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La máscara con que retorna Baltasar Garzón

miércoles 04 de abril de 2012, 01:52h
El alegato recién publicado por el señor Baltasar Garzón demandando un desarrollo a gran escala de la “Memoria histórica” presupone una máscara tras lo que se oculta todo un programa político diseñado a su medida y calculadamente pensado para allanarse el camino de un futuro desembarco político de gran alcance y a la altura de esas ambiciones que el hoy ex juez nunca ocultó.

Nada hay que objetar a la legitimidad de realizar propuestas sobre como impedir los recortes en el gasto, evitar el deterioro de la enseñanza, salir de la crisis mediante el crecimiento, llevar a cabo una reforma de la justicia, cambiar el modelo de participación ciudadana o perseguir con más ahínco la corrupción, tal como el señor Garzón desliza tras la máscara de alegato de su escrito. Nada que objetar, obviamente, a esa enumeración de propuestas -que, por cierto, se amoldan como un guante al programa de Carme Chacón-, sino que explique de qué modo podrían ponerse en práctica en las actuales circunstancias reales y ser sometidas a los votos de un sufragio universal.

La gravedad de este programa enmascarado radica en que se articula en torno a una peligrosa patraña histórica que todavía capaz de sacudir nuestro orden democrático. El ahora ex juez considera que la Transición política, y por lo tanto nuestra democracia, se construyó gracias a un muro de silencio exigido por el franquismo para ocultar sus crímenes durante la Guerra Civil y la dictadura, provocando, en su opinión, una alevosa amnesia colectiva.

Una patraña de este cariz no es nueva. Ya se gestó a partir de las derrotas electorales del PSOE en 1996 y 2000, y se institucionalizó desde el poder durante las dos legislaturas de los Gobiernos de Rodríguez Zapatero. Utilizando la afortunada expresión de Jon Juaristi, el presidente socialista ejecutó una fulminante y exitosa guerra relámpago contra los pactos de la Transición. El propósito obvio era marginar a la derecha vencida en las urnas, someterla a un cordón sanitario que la expulsase del sistema, o que al menos la sumiera en una división interna o hundiese su base electoral. Las disposiciones sobre la “Memoria histórica” no tuvieron como objeto primordial subsanar males del pasado, sino dar curso al bulo histórico según el cual el franquismo amordazó al país durante la Transición para sobrevivir de forma camuflada en una democracia deficiente mientras haya en ella “herederos del franquismo”. Este asombroso bulo ha sido impulsado por cruzadas mediáticas extremadamente partidistas que simplificaron aún más la patraña, dejándola reducida al delirante lema según el cual el franquismo vive, goza de buena salud, gana batallas y está encarnado por toda la derecha española, representada por el Partido Popular. Por lo tanto, el ataque sectario estaría justificado.

Es esta leyenda torticera lo que autoriza al ex juez Garzón a sentenciar que España está “en el furgón de cola de los países democráticos”, afirmación que debería hacer sonrojar a quien ha visitado y conocido según qué otras democracias. Al parecer, los políticos de las Administraciones de Zapatero carecieron de la destreza, el valor y la determinación para acabar con ese dragón del franquismo que imaginariamente sobrevive entre nosotros, y se necesita un adalid con las cualidades del señor Garzón que dé la lanzada definitiva a ese quimérico dragón franquista, siguiendo las pautas que nos describe en su alegato “El lugar de la verdad, la justicia y la reparación”. Sin duda, el lugar de la verdad no reside en ese escrito.

Resulta tedioso –y quizá inútil- volver a recordar que en la Transición no se construyó ningún muro de silencio. Las investigaciones históricas sobre la Guerra Civil, la Dictadura y la propia Transición acumulan un material inmenso, siendo –junto a los estudios de la II Guerra Mundial y la Revolución francesa-, el periodo más explorado de la Historia. La democracia ha creado las condiciones para que la recreación de esas épocas a través de novelas, obras teatrales o cinematográficas alcancen un volumen extraordinario en plena libertad de juicio. No existe amnesia colectiva sobre esos periodos. El franquismo se extinguió históricamente. Sociológicamente no hay franquistas, ese dragón no está vivo y su actual pervivencia no deja de ser una leyenda con propósitos políticos perseguidos con profunda mala fe.

Durante la Transición nadie impuso silencio alguno, sino que se llegó a un acuerdo entre los partidos de la izquierda, el centro y la derecha para no utilizar la tragedia fratricida vivida por España en las contiendas electorales y el debate político. Desde el recuerdo más riguroso, se quiso establecer una concordia plural y consensuada. Por cierto, algo que comenzó ya a reclamarse incluso desde el exilio por personalidades tan poco sospechosas como Indalecio Prieto, Salvador de Madariaga, Luis Araquistain, Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, o el propio Manuel Azaña.

Si parece inútil repetir estas obviedades es porque los políticos ciegos a ellas –Zapatero, Chacón, Garzón- no buscan la verdad de estos hechos, sino volver a utilizar la antigua tragedia española para usarla con toda su violencia en objetivos partidistas en su propio beneficio. Las ambiciones de Baltasar Garzón le han llevado a autoproponerse como cirujano de hierro que purgue nuestra democracia. No ha renunciado siquiera al victimismo de presentarse como el último mártir del franquismo, nueva falsedad para encubrir que, en realidad, no ha sido condenado por investigar crímenes franquistas, sino por prevaricación, y que se salvó de la condena por cohecho por haber sido juzgado tarde y prescrito el delito. Mal iría esta sociedad si alcanzara ascendencia y poder un ex juez condenado en el banquillo de los acusados y movido por delirios napoleónicos de redentor.
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