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El funeral del papa copto

José María Herrera
sábado 24 de marzo de 2012, 20:19h
“Ese señor tiene mala cara” –exclamó mi hija al ver al papa copto en su trono. “Y tanto -respondimos a coro el resto de la familia-, como que está muerto.” “Ya me parecía a mí …”, añadió desconcertada ella. Nunca había visto nada parecido, pero tampoco los demás y tal vez ni siquiera ustedes. ¿Un funeral con el cadáver sentado como si estuviera todavía vivo?

Yo sé muy poco de los coptos, así que no puedo decirles si el rito que hemos visto en la televisión es cosa antigua. Supongo que sí. Aquí tenemos otras costumbres. El cadáver de Juan Pablo II fue expuesto en la Basílica de San Pedro sobre un catafalco, acostado a la manera de las estatuas yacentes. En otros tiempos me parece que la costumbre era pasear en procesión el cuerpo del pontífice por la plaza sobre un palanquín. En los funerales de Estado también hay procesión, pero lo habitual es que el cadáver permanezca discretamente oculto en el féretro. Hay que acercarse para ver al muerto. La imagen del papa Shenuda III, vestido con sus mejores galas, portando todos los atributos de su cargo y sentado en el trono de Marcos, el evangelista que divulgó el mensaje cristiano por Egipto, ha sorprendido quizás por esa ambigüedad ritual de presentarlo como si todavía estuviera vivo, ejerciendo sus funciones.

Dos días después de celebrarse las exequias, recibí una carta de un amigo que también se había sorprendido con la ceremonia copta. Me decía que le había extrañado esta manera de enseñar la muerte y que comentando el asunto con una señora danesa, se quedó de piedra al comprobar que a ésta le escandalizada lo que, a su juicio, era un espectáculo inaceptable. Con cierta sorna, me explicaba a continuación que la costumbre de los países nórdicos es meter el cadáver en un congelador y esperar a que se reúnan los familiares para decidir si incinerarlo o descomponerlo reduciéndolo a estiércol mediante un sofisticadísimo sistema en el que, no me pregunten los detalles, se emplea nitrógeno líquido. Aunque él no lo aclaraba, he supuesto que debe tratarse de alguna exigencia ecológica, algo muy civilizado y aséptico.

La señora danesa no es, sin embargo, la única que se ha escandalizado. En los foros de internet hay un montón de gente que ha reaccionado de la misma manera. Da la impresión de que al hombre de hoy le molesta la contemplación de la muerte. Una cosa en honrar al finado y otra exhibirlo abiertamente. Cualesquiera que sean los motivos, lo cierto es que procuramos mantenernos alejados de los cadáveres. Ya que no podemos con la muerte, por lo menos nos esforzamos por apartarla de la vista. En otras épocas se hacía justo lo contrario. Merecería la pena investigar a qué responde este cambio de actitud. Yo no tengo ni idea, pero barrunto que tiene que ver con la pérdida de influencia de la religión y la adopción de costumbres rituales más modernas, originarias de países donde imperaban las iglesias reformadas. En los templos protestantes no hay cuerpo presente. Las personas que asisten a un funeral ocupan el tiempo con rezos y a veces ofrecen sus testimonios sobre el difunto. Se trata de algo perfectamente acorde con el subjetivismo típico del protestantismo. El cuerpo desaparece y aparece al final, reducido a ceniza en una caja. Lo curioso es que el escamoteo de los cadáveres en la vida real coincide con una proliferación asombrosa en el mundo de la ficción, especialmente televisiva. A ciertas horas, basta con apretar el botón del aparato para tropezarse con un cadáver en la camilla de una morgue y un forense destripándolo. Claro que estos son cadáveres de mentira, a los que se estudia científicamente para deleite del espectador, que no se escandaliza con el espectáculo, todo lo contrario.

El hombre soporta un peso muy grande por ser la conciencia de la realidad. Este peso se ha acrecentado al perder el apoyo trascendente con el que contaba antes. Dios, símbolo de la inteligibilidad de lo real, era lo único que podía hacer tolerable la muerte, la conciencia de la muerte y la búsqueda insaciable de sentido a que empuja esa conciencia. Su eclipse representa de alguna forma el fin de cierta clase de indagaciones. La vida y la muerte han dejado de ser un misterio para convertirse en hechos brutos sobre los que es mejor no pensar. Seguimos siendo mortales, desde luego, pero preferimos vivir como si no lo supiéramos. Hoy lo que importa son los problemas de intendencia.
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