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El genocidio silencioso

miércoles 28 de marzo de 2012, 21:13h
Dicen que la “Primavera Arabe” ha hecho florecer la esperanza en millones de musulmanes que vivían sojuzgados por tiranos de similar pelaje: Mubarak, Gadafi, Ben Alí y otros más. Para los cristianos de esos países, en cambio, sólo florecen malvas y cipreses, que crecen en unos cementerios con más inquilinos de lo habitual de un tiempo a esta parte: justo el que media desde que los más puristas del Islam se han hecho con el poder. Desde ese momento, parece haberse levantado la veda contra los cristianos, y muchos son ya los que han sido asesinados -Egipto, Irak- ante la indiferencia de las nuevas autoridades.

Hay que decir que estas atrocidades no son exclusivas del mundo árabe. En Nigeria, a finales del pasado año, la milicia islamista autodenominada Boko Haram -traducido como “la educación occidental es pecado”- acabó con la vida de cuarenta de ellos, a lo que hay que añadir muchas otras muertes perpetradas con anterioridad. En India sucede otro tanto -aunque en el sur son hinduistas radicales los que atacan tanto a cristianos como a musulmanes-. Y la comunidad cristiana de Pakistán vive bajo una permanente amenaza.

A veces, los medios occidentales se hacen eco de estos hechos, aunque por lo general suelen pasar bastante desapercibidos. Hay un cierto pudor en reconocer lo que es una evidencia del tamaño de una catedral -nunca mejor dicho-: a día de hoy, ser cristiano en un país musulmán es jugarse la vida. Mohamed Merah, el asesino yihadista que mató a siete personas en Francia, lo hizo en nombre de Alá. No representa, desde luego, a la inmensa mayoría de musulmanes, que a buen seguro abominan de salvajadas así. Pero sí enarbola una bandera, la del odio, más o menos justificada por amplios sectores dentro del Islam.

Hace pocos días, asistí a una conferencia donde la oradora sostenía que Occidente tenía que “hacer un esfuerzo de integración”. Pues esfuerzo, lo que se dice esfuerzo, lo habrán tenido que hacer los sepultureros franceses, nigerianos, egipcios o iraquíes para enterrar a tanta víctima del fundamentalismo. Nadie persigue al Islam; al revés, persiguen ellos. Se sienten incómodos en Occidente porque aquí hay libertad, hombre y mujeres gozan de los mismos derechos y todos los credos son igual de respetables. En el mundo árabe, Islam y política forma un binomio indisoluble. Y mientras no se condenen abiertamente aberraciones como la Sharia -la ley islámica que ampara lapidaciones, amputación de miembros y violaciones “legales”- o el terrorismo en nombre de Alá, el mundo seguirá siendo un lugar inseguro. No es popular hablar de estos temas. Pero es peor morir en silencio a causa de una determinada creencia.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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