Porqué fracasó la huelga
viernes 30 de marzo de 2012, 00:45h
Como se esperaba, el seguimiento de la huelga general convocada por UGT y CC.OO. fue bastante escaso. Nadie ponía en duda el derecho que asistía a los sindicatos para convocarla; sí, en cambio, tanto su autoridad moral tras tantos años de inacción y silencio como su discurso de estos días pasados. En cuanto a lo primero, decía Cándido Méndez que lo que debía respetarse ayer era el derecho de huelga “sobre los otros”. Error. El derecho de huelga es tan legítimo como el derecho al trabajo -más de cinco millones de personas no pudieron ejercerlo por hallarse en paro- o a la libre circulación, ese que tantos españoles vieron coartado ayer por la acción de los “piquetes informativos”.
A propósito de esto último, es vergonzosa la actitud de ciertos individuos que se dedicaron a insultar a quienes pretendían trabajar y a cortar la circulación en varios puntos de España, así como a impedir con la quema de neumáticos la entrada a lugares como Mercabarna. La sociedad española ya estaba suficientemente “informada” como para que personajes así volvieran a poner en práctica el matonismo sindical que llevó a muchos a cerrar sus negocios o a no ir a trabajar por temor a ser “informados”. La otra “información”, la de verdad, refleja la idoneidad de unas reformas absolutamente imprescindibles si lo que se quiere es salir de la crisis. 5.300.000 parados tienen ese pensamiento. Y quizá serían menos si en las dos últimas legislaturas el Ejecutivo saliente hubiese adoptado las medidas necesarias. No lo hizo y contó, en su silencio cómplice, con la aquiescencia de los sindicatos.
Tampoco es de recibo la postura de los diputados que ayer, bien con su ausencia o bien con su actitud -caso del PSOE, que sí hizo acto de presencia en el Hemiciclo pero sin participar como es debido en la dinámica parlamentaria-, no estuvieron a la altura del cargo que les ha sido confiado. No son trabajadores por cuenta ajena, sino representantes al servicio de la ciudadanía que les eligió. Su plante de ayer, por encima de imposturas ideológicas, es una dejación de funciones en toda regla. Y eso tampoco es de recibo.
Por otra parte –y dejando a un lado la crónica inmediata de lo ocurrido- desde un punto de vista progresista, la actitud de los sindicatos es un ejemplo de conservadurismo y corporativismo. Defienden unos intereses de poder de una corporación cerrada y anquilosada, al tiempo que promocionan una política económica de falta de competitividad y del despilfarro que ha llevado al país a la situación actual.