Grandes esquiroles
lunes 02 de abril de 2012, 21:33h
La mejor y más contundente respuesta que ha podido dar el Gobierno Rajoy a la irresponsable y fracasada huelga general del pasado jueves, ha sido la inmediata aprobación, al día siguiente, de los Presupuestos Generales del Estado, los más austeros de la democracia. Es una manera patente de confirmar que el Gobierno está dispuesto a tomar todas las medidas necesarias para llegar cuando antes a la recuperación económica, que todo el mundo sabe que no será inmediata. Unas medidas que había que tomar aun cuando no estuviéramos en la UE y no nos estuvieran urgiendo desde Bruselas. Porque, ¿qué alternativas proponen los sindicatos, el PSOE y el resto de las fuerzas de la izquierda? ¿Seguir gastando el dinero que no existe? ¿Dónde iban a encontrar los fondos necesarios para llevar a cabo sus irrealistas ensoñaciones? ¿En qué mercados -¡horrible palabra que ya sabemos que les produce urticaria!- pretenden encontrar los gigantescos créditos que harían falta para mantener su política de despilfarro, corrupción y clientelismo? Los dirigentes más importantes de la UE y de los países miembros han saludado la determinación de este Gobierno, a años luz de las trampas, mentiras e indecisiones del anterior.
La inmensa mayoría de los españoles comprenden que no hay otras soluciones. Solo los que pretenden hacer de España otra Grecia, con la vana esperanza de sacar ventaja de la catástrofe, se oponen a esta necesaria y dolorosas cirugía. A nadie le gusta pasar por el quirófano, pero hasta los más reacios lo tienen que asumir cuando no hay más remedio. Mal van los sindicatos y la izquierda política si, como parece por sus amenazas, prosiguen con la política de la confrontación y apuestan por la vieja estrategia de “a río revuelto ganancia de pescadores”. Pero poco van a pescar en esas aguas que ellos llevan revolviendo ocho años y que ahora parece que quieren convertir en aguas turbulentas. Los sindicatos presumen de una legitimidad que no tienen. Las funciones que les asigna la Constitución –como en cualquier otra democracia- están perfectamente definidas, pero en ningún caso les corresponde dictarle al Parlamento y al Gobierno las políticas que se les antojen. Son las relaciones entre empresarios y trabajadores su único campo de acción y cuando salen de ese campo, como ocurre cuando convocan una huelga general y política, sencillamente se están saliendo de la legalidad.
La huelga del pasado jueves fue un fracaso, salvo en algún sector industrial, como la automoción. Y habría que ver cómo ha funcionado en ese sector la coacción sindical. Porque todo el mundo sabe –y no pocos ciudadanos han tenido la experiencia directa- que sin la presencia de los piquetes, falsamente llamados informativos, la huelga habría sido todavía mucho menos de lo que fue. Los sindicatos no pueden desentenderse de la guerrilla urbana que se desató en Barcelona, porque fueron ellos quienes dieron la oportunidad para que los vándalos (fueran quienes fueran y, en todo caso, más cerca de ellos que de los ciudadanos normales) aprovecharan la ocasión para hacer el bestia. Porque, además, los incidentes no se limitaron al lamentable espectáculo de Barcelona, que tanto daño ha hecho a la imagen de España, pues una buena parte de los medios internacionales solo se han fijado en esas imágenes. También hubo escenas de vergüenza en Madrid, en Mercamadrid o en la EMT y allí solo estaban los piquetes coactivos de los sindicatos. Es intolerable que se impida trabajar a los quieren trabajar, que se les insulte con el socorrido epíteto de “fachas” o que no se permita a los medios de comunicación realizar su tarea informativa. Las manos de los piqueteros tratando de impedir que las cámaras de televisión grabaran el espectáculo es el mejor testimonio de que sabían perfectamente que estaban montando un espectáculo bochornoso, que les descalifica.
Los sindicatos trataron de doblarle el brazo al Gobierno y no lo consiguieron. Como en el Reino Unido de los años setenta del pasado siglo hay que preguntarse: “¿Quién manda aquí el Gobierno o los sindicatos?”. Los propios Gobiernos laboristas de Wilson y Callaghan estaban preocupados durante aquella década por la prepotencia sindical, pero no se atrevieron a hacer nada pues dependían del TUC, la gran central sindical. Por cierto que algunos diputados laboristas se pusieron un mono y se incorporaron a los piquetes. Después de una larga etapa con los sindicatos mandando en la calle, el país quedó arruinado. Wilson tuvo que pedir tres préstamos al FMI, que exigió economías drásticas para concederlos y se reservó decidir el montante, porque no se fiaba de aquellos gobiernos; el gasto público alcanzó el 60% del PIB; la inflación llegó el 19’5 % en 1974; la libra se devaluó un 12% respecto del dólar y un 35% respecto del marco alemán. El director del National Theatre, Peter Hall, considerado como un hombre progresista clamó: “Esto no es socialismo, esto es fascismo rojo”. El 14 de enero de 1979 Callaghan volvía de una cumbre del G 8. En el mismo aeropuerto de Heathrow un periodista le preguntó por la crisis y la respuesta del primer ministro, seguro que les recuerda algo a muchos españoles: “¿Crisis, qué crisis?”. Aquella frasecita fue algo así como su epitafio. El 3 de mayo Margaret Thatcher ganaba las elecciones. Ya en su segundo mandato, en 1984, aguantó una huelga de mineros que duró doce meses, pero una legislación apropiada acabó desde entonces con los abusos sindicales. También a ella le quisieron doblar el pulso, pero ella les rompió el espinazo. Desde entonces se acabaron en el Reino Unido las huelgas generales y políticas y los sindicatos son mucho más razonables. La sovereignity of Parliament recobró su fueros y se acabaron las veleidades sindicales.
Hay que recordar insistentemente, porque parece que algunos no se enteran, que España está en una situación de emergencia que obliga a tomar decisiones que no gustan a nadie, ni al propio Gobierno, pero que se hacen absolutamente imprescindibles. Es la hora de apoyar esta empresa nacional que solo saldrá adelante con el esfuerzo de todos. Al menos, es la hora de no sabotear el esfuerzo que se está haciendo desde el Gobierno. Da pena ver cómo el principal partido de la oposición hace una crítica cerrada y general sin aportar alternativas. Todos cuantos no se suman a este empeño son los auténticos esquiroles del momento, los grandes esquiroles que, ellos sí, parecen jugar al lamentable “cuanto peor, mejor”, estrategia creada por Lenin para avanzar en sus objetivos. Todo para derribar no a Nicolás II, que ya había abdicado, sino a la recién creada República de Rusia, que tampoco le gustaba, aunque estaba encabezada por un socialista revolucionario como Kerensky.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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