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Benedicto XVI en México

Marcos Marín Amezcua
lunes 26 de marzo de 2012, 21:45h
La llegada de Benedicto XVI a México fue precedida por la idea muy acendrada de que no ha puesto a México en su agenda con grado de prioridad y que desea que la Iglesia incursione en educación pública y medios, lo que expresó por escrito, mas no lo consiguió. El segundo país con más católicos del mundo ha esperado casi siete años la visita papal y para mi sorpresa, lo ha recibido desbordadamente a su paso por León, Guanajuato y Silao al pie del Cristo del Cubilete –que conmemora en el centro geográfico del país azteca, el final de la Guerra Cristera– sitio que juega una suerte de símil con el monumento levantado al Sagrado Corazón en España, cerca de Getafe. El anterior viaje papal sucedió en 2002, el quinto de su antecesor. Desde la Guerra Cristera no se había oído con tal fuerza el ¡Viva Cristo Rey!

El mexicano muy rara vez renuncia a su bandera tricolor, que iza orgulloso y la flamea, como para coger a otra. El despliegue total de blanco y amarillo de la bandera vaticana, sustituyéndola en apoteósica aclamación ensordecedora, de un país católico que se ha manifestado desbordado a su dirigente espiritual, como acaso yo no había visto, quizás provoque un cambio de actitud del Papa hacia la Iglesia latinoamericana que alberga a la mayoría de sus fieles y se lo ha hecho notar. Ciertamente que el desapego manifiesto, que se siente, que se presume, que se ha hecho palpable del Pontífice romano al no voltear hacia la mayoritariamente católica América Latina, no es casual si es que existiera, puesto que no debe olvidarse que amén de su carácter teutón poco expresivo, el Papa dejó en claro al inicio de su pontificado que sus prioridades eran otras y destacadamente, la nueva evangelización de Europa. Pero…la grey le ha recordado en dónde está avivada la fe y ojalá que eso no le pase desapercibido. Sin quererlo, los mexicanos se lo han marcado.

A Benedicto XVI se le percibe ajeno y lejano. Posiblemente, el encriptamiento del protocolo o su desapego a los medios, solo refleja el regresar las cosas a su cauce habitual, sospecho, como en tiempos anteriores a Juan Pablo II, tan proclive a ser mediático. Aun así, Benedicto XVI ha concedido al menos dos entrevistas a la televisión alemana, desmintiendo así que no importe el origen de un pontífice. Importa. No obstante que carece del carisma de Juan Pablo II, Benedicto XVI es un teólogo de profundo pensamiento; es paradójico, que lo mismo es conservador que ha renunciado al título de ‘Patriarca de Occidente’.

Su visita entre el 23 y 26 de marzo de 2012 ha sido largamente buscada, pues se ha percibido al Papa como renuente a efectuarla. Los mexicanos la han aguardado desangelada y tibiamente, acompañando la espera con una manifiesta ruda campaña contra su presencia –sin precedentes, aunque también algo advenediza y faceta–; tal vez causado lo primero por lo breve del viaje y además, por haberse limitado a una región del país, que no tocó a la Ciudad de México y a su basílica de Guadalupe. Tal vez lo segundo se debe a los escándalos de pederastia de los que no ha estado exenta la Iglesia católica mexicana o quizás porque no era Juan Pablo II; o sencillamente por lo expresado antes: se trata de un papa sentido como lejano y que no agrada incluso, a gente cercana a la Iglesia, que lo confiesa en voz baja. Y aún así la respuesta fue de absoluto refrendo a la lealtad a su persona.

Ya en Guanajuato, tierra fervorosa de migrantes, las palabras del Papa siempre en español, han versado sobre su rezo por quienes padecen la violencia, su anhelo de fortalecer la fe, un mensaje a los niños y jóvenes desde el balcón de la Mansión del Conde Rul en Guanajuato capital y en misa en púrpura y fragmentos en latín a la que asistieron los cuatro aspirantes a la presidencia de México, de la izquierda a la derecha, pues ha sido muy tentador mostrarse ante el Pontífice como se entrevistaron semanas atrás, con el vicepresidente de los Estados Unidos. Nada les impide asistir al acto, aunque no es el mejor mensaje a enviar a un país laico. Nos costó cuatro guerras religiosas alcanzar esa sana separación como para que en el nombre de una foto con el Papa, los candidatos y con ellos sus partidos –de la izquierda a la derecha– lo olviden. La izquierda en particular, derrochando incongruencia.

Mezclados, el oportunismo de unos, el interés de otros y por la elemental justicia, ha sido inevitable que se le reprochara que no se reuniera con víctimas de sacerdotes pederastas y ha faltado una condena clara y directa sí, verificada con otros países y con otras iglesias locales. No entrevistarse en nada abona al mensaje más conciliador que pudiera esgrimir la Iglesia católica mexicana, que ha procurado evadir esta clase situaciones embarazosas. Se arguyó falta de organización y previsión desde ambas partes para reunirse, aunque la tentación mediática de sus detractores no ha faltado. El reclamo es auténtico, si bien otro tanto es simple pose que oye campanas y no sabe dónde, trepándose al carro de reclamos que representa la oportunidad del viaje papal, lo normal cuando se lo jalonea por cada grupo que lleva agua a su molino. Mas se ha reunido con víctimas de la violencia del crimen organizado.

Benedicto XVI visita una tierra muy conservadora y católica, con lo que ha propiciado el absurdo análisis de que con ella apuntalará al partido gobernante, el PAN, en las elecciones del 1 de julio. Tan sugerente, ramplón y “sesudo” análisis pasa por alto que a esa tierra ya la gobierna el PAN, por ende no hay que convencerla, y no nos dice en forma alguna y de manera coherente cómo el peregrino de marzo votará conservador en julio, por la sola visita papal. No veo el nexo, por eso no reparo más en ello. Mas todo se politiza. Roma tiene su propia agenda y está claro que aquí no necesita apuntalar a candidato alguno. Quien tenga pruebas de que sí, que las muestre, naturalmente y nadie lo hace.

Ha sido una visita relámpago y creo que ha bastado. Ha saciado el ánimo de contar con la presencia del Vicario de Cristo entre nosotros y bastó. Ha servido para lo que ha servido y nada más. A su avanzada edad, a Ratzinger no le habrá sido fácil mantenerse entero y se le ha visto tanto alegre como engentado por la algarabía mexicana. La gente algo imprudente a veces, olvida que se trata de un personaje de casi 85 años. Aquí se le ha visto cercano, no hierático, muy sonriente y besando niños por doquier, eso sí. Se colocó un sombrero de charro mexicano en la misa dominical y como ya se sabe, esos gestos siempre generan ovaciones. Lo normal en casos así. Omitió mensajes políticos, como temían los partidos opositores que se creerían en desventaja.

La visita a México que, junto con la consiguiente a Cuba, compone el viaje internacional 23 de su pontificado fuera de El Vaticano, también ha resonado en la región, de manera que se reunió en León con los obispos latinoamericanos tratando los desafíos que afronta la zona. Ha concluido y cada quien regresa a lo suyo, mientras el Papa se encamina a Santiago de Cuba y a La Habana, adelantando que el comunismo no es ya una opción. Mal habrá sentado en la Gran Antilla semejante presentación. Se empieza con el pie izquierdo…
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