmw. Se ha mezclado indiscriminadamente el dinero con la corrupción, como si todo dinero saliera de ésta, o sólo la corrupción generara dinero.

En efecto, es una nueva moralidad, pero con un pendulazo tan rápido y tan profundo que está transmutando en el subconsciente colectivo la antigua admiración por el éxito por la envidia que llevaba oculta. Porque lo que era un modelo a imitar se ha transformado en uno a despreciar. El antiguo rey absoluto rodeado de oropeles, va camino de la guillotina en una carreta fusilada por tomates.

La corrupción, de la que casi ningún país se libra, y que se instaló entre nosotros como lacra social, es la excusa justificativa de otro problema. Que es más cómodo pensar que el éxito que no alcanzamos no es por nuestra culpa, y que el que alcanzan los demás es por la fortuna o el latrocinio. Una fortuna ante la que la sociedad babea cuando ve y persigue a los personajes mediáticos con glamour, pero contra la que se revuelve en los momentos en los que se da cuenta de que no es nada fácil tener el dinero que permite el lujo.

Alcanzar el punto medio entre la admiración sumisa y la envidia revolucionaria no es nada fácil. Ahora tocan tiempos de ascesis, tiempos en los que se valoran las virtudes franciscanas. Pero, por bien de la sociedad, no convienen que éstos se prolonguen demasiado. Porque no se trata de que todo el mundo esté contento porque nadie puede ganar más que él, sino que él pueda ganar más cada vez. Sin necesidad de corrupción, sino con esfuerzo que, aunque no sea infalible, es condición sine qua non para el enorme porcentaje de mortales a quienes no les ha tocado la lotería o una jugosa herencia.

Hasta hace poco, el desarrollo de las sociedades se medía, entre otros indicadores, por la renta per cápita. Bien, pues aunque ahora no lo parezca sigue siendo un valor a perseguir. La formación, la capacidad de emprender, el aprovechamiento de las comunicaciones y la globalización, tienen que estar muy por delante del resentimiento social y del mito del Estado del Bienestar como excusa para la inacción.

Demasiada gente protesta demasiado sobre lo que tienen los demás y muy poca trabaja para tener más de lo que tiene. El 15 M se ha interiorizado en las conciencias españolas y se ha equiparado éxito y corrupción, porque han sido muchos años en lo que se ha permitido y admirado la corrupción como vía para el éxito. Y ahora se confunde al chófer de la cocaína comprada con el dinero de los parados andaluces con el empresario que lleva medio siglo trabajando y tiene un mercedes. Todos creen que nadie paga impuestos menos él, que hay que perseguir a las fortunas y que todo lo que tiene, sanidad, educación, es un derecho que viene del cielo y que nadie tiene que pagar. Y si alguien tiene que hacerlo, que sean los ricos, que para eso están.

Pues bien, no es tiempo de hacer pirámides, ni palacios. Pero la historia recuerda los momentos en los que se hicieron, y lamenta los que los destruyeron. Es obvio que es época de austeridad, pero no porque la austeridad sea un objetivo, sino porque es el único medio (y es virtuoso siempre) de preparar la prosperidad. Para lo que hace falta limpiar excesos del pasado (la corrupción entre ellos), pero soñar en la construcción del futuro.

Porque, no es que vaya a haber ahora una huelga general, es que España está declarada en huelga mental desde que se pensó que todos podíamos atar los perros con longanizas y que, lo que se dice trabajar, que trabajara su señor padre, o sea el de los ricos.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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