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Indagando sobre Toulouse (II): preguntas y algunas respuestas

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 26 de marzo de 2012, 21:43h
Tras una década de advertencias y referencias reiteradas a la amenaza yihadista, relegado a un segundo plano el recuerdo de masacres del 11-S, 11-M y 7-J, las opiniones públicas europeas se habían ido acostumbrando a digerir las noticias sobre terrorismo con un escepticismo creciente. Por mucho que de cuando en cuand, los medios de comunicación rellenaran los huecos de sus agendas con informaciones variopintas sobre grupos extremistas desarticulados, complots frustrados y pequeños atentados, una vez concluida la peor fase de la infame guerra de Irak, muerto incluso Osama Bin Laden, la posibilidad de nuevos ataques en casa se habría vuelto marginal, a juicio de muchos. En verdad, ese juicio tranquilizador no carecía de sentido ni fundamento. De un lado, todos (ciudadanos e instituciones) estamos expuestos a lo que los expertos en seguridad denominan “fatiga de alarma”: nadie puede mantener indefinidamente la inquietud (y los costes sobrevenidos) que dispara una alarma que puede tardar demasiado tiempo en materializarse (meses, años, etc.). Tampoco sería conveniente que así ocurriera, pues entonces el terrorismo se tornaría mucho más paralizante (y, por tanto, más eficaz) de lo que ya es. Por otro lado, los fracasos cosechados en los últimos por actores yihadistas para multiplicar episodios y escenarios dantescos como los de 2004 (Madrid) y 2005 (Londres) no admiten controversia.

Pero sucede que las actitudes y expectativas que genera el terrorismo propenden a la polarización. No es infrecuente que los ciudadanos (y con ellos la prensa, los responsables políticos e incluso los expertos) exageren la probabilidad de futuros ataques terroristas, sobre todo cuando han tenido noticia reciente de algún atentado inesperado, espectacular o cercano. Empero, en otros momentos la actitud mayoritaria tiende a situarse en el polo actitudinal opuesto, lo que implica una rebaja excesiva de la gravedad atribuible a una amenaza real. En nuestro país, por ejemplo, la mayoría de los españoles consideraban que la violencia yihadista no era mucho más que un problema foráneo hasta que una horrible mañana nos despertamos con la noticia de 191 muertos. De todas formas, pasado algún tiempo de aquello españoles y europeos comenzaron a considerar de nuevo que el terrorismo había quedado atrás, alimentando el ambiente idóneo para que incidentes como los de Montauban y Toulouse volvieran a tomarnos por sorpresa. Y la sorpresa genera una necesidad inaplazable por preguntar y responder. Pero preguntar con sentido es más fácil que contestar con acierto, de ahí que las primeras respuestas a una pregunta puedan demandar revisión. Así ocurre con las respuestas suscitadas durante las horas y días que siguieron al inicio del cerco a Mohamed Merah en Toulouse

¿Fue Merah un lobo solitario?

Si existe un punto en común que ha trascendido a la mayoría de las interpretaciones iniciales sobre el caso de Mohamed Merah es la referencia (afirmativa o crítica) a la metáfora del “lobo solitario”. Esta expresión, sin duda llamativa y sugerente, ha sido rescatada de forma unánime por la prensa por segunda vez en menos de un año. La primera vez fue durante el pasado verano, para describir a Anders Behring Breivik, autor de la masacre perpetrada en Noruega el 22 de julio de 2011. Aparte de que estos ataques reunieron algunas características bien diferentes a las de los realizados por Merah, sucede que ni siquiera los especialistas coinciden en lo que entienden por dicho por un lobo solitario. Algunos de ellos emplean una definición de mínimos según la cual un lobo solitario es simplemente un terrorista que actúa sólo, sin pertenecer a ningún grupo ni recibir ninguna clase de apoyo material externo para concebir y materializar sus ataques. Otros expertos prefieren aplicar la expresión exclusivamente a aquellos individuos que, además de satisfacer la condición anterior, se han radicalizado de forma independiente y cuyas actuaciones no han recibido influencia ni orientación específica de ningún líder u organización terrorista. Lo cierto es que si nos atuviéramos a una definición tan estricta sería realmente difícil encontrar algún ejemplo puro de lobo solitario y, desde luego, no sería el caso el de Mohamed Merah. Al contrario, los datos de que disponemos hasta la fecha revelan relaciones personales con elementos y ambientes yihadistas a los que no podemos dejar de atribuir una significativa influencia sobre sus acciones terroristas (la misma que el propio terrorista reconoció mientras estaba atrincherado).

Por otra parte, la experiencia de terrorismo acumulada en los últimos años también contradice la tesis del lobo solitario en su versión de mínimos. Como han demostrado varios estudios recientes, la inmensa mayoría de los planes terroristas fallidos y consumados en Europa y Estados Unidos durante los últimos años ha sido obra de grupos u organizaciones, mientras que sólo una minoría tuvo un único autor material o visible. A su vez, las investigaciones policiales realizadas sobre esos pocos casos pusieron de manifiesto que casi todos los individuos que en principio parecían haber actuando en solitario contaron con uno o varios colaboradores (además de tener contacto con otros extremistas). En tercer y último lugar, las características específicas de los ataques de Montauban y Toulouse y las informaciones e interrogantes derivados de las primeras pesquisas policiales hacen difícil creer que Merah actuara sin ningún apoyo. Cuando redactamos estas líneas sabemos ya que el más probable colaborador de Mohamed pudo ser su hermano Abdelkader, tal y como se deduce de sus contactos yihadistas y de algunas evidencias recogidas en la escena de los crímenes y la investigación policial todavía en curso. Además, aún hay que explicar con qué dinero se costeó Mohamed Merah sus viajes y estancias en Pakistán y Afganistán y cómo consiguió los explosivos y armas que le fueron finalmente incautados a él y a su hermano. La explicación más sencilla a ese respecto remite a otros posibles contactos o colaboradores.

¿Es posible que Al Qaida estuviera detrás de los atentados de Montauban y Toulouse?

Recordemos que en declaraciones realizadas antes de morir por fuego policial Merah dijo actuar en nombre de Al Qaida. Y recordemos también que a pocas horas del desenlace de la operación de Toulouse apareció en internet una reivindicación de los ataques de Merah rubricada con un lema (Yund al Jilafa, "El Ejército del Califato"). No fueron pocos los titulares de televisión que se dejaron llevar por tales referencias, presentando a Mera como un miembro de la organización terrorista fundada por Osama Bin Laden. En sentido estricto tal militancia es más que dudosa o prácticamente descartable. Siempre, y hoy día aún más, la militancia de Al Qaida ha sido selecta, muy minoritaria y desde finales de 2001 mayormente ubicada en el entorno de las áreas tribales pakistaníes. El “Ejército del Califato" parece ser un pequeño grupo radicado en la frontera afgano-pakistaní al que algunas fuentes le atribuyen vínculos con Al Qaida y con otra formación insurgente de la zona vulgarmente conocida como la “red Haqqani”. No obstante, su presunto comunicado se parece bastante a otras reivindicaciones oportunistas anteriores que se descubrieron falsas o cuya autoría real nunca quedó aclarada. Con todo, lo que Merah declaró exactamente no es que fuera militante de Al Qaida sino que sus acciones terroristas respondían a una misión que le había sido encomendada por algún miembro de aquella organización, posiblemente durante alguno de sus viajes a Pakistán. Como existen precedentes de hechos parecidos relacionados con otros complots terroristas anteriores no conviene desechar sin más esa opción. También es posible que Merah mintiera al respecto para darse importancia. A nuestro juicio, los datos publicados hasta la fecha no permiten resolver la incógnita. Sin embargo, debe dejarse bien claro que, aún cuando Merah no hubiera recibido ninguna orden o sugerencia explicita y específica para atentar, sus acciones han dado cumplimiento a las consignas regularmente emitidas por Al Qaida central, sus filiales regionales y otras organizaciones próximas con el fin de incitar a sus simpatizantes a cometer atentados con plena autonomía dónde, cuándo y cómo puedan.

¿Estamos ante una expresión de terrorismo nueva o extraña?

La verdad es que los casos de terrorismo individual, incluso los cometidos por auténticos lobos solitarios (en el sentido de terroristas sin vínculos ni apoyos externos) son estadísticamente infrecuentes pero no suponen ninguna novedad histórica. De hecho, contamos con notables ejemplos debidos a terroristas anarquistas y de extrema derecha. La actuación de Merah tampoco representa exactamente una rareza si tomamos como referencia los incidentes terroristas de inspiración yihadista registrados en los últimos años en Occidente. Según un recuento realizado por el especialista británico Peter Nesser, entre los años 2001 y 2011 Europa occidental ha servido de escenario para 10 operaciones de yihadismo individual (entre las cuales, por cierto, no han predominado precisamente los ejemplos de lobos solitarios). Por último, según declaraciones realizadas hace pocos días por Roland Jacquard, director del International Terrorism Observatory, en los últimos seis años las autoridades francesas habrían identificado y abortado un mínimo de ocho planes de atentados con características semejantes a los cometidos por Mohamed Merah. En cuanto a las condiciones que pueden haber contribuido a su radicalización tampoco puede reconocerse ninguna primicia. Merah reproduce uno de los perfiles e itinerarios más típicos: varón y joven, de nacionalidad francesa pero ascendencia magrebí, baja extracción social, familiarizado con la delincuencia común y las prisiones francesas, vinculado con una asociación islámica extremista (Forsane Alizza), hermano de un individuo asociado a redes yihadistas y con varios viajes realizados a Pakistán.

¿Por qué en Francia?

Desde 1995, año en que los militantes argelinos del GIA (Grupo Islámico Armado) pusieron en marcha una campaña de atentados en París, Francia no había vuelto a padecer un ataque terrorista de consideración en su propio territorio. Empero, el país vecino nunca ha dejado de estar en el punto de mira del terror yihadista. A finales del 2000 la Catedral Notre Dame de Estrasburgo estuvo cerca de ser destruida, también por obra de terroristas argelinos. Con posterioridad, las agencias francesas no dejaron de trabajar desmantelando planes y redes terroristas operativa o ideológicamente vinculadas al yihadismo. A finales de 2010 diversas advertencias procedentes de la inteligencia estadounidense y británica, coincidentes con sendas amenazas proferidas contra el país por Al Qaida en el Magreb Islámico y el propio Bin Laden, contribuyeron a elevar aun más el nivel de alerta terrorista en Francia. Aunque, de hecho, la exposición de Francia a la amenaza yihadista no es sólo coyuntural sino permanente. A fin de cuentas, dicha nación forma parte de Europa y del mundo occidental, lo que la incluye entre la lista de enemigos declarados de Al Qaida y de todos los grupos e individuos que se inspiran en ella. Además, según un análisis emitido en 2011 por el Real Instituto Elcano y dirigido por el profesor Fernando Reinares, Francia compartiría con Reino Unido, Italia y España los primeros puestos en la lista de blancos preferentes del yihadismo global. Entre los factores de la nación francesa que la exponen a un mayor riesgo de atentados yihadistas se incluyen su pasado colonial, la presencia de tropas francesas en Afganistán, el considerable tamaño de sus diásporas musulmanas, su relativa cercanía a la región del Magreb y la prohibición legal establecida en ese país respecto al empleo del velo integral, tan estimado por los islamistas radicales. A esas circunstancias propiciatorias podrían sumarse otros dos aspectos mencionados por la prestigiosa agencia de inteligencia privada Jane: los problemas de integración y empleo que afectan a significativas porciones de la comunidad musulmana asentada en Francia y el elevado número de islamistas radicales que se hallan internos en sus prisiones.


¿Son las muertes causadas por Merah otra muestra más de la inoperancia de los servicios de seguridad e inteligencia occidentales?

Dado que las presuntas afinidades extremistas de Montauban y Toulouse eran conocidas por la inteligencia francesa y estadounidense desde 2010, hasta el ministro de exteriores francés reconocería en público que era razonable preguntarse cómo pudo ser posible que Merah portara las tres armas con que asesinó a sus víctimas antes de ser identificado y localizado. Asimismo, la presidenta del Frente Nacional, Marine Le Pen, emitiría un comunicado con el que exigía a las autoridades francesas una explicación sobre por qué Merah no permaneció vigilado desde que regresó de su último viaje a Pakistán. Las agencias de inteligencia y seguridad, desde luego, cometen fallos y algunos de ellos han facilitado (que no propiciado) el desarrollo de planes terroristas, básicamente en el sentido de impedir su identificación. Empero, cada vez que se produce un atentando terrorista, como activada por un resorte, surge la tentación de atribuir negligencia a las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. La labor que desempeñan tales organismos cuenta además con el hándicap de esconder buena parte de sus éxitos, pues prevenir es evitar que algo ocurra y lo que no sucede es obviamente invisible. Sea como fuere, antes de empezar por culpar a la inteligencia y la policía en casos como el que comentamos habría que preguntarse cuáles son las prioridades a las que sus responsables deben atender en cada momento, de cuántos recursos disponen para ello y cuáles son las restricciones legales a las que deben sujetarse sus actuaciones. La contestación del ministro de Defensa francés a quien le preguntaba por las muertes provocadas por Merah en la escuela judía merece ser recordada: ¿pudo la policía evitarlas de haber actuado antes? “No lo creó –apuntó el ministro-, a no ser que Francia fuera un estado policial”.
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